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Pintar a Doris, un regalo del cielo

Al despedir a su esposa, Jaime Mancera le hizo una petición inesperada a un amigo: “Jorge Mario, quiero que pintes a Doris”. El encargo se convirtió en una experiencia sobre el arte, la amistad, el duelo y un amor que permanece.

Dedicado a Jaime, a Doris y sus familias.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Apenas terminó el sepelio, Jaime Mancera se acercó a cada una de las personas para agradecerles la compañía en ese sensible momento. Se fundió en abrazos y brindó la sonrisa limpia de quien acababa de cruzar el camino de la vida para entregarle él mismo su esposa al cielo.

Yo había asistido esa tarde a Jardines de la Eternidad porque Jaime es un amigo de mi familia, un hermano de la vida. Estudió con mis hermanos en el colegio y fue el baterista de la primera agrupación musical que conformaron cuando Julián tenía 11 años y Rafi, 16. Jaime y Rafi se volvieron a unir casi treinta años después para retomar la música como un alimento que el alma siempre agradece.

Ese día, yo charlaba con mi hermano Rafi, y con Fito y Mario, bajista y tecladista de esa aventura musical. Recordábamos muchos de los momentos que han vivido junto a Jaime cuando lo vimos acercarse sonriente y vital. Me puso la mano en el hombro y, con su voz de amoroso mando, me dijo:

—Jorge Mario, quiero que pintes a Doris.

Llevo casi toda mi vida dibujando y pintando muchas cosas por gozo, especialmente paisajes y animales, siempre motivado por el manejo del color, las formas, la luz y la sombra que el gran artista Turcios me ha inculcado. Pero no se me había pasado por la mente retratar a alguien.

¿Cómo le explicaba eso a Jaime para decirle que no?

—Con mucho gusto, Jaime. Yo la pinto.

Durante varias semanas me dediqué a la labor como si fuera un retratista consumado. Me apoyé en un par de técnicas iniciales que me compartieron el pintor Ronald Hernández y la artista Karolay Escorcia, y conté con el gran Turcios, con sus miradas siempre sabias y risueñas.

A lo largo de este camino, en el que casi nunca me sentí cerca de la fisonomía de Doris, una noche, mientras oraba, sentí gratitud por contar con un arte que me permitía acompañar a un amigo como Jaime, a su familia, a mis hermanos, a mis padres —que también lo quieren mucho—.

Sentí que, de alguna manera, todo este empeño por retratar a Doris era mucho más que lograr un resultado sobre el lienzo. Era recibir también la chispa radiante del propósito con el que Jaime ha amado a su esposa desde siempre y para siempre.

Pintarla fue una misión que un hermano de la vida me encomendó. Y, para mí, esa labor creativa se convirtió también en un regalo que vino del cielo.

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