Eran unos 64 jovencitos, jóvenes y adultos que vinieron desde el centro de Sucre a conocer el santuario de la Virgen María en El Morro.
Por Rafael Sarmiento Coley
“A las tres de la madrugada pitó el primer bus que llegó a la plaza. En esos momentos hacía un frío sabroso en Paloquemao, que así también le dicen a Sabanas de Beltrán. Pitó el segundo bus en la plaza y a dónde me podía levantar. Pensaba en lo chévere de ir a Barranquilla que dicen que ahora tiene cosas bacanas. En conocer el santuario de la Virgen, de mi querida Virgen de la cual soy devota desde cuando me salió ese tumor en la barriga”.

Los peregrinos de Sabanas de Beltrán, Paloquemao y San Pedro subieron acompañados de cánticos a la Virgen, pero no se rindieron ante las empinadas lomas.
Noris es una de las 60 jovencitas, jóvenes y adultos que vinieron desde San Pedro, Sabanas de Beltrán y Paloquemao a conocer el Santuario de la Virgen en la Urganización el Santuario en el Morro, corregimiento de Tubará, Atlántico. Es un territorio que perteneció a la tribu indígena Mocaná.
A las seis de la mañana apagaron los motores los buses en la plaza del pueblo atlaticense rodeado de montañas y peñascos. De inmediato iniciaron el difícil ascenso hasta lo más alto, en donde está la Virgen María encima de lo que queda de una piedra gigantesca que el dueño de estas tierras compró afanado porque le habían asegurado ciertos nativos de origen Mocaná que debajo de ese peñascos se escondía el tesoro del Cacique Conuco y de su hija la princesa Catalina, sí, la misma hoy famosa India Catalina que era de aquí del Morro y solía bañarse, tal como el Dios Mocaná la trajo al mundo, en las aguas cristalinas de la laguna al pie de la piedra pintada, una reliquia que tiene en su faz un jeroglífico que aún no se sabe qué quisieron decirnos nuestros antepasados indígenas.

Al final, felices, se tomaron la foto para el recuerdo, después de semejante madrugón. A las tres salieron de Paloquemao y a las siete estaban al pie de la Virgen en el Morro, Tubará.
Noris sube con dificultad la empinada montaña. Varias compañeras la impulsan. En un momento dice que no puede más. Se rinde. “No puedes rendirte, aquí ahora…ya estás coronando, sube, termina”, la anima Yarleinis, una de sus mejores amigas. Ella palidece. Tiene un color cetrino en su rostro. Respira con extrema dificultad. Hasta cuando no aguanta más y se arrodilla a vomitar. Yarleinis destapa un termo de agua helada y le da de tomar un sorbo. Luego saca del fondo del viejo bolso un frasco que casi no encuentra. Es suero rehidratante. Noris hace una mueca y le sobrevienen las vascas. No le gusta eso. Pero su amiga la obliga a abrir la boca y a ingerir dos sorbitos. Se reanima. Sigue. Su paso es lento. Lamentable. Con algo de tortura. Se enreda en las lianas del camino. Se tropieza con las piedras. Su amiga fiel la sujeta con fuerza hasta evitar que se caiga.
De repente alguien grita “¡ya estamos llegando!”. Es uno de los “adelantados”. Óscar. Flaco. Barbudo. Nervioso. Corre hacia el pedestal en donde está la Virgen. La abraza, la besa y se baja de un salto. Sale corriendo por el parqueadero largo y plano, se quita la chompa que lo ha acompañado desde Paloquemao para quitarle el frío de la madrugada que le taladraba los huesos, y la va dejando al aire libre mientras corre de un lugar a otro. Es como si disfrutara de una locura deliciosa que le ha causado aquel lugar indescriptible rodeado de brisa y paisaje de mar y de montaña y de una vegetación variada y extraña para Óscar, acostumbrado a ver la yuca retoñar, el ñame esponjarse bajo tierra y el maíz ‘barbear’ cuando la mazorca ya está fuera del vientre de su madre. Paloquemao escuchará la increíble historia de esta aventura juvenil, en las voces emocionadas de sus propios protagonistas.











