A cien años de su nacimiento, la figura de Álvaro Cepeda Samudio revive desde la memoria íntima de su hija Margarita Rosa, quien reconstruye al hombre detrás del mito: padre, periodista y espíritu arrollador.
Por Ricardo Bustamante
Eternamente joven
Álvaro Cepeda Samudio habitualmente es evocado por el imaginario colectivo en estado de nostalgia. Su imagen icónica alimenta esa añoranza: las fotografías lo muestran con vestimenta informal, camisa por fuera del pantalón, cabellera abundante de bucles negros y alborotados y, como lo dijo García Márquez, “unos ojos de loco que no ocultaban su corazón fácil”; además, una sonrisa y una carcajada que transmiten alegría y desparpajo.
Todo en él se confabula para proyectar a un ser humano eternamente joven. A esto se suma que quienes lo conocieron lo describen con adjetivos como vital, procaz, arrollador, impetuoso, seductor, desmesurado y explosivo.

Un huracán llamado Cepeda Samudio
Sus amigos, para definirlo, recurren a las metáforas: era un huracán, un terremoto. Por obra de esos adjetivos y metáforas, los 46 años, 6 meses y 12 días de vida del autor de La casa grande suelen quedar reducidos al anecdotario; sin embargo, ahí están sus múltiples actividades, que lo apartan del simple icono.
La lista elaborada por Daniel Samper Pizano es extensa: periodista, poeta, cuentista, novelista, compositor de pocas canciones, publicista, guionista, director de cine, incluso actor en un corto de su propia autoría, administrador de inversiones, promotor musical, fanático del deporte, experto en ventas, admirador de las artes plásticas y cocinero.
Vida vivida
Me interesa el de carne y hueso, el hombre de hogar, su cotidianidad como padre e hijo y la relación diaria con su entorno íntimo. Su vida vivida, tal como Thomas van der Hammen tituló sus memorias, busca expresar la intensidad con la que vivió, sufrió y, sobre todo, gozó su tránsito por este mundo.
Figura que atrapa
Debo confesar que la figura de Álvaro Cepeda me atrapó desde mi ya lejana juventud; pienso que de igual manera cautivó a personajes de variopintas disciplinas: García Márquez, Plinio Apuleyo Mendoza, Daniel Samper Pizano, Felisa Bursztyn, Alejandro Obregón y Julio Mario Santo Domingo, entre muchos más.
La explicación de esa fascinación hacia el autor de Todos estábamos a la espera puede encontrarse, salvo otras opiniones, en que los “enamorados” de Cepeda habríamos deseado poseer su vitalidad, su humor, su ímpetu, su irreverencia y su arrojo, entre otras de sus actitudes.
Margarita, su hija
Gracias al amigo y excelso maestro del periodismo Rafael Sarmiento Coley, tengo a mi lado, en cuerpo presente, a Margarita Rosa Cepeda Torres, hija de Álvaro y Alba Luz Torres Fontalvo, recientemente fallecida.
A Margarita la distinguía a través de las redes sociales; hace muchos años alguien, en una calle de Barranquilla, me la señaló como descendiente de Cepeda Samudio. Su rostro alargado, pómulos altos, frente despejada y sonrisa fácil me transportan a la imagen facial de su padre.
De figura física fuerte, estatura de modelo y reina, la cabellera rizada le da un aire de informalidad, juventud, libertad y de ser una mujer descomplicada. Nació el 19 de febrero de 1961 en Barranquilla. Su hermano Darío murió de 23 años en Bogotá en 1978. Cuando Álvaro Cepeda murió, Margarita tenía 11 años. A su hermano le faltaban solo 6 años para despedirse del mundo.


Trayectoria
Margarita es comunicadora social y periodista de la Universidad Autónoma, con estudios en Periodismo Latinoamericano de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá. Además, en el Miami Dade North Campus adelantó estudios en Literatura hispanoamericana.
Ha ganado el trofeo Catalina de Oro por su valioso aporte a un canal regional; es Premio Simón Bolívar; la Sociedad de Ingenieros del Atlántico le otorgó un reconocimiento por su labor encomiable en el periodismo; y un premio que la enorgullece es el que le otorgó en 2005 la cadena NBC TV Network, propietaria de Telemundo NBC Universal, por ser la mejor escritora entre 7.440 concursantes del mundo.
Última visita: 19 de julio de 1972
En una casa del barrio Paraíso de Barranquilla residen Alba Luz y sus dos hijos. El escritor y director de Diario del Caribe va con frecuencia a visitarlos, vive pendiente de ellos. Los médicos amigos, doctores Christiansen y Luis Eduardo Consuegra, con anterioridad lo han alertado: “hay algo que no anda bien en tu cuerpo”, le dijeron. Álvaro tiene en el bolsillo un tiquete aéreo para Nueva York con fecha de vuelo 20 de julio.
Un día antes, en horas de la mañana, llega a esa vivienda marcada con la nomenclatura 81-68 de la carrera 74 en su jeep Land Rover de color verde. Entra raudo, llamando a gritos a Alba, a Darío y a Margarita.
Margratia tenía en ese momento 11 años. Más de medio siglo después recuerda esa visita relámpago con nitidez. Lo que ella no imaginaba es que esa sería la última vez que vería a su padre.
Al día siguiente, Cepeda Samudio se fue de la ciudad, del país. Álvaro volvería a su Barranquilla natal el 14 de octubre, pero en una caja metálica metida en un ataúd. Se fue para Estados Unidos como pasajero; regresó en la bodega de un avión de Avianca, para ese entonces empresa de propiedad de su amigo Julio Mario Santo Domingo.














