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Prioridad en la ciudad de las murallas 

Diez años después de recibir una bicicleta que nunca quiso, un padre recorre Cartagena sobre dos ruedas y descubre que pedalear también es una forma de pensar la ciudad, la memoria, la paternidad y las promesas incumplidas de movilidad sostenible.

Por David Lara Ramos

La pregunta la hago diez años después: ¿quién era ese yo que un día decidió dedicarse a pedalear por la ciudad de las murallas? El interrogante es complejo. La respuesta, una acción concreta. Es la metáfora de estos días en que construir preguntas es lo más difícil, porque el resultado es como un hipo repentino. Sabemos que lo tenemos, pero no sabemos el porqué. Ni siquiera recuerdo aquel momento: por qué tal impulso, por qué tal determinación. Hay instantes que uno reconoce como detonantes de un cambio, las maneras de abrir otros caminos, tomar atajos, arriesgarse por otras rutas, meterse por el callejón equivocado, seguir, pedalear, rodar.

Un hecho concreto requiere de una disección histórica. Fumar el primer cigarro, beber un quinto trago de tequila, besar a la mujer equivocada, errar el camino de regreso. Hay que dejar que ese viejo yo se vaya, para que ese otro yo logre ubicarse en ese ser que viaja en dos ruedas por la ciudad de las murallas.

Somos superposiciones de otros yo. Ponerse una camisa nueva sin quitarnos la que hemos tenido todo el día. Esas capas de un mismo yo te transforman. Si eres coherente, aquel yo no regresa, no duda, no se devuelve, sigue, se obstina y piensa en los interrogantes que se arman en la cabeza, mientras el mundo pasa a menos de 8 kilómetros por hora: brisa en las orejas, la serena velocidad sin distorsiones que solo te da una bicicleta.

El verbo bicicletear no está en los diccionarios. Ni siquiera en el de americanismos ni en el Larousse Ilustrado; solo aparece el sustantivo bicicleta. Aparece rodar, andar, pedalear, que la Real Academia Española define así: «Poner en movimiento un pedal». ¿Un pedal? ¡Vaya! Se trata de mover dos al tiempo en una simultaneidad rítmica. Hay definiciones de diccionarios que indefinen. Puede uno dar pedal a una máquina de coser, como lo hacía la tía Mati, que cosía toda la ropa de la familia. Pedalear no es exclusivo de la bicicleta. Pedal tiene una máquina de moler maíz, una prensadora de bolsas de papel, un telar de tejido manual, entre otros oficios en extinción. Sin embargo, los pedales de la bicicleta siguen en pleno auge.

Pedalear es verbo de la primera conjugación, al igual que volar, andar, rezar, conquistar, mamar, tan antiguos como pensar, escuchar, observar: lo que realmente se hace cuando uno viaja en bicicleta.

La velocidad del pedaleo convoca al pensamiento. La propulsión rítmica de las piernas te mete en un mantra interior y ahí fue cuando se gestó en la mente la duda de abandonar ese carro, modelo 2010, gris espejo, por una bicicleta verde, Scoopy-28, 12 velocidades, en una ciudad cuyo promedio de temperatura, de verano permanente, va entre 35 y 40 grados Celsius, con un nivel de humedad relativa en los rangos del 78 % al 82 %. Con ese calor, con esa temperatura, intento encontrarme con ese yo lejano, que se subía en servicios masivos de transporte, en buses de colores, en colectivos piratas, en mototaxis de ocasión, hasta llegar a poseer un carro. Una ciudad cada vez más llena de vehículos diversos y que conserva las mismas vías principales desde el período de la República.

Evoco los comienzos de diciembre de 2015 y la Navidad. Veo en el Centro Comercial Nueva Cartagena una bicicleta Scoopy-28, 12 velocidades, verde oscuro, rines delantero y trasero, lámpara frontal, modelo retro, y dije: «Aquí está el regalo de Navidad para mi hijo Santino». La aparté de inmediato. «Solo con el 20 % del valor del producto», según precisiones de una asesora atlética que me atendió. «Se la guardamos sin problemas hasta el 24 de diciembre, puede venir a reclamarla el mismo día. Atenderemos hasta las tres de la madrugada del 25», agregó, convincente.

La tarde del 24 de diciembre fui a buscar la bicicleta al centro comercial. Recliné las sillas posteriores para ampliar el baúl del carro; entró armada con ciertas maniobras. Ahí permanecería hasta la medianoche o hasta que Santino decidiera ir a la cama para cumplir de inmediato los rituales del engaño: hacer creer que hay un recién nacido que anda por todas las casas repartiendo regalos.

A la mañana siguiente, Santino vio la bicicleta. Me abstengo de usar el posesivo su porque jamás fue suya, jamás la usó.

—Nojoda, esta bicicleta es como de viejos —exclamó al levantarse.

—Retro —dije. Usé la palabra precisa.

Y él siguió como descarriado, con esa facilidad que ha tenido desde niño para expresarse:

—Tanta bicicleta deportiva, bacana, de colores fluorescentes, de rines de lujo, con sillín de colores vivos, y me traen una y que «retro», y eso que vociferé de forma directa lo que quería, y vea, semejante equivocación.

Me quedé en silencio, sin argumentos. Siguió:

—Yo que ni pido nada, y mira, me trae un regalo que más parece para el papá, ¿o no?

Su retahíla fue contundente. Mi silencio delató la culpa y la falta de argumentos. Con la madurez y la determinación que lo han caracterizado, concluyó:

—No te preocupes, pa, tú no tienes la culpa. A lo mejor el Niño Dios pensó que ambos la podríamos usar y trajo este modelo de viejos para que tú también la uses; o mejor dicho, para que la uses tú, porque yo, te lo digo una sola vez, no pienso montarme en esos hierros pintados con llantas y pedales.

Dio la espalda y se fue a su cuarto.

Tomé la bicicleta y me fui a dar una vuelta por la ciudad de las murallas. Pedaleando, pensando en esas frases perfectas que despreciaban un regalo sincero de una tradición construida de mentiras.

Trampas para ciclistas

Santino cumplió 13 años en aquella Navidad que se quedó sin regalo.

Me dice que ya no le importa que le den algo ni en Navidad ni en su cumpleaños, que entienda, que él está grande, que sabe que los papás son el Niño Dios, que, en últimas, es un «jueguito» para los más pequeños.

—Soy grande, ya me pasé a mi mamá —repite entre la inocencia y la certeza.

En realidad no son sus 1,67 metros de estatura que ha alcanzado, sino el nivel de sus argumentos, sus preocupaciones, sus matices al hablar, los tonos que maneja cuando habla de la ciudad de las murallas.

Ahora que voy y vuelvo del trabajo en la Scoopy-28, 12 velocidades, Santino vocifera como si lanzara arengas en contra de esa movilidad que observa a través de los ventanales de TransMurallas, el servicio público de transporte local, o en los recorridos que hace con su madre, que es ahora la única conductora del vehículo.

Santino carga historias, informaciones y detalles que circulan en las redes sociales o son debate en las noticias radiales de las 5:00 a. m., que escuchamos mientras cumplimos las rutinas de la mañana. Su voz, que ha comenzado a cambiar, suena con una autoridad irreverente:

—Las calles de esta ciudad son trampas para ciclistas, pa. Huecos, tapas de alcantarillas, aceras irregulares, cunetas… El man que ande en bici aquí no dura ni un día.

Guardo silencio. Tiene el 100 % de razón. Hay tramos tan irregulares como desalentadores, mensajes para que uno se desmovilice y haga parte de esa masa de seres que andan malgeniados, que nunca llegan temprano. Quizá por eso, y no por otra razón, esta sea una ciudad atrasada.

Santino improvisa frases sobre la ciudad. Hace un inventario de peligros y los comenta como si fueran descubrimientos recientes:

—Mira nada más por el sector del monumento a la India Catalina. Así, como de truco de mago pobre, sale del pavimento una línea de asfalto fúnebre al borde de la avenida Pedro de Heredia. A un ciclista le toca pelear con los peatones y los mototaxistas que se parquean allí; no existe límite entre la supuesta línea de ciclorruta y el andén. La cinta negra tiene entonces una curva que te lleva a la avenida con el nombre de un poeta que ya estudiamos en el colegio, Luis Carlos López. En esa bajadita, la bici se va sola, como en pista de skate rolling del suicidio, porque a los tres segundos de dicha y descenso la cinta negra desaparece y se integra al concreto que tiene una elevación protuberante. Zas, zas, se acaba la ciclorruta… Si no tienes buenos frenos te revientas.

Me veo varias veces en esa ciclorruta, que tomo para entrar al Centro de la ciudad de las murallas. Aunque Santino exagera con esa habilidad verbal con la que ya ganó el concurso de oratoria de su colegio, el mejor argumento que tengo contra todos sus comentarios es que salgo de casa muy temprano y regreso al comenzar la noche.

Santino describe la urbe como si se tratara de una fotografía que recorre para advertir los peligros. Respira, levanta sus manos y arranca:

—Mira esta, que es de lujo. Por los antiguos teatros Cartagena y Bucanero, hasta la esquina de la iglesia de San Francisco, son puras fachadas que solo sirven para contarle a los turistas historias de la decadencia. Allí están haciendo una «ciclorruta», de un concreto amarillento, liso, bonito. Arranca sobre la calle Larga, rumbo norte; es decir, que si uno viene rumbo sur, por la calle de la Media Luna, lo más seguro es que te arrollen, como si se tratara de una ruleta rusa en bicicleta, para que las generaciones futuras practiquen el suicidio en dos ruedas… ja, ja, ja.

Santino se ríe consigo mismo cuando le fluyen frases de ese nivel de sarcasmo. Su intención siempre ha sido convencerme de que ni el clima ni las vías ni las administraciones están del lado de los ciclistas porque no pagan rodamiento, no pagan parqueo, no pagan seguros y andan raudos en la ciudad como entes independientes que se alimentan de los discursos del desarrollo urbano, con la carencia de acciones concretas en favor de aquel que pedalea en la ciudad de las murallas.

Prioridad

De todos los comentarios de Santino sobre la Scoopy-28, 12 velocidades, me he quedado con eso de «modelo de viejos», algo que me sobrecoge luego de diez años de andar en bicicleta. Tanto él como yo hemos crecido de ciertas maneras; vamos siendo modelos «retro» también.

En mi caso, las velocidades existenciales cambian. Las dos ruedas te permiten pensar al ritmo del pedaleo. Observar dos veces. Ver el paisaje en panorámica, en ruedas, entrega una sensación de equilibrio. La velocidad de vértigo ha sido impuesta por las motos y otros vehículos similares.

En últimas, ese yo de hace diez años le dio a su hijo un regalo de Navidad que nunca tuvo. Allí encontré sosiego. Esa bicicleta es entonces mi autorregalo como respuesta a un Niño Dios lejano y ensordecido.

Aquel día que descubrí a ese yo era un 27 de enero de 2015. Ese mismo año, a comienzos del mandato de un nuevo alcalde, se anunció un documento de movilidad que alentaba el uso de la bicicleta. Sin embargo, han pasado los años y no existe una ciclovía que conecte un barrio con otro, un parque con otro, una plaza con otra, un sector con otro. Nada.

La gran innovación, el año que siguió a la pandemia, fue una nueva señal de tránsito que anunciaba la prioridad de una bicicleta sobre la vía. ¿Cómo se hace una nueva señal de tránsito? Podría haber preguntado Santino, quien dejó la ciudad de las murallas hace tres años. Intento responder.

Se escoge una palabra: prioridad. Se busca una imagen: la de una bicicleta. Letras negras, fondo blanco. Creada. Luego se trazan unas líneas blancas, se supone, para que las bicicletas puedan rodar libremente.

En la práctica, las acciones del Gobierno de turno generaron todas las dudas.

Se delineó el borde derecho de algunas vías. Se señalizó con unas tachas reflectivas, llamadas también «ojos de gato». Algunas estrechas, como las de El Arsenal, de 90 cm; y anchas, como las de la avenida El Bosque, de 2,80 metros. Allí la nueva señal de tránsito, Prioridad, se pintó en el pavimento.

Prioridad es un término complejo, más aún en el contexto que se valora. Para entenderlo en su magnanimidad ha de escindirse en pri, primero, y ior, que en competencia con otros define qué o quién es el mejor. Completa la palabra el sufijo dad: cualidad de, esencia de, que la tiene o lo tiene. Prioridad es, en sentido práctico, lo que es primero, lo mejor.

Si entran en una competencia otros vehículos con la Scoopy-28, 12 velocidades, en una zona de prioridad, será ella la primera. Ahí la farsa se revela.

A este yo le toca competir ese espacio con motos policiales, patinetas eléctricas, triciclos de transporte barrial, triciclos de perros calientes, trucks de comida, trucks de tragos y cocteles, el carrito de Amazon, el triciclo de Mercado Libre, con los de ¿A cómo.com?, con motocicletas a gasolina y sus chalecos distintivos: los de Rappi-Eat, Didi-Eat, Uber-Eat, Te lo Llevo.com, Te la Traigo.com, Te lo Pongo.com, Te lo Mando.com, La Vuelta.com, El Mandao.com, entre otras empresas de distribución de productos y servicios.

Le cuento a Santino, vía WhatsApp, sobre la nueva señal implementada.

—Las prioridades allá son otras —responde.

Me cuenta que hace dos años se compró una bicicleta para andar en la ciudad a la que se mudó luego de la pandemia de 2020. La ciudad se llama Victoria, en Canadá, en la provincia de British Columbia, que es como un pedazo de Inglaterra en América del Norte. Me dice que anda por ciclorrutas que no tienen allá señal de prioridad, porque la gente entiende las marcas y delimitaciones sobre el concreto.

En la ciudad de las murallas es posible que el concepto de prioridad, con los años, signifique lo contrario a su sentido etimológico y convencional. Lo que realmente pasa es que una bicicleta como la Scoopy-28, 12 velocidades, no es prioridad en ninguna vía.

Pedalear es abrirse paso en la ciudad de las murallas, intentar dar aliento a ese yo hecho de pulsiones, un yo que no es aquel que intentó convencer a Santino de aceptar un regalo caduco y demodé. Ni siquiera le he preguntado qué bicicleta usa en aquella ciudad británica, porque en el fondo sé que saldrá con alguna frase que ponga en duda mi lealtad hacia mi Scoopy-28, 12 velocidades, y agregará otro yo a mis realidades futuras.

—Vente a rodar en este pedazo de Bretaña —me insistió el año pasado, a punto de cumplir sus 22 y yo mis 60.

Seguro será mejor el pedaleo en aquella urbe lejana, pero a estas alturas he construido ese yo que prefiere el ritmo caótico, el vértigo, el peligro de continuar avanzando, sobre ese filo de incertidumbres y riesgos que caracteriza a la ciudad de las murallas.

Cartagena, 2025

Fragmento de Narraciones de naturaleza híbrida, antología de 13 autores locales presentada el 17 de junio en Casa Bolívar.

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