El presidente Juan Manuel Santos y el senador Alvaro Uribe nos han metido en la trampa de la polarización.
Por: Padre Rafael Castillo Torres
Siempre he creído que tanto el presidente Juan Manuel Santos como el senador Alvaro Uribe, que nos han metido en la trampa de la polarización, sólo tienen intereses comunes por encima del bienestar de la Nación.
El sistema neoliberal, que ellos han consolidado e implementado, visto desde el Evangelio, que es nuestro criterio rector, es la más torpe y agresiva regresión de la humanidad y tiene como herramientas fundamentales las reformas tributarias que empujan a millones de personas a la miseria y la muerte.
Los efectos de esta reforma para los pobres son monstruosos. No se trata de sostenerlos con redes sociales o con familias en acción. Aquí lo que está en juego es la clase media de la nación que soporta el peso de esta reforma y la totalidad de los pobres y quienes viven en la miseria.
Los daños irreparables que nos vienen con el modelo y que se acentúan con la reforma tributaria evidencian que el sistema es perverso en sí mismo. Por ello, no puede sino ser rechazado porque se opone directamente al proyecto de Dios. Yo entiendo por regresión la formación y realización de tendencias y orientaciones que ocasionan daños masivos a la mayoría de la población en vez de ayudarle.
La Iglesia, ni las entidades del rostro solidario que sirven en nuestra Arquidiócesis, están únicamente para secar las lágrimas y vendar las heridas. Dejar las cosas hasta allí sería quedarnos únicamente en la consolación, lo cual es muy bienvenida para quienes disfrutan el sistema y viven del modelo. Si nos conformamos únicamente con este servicio, realizamos sólo una tarea de consuelo, por cierto, muy bienvenida por quienes disfrutan de ese sistema. Un saldo pedagógico del año de la misericordia fue precisamente el compromiso de ser como Iglesia católica un espacio para la resistencia y no meramente una institución de apaciguamiento; un espacio para ensayar visiones y alternativas de vida.
Hoy es decisivo y necesario, ya que nos hemos abierto al año de la esperanza, poder formular claramente el dolor y la necesidad; descubrir sus causas; decir públicamente que Dios no quiere esta situación; y construir una comunidad alternativa caracterizada por la solidaridad.
Sostener que el sistema y el modelo con sus reformas tributarias tiene sus aspectos buenos y que quizá en algún momento llegue a producir bendición y satisfacción para toda la humanidad, es tan sarcástico como hablar del buen príncipe que está en Roma y que distribuye pan a los plebeyos y les muestra espectáculos maravillosos en el circo de la ciudad.
Desde el reverso de la historia nos preguntan los pueblos brutalmente explotados por Roma si acaso no sabemos quién debe pagar ese pan mediante elevados tributos; y desde la arena resuenan los gritos de los mártires que nos preguntan si acaso no nos damos cuenta de que ellos mantienen la vida de los espectáculos con su sangre.
Como iglesia, tenemos hoy una misión altamente teológica: podemos y debemos denunciar públicamente los efectos destructivos del modelo perverso encarnado en estas reformas. Podemos y debemos indicar a esta humanidad que el Mamón, del que hablaron los predicadores en los últimos retiros de noviembre, sin control, destruye la vida. Podemos y debemos denunciar la idolatría del mercado y del consumo.
Podemos y debemos decir que hoy la alternativa no consiste en “capitalismo o comunismo”, “conservador o revolucionario”, “Santos o Uribe”, “Occidente u Oriente”, “Norte o Sur”, sino DIOS O EL MAMÓN. Esto implica ni más ni menos un claro “¡No!” al modelo neoliberal encarnado en las reformas tributarias. Que el año de la Esperanza nos ayude a descubrir que así como “hay deberes para con el Estado porque en la moneda está grabada la imagen del Cesar…también hay deberes para con Dios porque su imagen está grabada en el ser humano”.













