Gracias a Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, Colombia se está pareciendo a los Estados Unidos, un país en el que solo la derecha se disputa el poder.
Escrito por: Jorge Mario Sarmiento Figueroa – Editor general
En Estados Unidos se acabó el disfraz de una izquierda envuelta en democracia y de una derecha republicana preservadora de la paz mundial.
Hoy por hoy, Barack Obama y John Kerry representan lo mismo que sus halcones contradictores George Bush y Mitt Romney. Representan el poder sobre el poder. O dicho en otras palabras, hoy la oposición del Gobierno en los Estados Unidos no es más que un desacuerdo a la manera como se mueven las palancas, pero no a la esencia que persigue quien las mueve.
Ambos bandos tienen hoy una contienda encarnizada porque Barack Obama no ha sabido lidiar con las guerras ni con su viejo enemigo Rusia (Concretamente con el escurridizo y maquiavélico Putin). Por eso el Presidente tuvo que quitarse la banda de Nobel de la Paz y mostrar los dientes a diestra y siniestra, para no dejarse arrastrar al abismo por el Tea Party (el norteamericano viejo partido recalcitrante). Pero ya era tarde.
En ese debate gringo no hay pueblo. Poco importa la ideología y tampoco se oyen las aspiraciones de la gente, ni del medio ambiente. Es la era que Fukuyama presagiaba como «el fin de la historia». Se acabó aquella disputa del siglo XX en el que las formas socialistas y capitalistas se disputaban el liderazgo, sencillamente porque el dinero y las guerras comerciales se impusieron. Tal parece que las mentes pensantes y osadas fueron anestesiadas
¿En qué se parece esto a Colombia?
Ya los colombianos no creen en las Farc, no quieren a las Farc, y por tanto la paz no pasa por ellos. Pero el disfraz se quiere seguir manteniendo porque Juan Manuel Santos sabía que para ser el poder sobre el poder tenía que quitarse de encima a Álvaro Uribe. Por eso, lo primero que hizo al empezar su gobierno fue afirmar que «sí hay conflicto interno y la manera de resolverlo es el diálogo».
Pero al decir esto, Álvaro Uribe se convirtió de inmediato en su oposición y eclipsó al resto de contradictores. Hoy solo existen en el escenario político nacional dos formas de ver el mundo: los que quieren acabar con las Farc por la guerra y los que quiere acabarla por el diálogo. Pero es una misma forma, ya que las verdaderas preguntas de futuro para el país pasan a un segundo plano, quedando solo la de las guerras y la paz como protagonistas.
¿Qué ocurre con las necesidades sociales que producen paros agrarios, mineros, estudiantiles? Nada. Eso no importa.
¿Qué ocurre con las políticas de medio ambiente que regulen la explotación minera antes que pongamos en jaque el futuro del país? Nada. Eso no importa.
La guerra, que es lo que al fin y al cabo impulsa y mantiene a la economía, a través de las armas, los medicamentos, las drogas, la infraestructura militar, la destrucción y la reconstrucción, es el motor que ha movido a los Estados Unidos y es el que mueve a Colombia.
Y así, llámese las Farc, Bacrim o Carteles de las drogas, lo que importa no es quién dispara, sino que dispare, para que los colombianos sigan eligiendo a un caudillo, a un salvador… o a un cowboy.
Nota final: ¿Cómo entrarán en juego Navarro Wolf, Enrique Peñaloza y Clara López en este abánico de dos paletas?













