Aunque mi papá era el único de la familia que nunca me mandaba a callar cuando me soltaba a hablar como un loro remojado y, por el contrario, se lo disfrutaba feliz, siempre trató de transmitirme el inmenso valor del silencio.
Me decía frecuentemente que debía aprender a callar cuando las circunstancias así lo exigían, pero como en contraste mis hermanos y mi madre siempre me querían silenciar de una manera abrupta y poco cariñosa, en acto de rebeldía mientras más me lo decían más hablaba yo.
El silencio no es omisión, es acción, y lo que si aprendí en estos días y apenas empezando el curso fue a interpretar silencios ajenos y llegué a la conclusión de que callar no es renunciar a expresarse sino todo lo contrario. El silencio es fluidez y hay silencios que dicen todo, silencios que gritan, que consienten, que censuran, que claman y silencios que duelen.
Comunicarse es callar y es hablar y no podemos evolucionar ni entablar relaciones auténticas y sanas si no aprendemos a entender los silencios ajenos y a seleccionar los propios, aunque los primeros duelan y los segundos sean difíciles de lograr.
Es mucho más alto el precio que se paga cuando se ignora el significado de las palabras no dichas o cuando hablamos demasiado en el momento en el que debíamos guardar silencio.
“La princesa más pequeña” es un cuento escrito por Sandra Siemens, escritora argentina, en el que Sandra que relata la historia de una familia de la realeza en la que sus miembros no paraban de hablar, hasta que nació la última hija, una princesita que no emitía sonido, la princesa más pequeña, como fue llamada por todos la niña, no hablaba ni hacía ruidos y pasaron años hasta que sus padres y hermanos supieron el porqué de su silencio: cuando la princesa quiso empezar a hablar no encontró palabras; no habló ni a los dos ni a los cuatro años y llegó un momento en que hasta el silencio de la princesa más pequeña se dejó de escuchar. Un día ella decidió salir a buscar su palabra y no encontró nada porque todos los de su alrededor se habían apropiado de ella. La historia trata sobre el ensordecedor ruido de las palabras cuando sobran y la paz del silencio .
¿Cuándo callar y cuándo hablar?
He ahí el dilema, diría Shakespeare, creo que la respuesta la tiene el corazón, esa voz interior que a veces ignoramos y que sin duda es la sabiduría interna que procede del espíritu de Dios y hay que obedecer. La Biblia dice: “Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar” (Eclesiastés).
También hay que aprender a escuchar las voces del silencio, especialmente de las personas a las que amamos o pretendemos amar y tener la sabiduría para actuar conforme a lo que el otro no dice. El silencio, como la palabra, es un arma irreversible, dice tanto como mil palabras y puede lastimar o alegrar a quienes nos rodean de igual o peor forma.
Personalmente espero, a corto plazo, lograr una Maestría en ambas artes.
“Se tarda dos años en aprender a hablar y toda una vida en aprender a callar”. Ernest Hemingway.











