Por: Francisco Figueroa Turcios
Los grandes apodos no nacen en las oficinas de publicidad ni en los laboratorios del marketing político.
Los apodos nacen en la calle, en las conversaciones espontáneas de la gente, en la forma como un pueblo identifica a sus líderes. Así ocurrió con Abelardo de la Espriella y el apodo que hoy lo acompaña en cada plaza pública, entrevista y concentración política: «El Tigre».
El propio Abelardo reconoce que ese apodo surgió de lo más profundo del corazón popular de la Costa Caribe. Mucho antes de pensar en una candidatura presidencial, las personas que lo escuchaban hablar en escenarios jurídicos, académicos y públicos comenzaron a asociar su personalidad con la de uno de los felinos más admirados de la naturaleza. Su fuerza retórica, su carácter combativo y su manera frontal de defender sus posiciones hicieron que una expresión se repitiera una y otra vez entre quienes lo seguían: «Es un tigre».
Fenómeno social…

La comparación se convirtió en un fenómeno social. En reuniones, conversaciones cotidianas y espacios públicos, el común denominador era el mismo. Cuando alguien destacaba su energía para debatir, su capacidad argumentativa o su firmeza frente a los adversarios, la referencia inevitable era el tigre, símbolo de fortaleza, determinación y liderazgo.
Con el paso del tiempo, aquel reconocimiento espontáneo fue ganando fuerza hasta convertirse en parte de su identidad pública. Cuando decidió dar el salto definitivo a la arena política, los estrategas de su campaña entendieron que no estaban frente a un simple apodo, sino ante una poderosa conexión emocional construida por la propia ciudadanía. Fue entonces cuando nació la marca política «El Tigre de la Espriella», una figura diseñada para proyectar vigor, liderazgo y capacidad de enfrentar los desafíos de la competencia electoral
Así, el tigre dejó de ser solamente una comparación popular para convertirse en un símbolo político. Un emblema que acompaña cada paso de su recorrido hacia la Casa de Nariño y que resume la imagen que miles de seguidores han construido sobre él.
La era del tigre…

En China, los siglos se cuentan en dinastías y los años se identifican con animales. El dragón simboliza el poder, el caballo la velocidad, el mono la inteligencia y el tigre la fuerza. Cada criatura deja una huella en la memoria colectiva y termina convirtiéndose en el rostro de una época. En Colombia, si Abelardo de la Espriella llegara a conquistar la Casa de Nariño, el país podría comenzar a escribir su propio calendario político: el calendario del Tigre.
Como en el antiguo calendario chino, donde cada época queda marcada por el espíritu de un animal, Colombia podría entrar en los años del Tigre, un tiempo en el que el poder se mediría por la fuerza de las decisiones, la audacia de las reformas y la capacidad de un líder para abrirse paso entre las incertidumbres de la selva política
Porque al final, los apodos que sobreviven no son los que se imponen desde arriba, sino los que brotan desde abajo, desde la voz colectiva de la gente. Y en el caso de Abelardo de la Espriella, fue precisamente esa voz popular la que un día señaló al abogado costeño y sentenció con admiración una frase que terminaría marcando su destino político: «Ese es un tigre».
El Tigre cruzó fronteras…

El apodo de «El Tigre» dejó hace tiempo de ser una simple referencia de campaña. Nacido en los escenarios políticos y mediáticos de Colombia, terminó cruzando fronteras hasta instalarse en el discurso de las grandes figuras del poder mundial.
Cuando Donald Trump anunció su respaldo a Abelardo de la Espriella, no habló únicamente del candidato colombiano; habló de «El Tigre», incluso traduciendo el sobrenombre al inglés para presentarlo ante la audiencia internacional como «The Tiger». El rugido que comenzó en la arena política nacional encontró eco en Washington, convirtiendo un apodo local en una insignia reconocida más allá de las fronteras colombianas
En política, los nombres identifican; los apodos construyen leyendas. Por eso, mientras muchos candidatos son recordados por sus propuestas, Abelardo de la Espriella ha logrado que su sobrenombre viaje más rápido que su propio nombre.
Desde las plazas colombianas hasta los mensajes emitidos desde la Casa Blanca, «El Tigre» ya no es solo una figura de campaña: es un símbolo político que ha logrado rugir en escenarios donde pocas voces colombianas han sido escuchadas
Otro Tigre…

Foto: Rafael Núñez, El Tigre de Cabrero
El apodo de «El Tigre» no es una novedad en la historia política colombiana. Mucho antes de que Abelardo de la Espriella irrumpiera en la arena electoral, otro personaje ilustre de la Costa Caribe ya había sido asociado con la imagen de ese poderoso felino. Se trataba de Rafael Núñez, conocido por sus contemporáneos como «El Tigre de Cabrero«, en alusión a su residencia cartagenera y a su férrea personalidad política.
La coincidencia no pasa inadvertida para Abelardo de la Espriella. Según ha expresado en distintas oportunidades, encuentra paralelos entre su propia trayectoria y la del estadista cartagenero. Ambos, sostiene, fueron objeto de duras críticas, ataques y cuestionamientos en los momentos más intensos de su vida pública.
Sin embargo, la historia terminó reconociendo la dimensión de Rafael Núñez como uno de los grandes constructores de la nación colombiana y como el principal impulsor de la Constitución de 1886, una de las cartas políticas más influyentes en la vida republicana del país.
Entre el Tigre de Cabrero y el Tigre de la Espriella existe más de un siglo de distancia. Pero ambos comparten una característica que suele acompañar a los líderes que despiertan pasiones: mientras unos los cuestionan con dureza, otros los ven como figuras destinadas a dejar una marca en su tiempo. Será la historia, como ocurrió con Núñez, la que tenga la última palabra.











