En esta segunda entrega, el padre Atilano Martínez Vega toma la palabra y recorre, en primera persona, la historia de su nombre, su paso por distintas parroquias, el origen de su vocación sacerdotal y el deseo de regresar algún día a Villanueva, Bolívar.
Por Ricardo Bustamante
La historia de mi nombre: Atilano
Desde que mi padre, Ramón Darío Martínez Ariza, supo del embarazo de mi madre, Zoila Rosa Vega Peña, expresó su deseo de que, si era varón, llevara el nombre de Atilano, en honor a su progenitor, mi abuelo.
Ese mismo pensamiento y querer paterno coincidió, de manera significativa, con la circunstancia que ocurrió pocos días después, cuando el doctor José Villarreal, médico del pueblo y muy cercano a mi familia, atendió a mi madre en su consultorio para evaluar la gestación.
Posteriormente al reconocimiento, se confirmó que el hijo que esperaba mi progenitora era, en efecto, un varón. El doctor Villarreal, debido a la confianza, le sugirió a mi mamá: «Zoila, ponle al bebé el nombre de su abuelo, para que sea un hombre inteligente y de bien».
El querer de mi padre y la insinuación del doctor Villarreal
Así, el nombre Atilano quedó ligado desde antes de mi nacimiento a la voluntad de mi padre, al recuerdo de mi abuelo y a aquella insinuación del médico de la familia.
Fui bautizado en la parroquia María Auxiliadora el 31 de marzo de 1963, por el padre Gilberto Mendoza, llevando oficialmente el nombre que había sido escogido para mí.
Coincidencia o diosidencia
Curiosamente, muchos años después, en 2007, la vida volvería a cruzar nuestros caminos: sucedí al padre Mendoza como párroco en el municipio de San Estanislao de Kostka (Arenal). Aquella coincidencia, o mejor, diosidencia, por parecer un propósito de Dios por lo inesperada y cargada de significado, hizo que la historia de mi bautismo tuviera doble capítulo muchos años después, esto es, mi ablución en la pila bautismal oficiada por el padre Mendoza y, después, mi encuentro con él en Arenal. Con este sacerdote y amigo compartí mucho y su presencia quedó ligada a mi vida y a mis recuerdos.
Anécdotas e historias
Existe, además, otra historia relacionada con mi Atilano que recuerdo con especial cariño. Conocí literariamente al escritor francés Víctor Hugo a través de mi padre, quien acostumbraba leer sus obras. En mi inocencia de niño, aquel nombre despertó en mí una particular admiración y llegué a querer llamarme como el laureado franco. Incluso, mi hermana mayor —Manuela— recuerda que, siendo todavía un infante, yo le pedía que me llamara como la persona que tanto me había maravillado.
Era, naturalmente, una expresión de mi imaginación y de admiración propia de la infancia, nacida de la influencia de mi padre y de sus lecturas. Con el paso de los años, esta anécdota adquirió para mí un significado especial, porque Víctor Hugo terminó rondando mi historia de vida, aunque el apelativo de nacimiento y de bautismo siempre fue Atilano, el cual felizmente llevo.
De esta manera, mi nombre tiene dos historias que se entrelazan: Atilano, heredado de mi abuelo por voluntad de mi padre; y Víctor Hugo, nacido de la admiración inocente de un niño por el escritor que conocí, como dije antes, a través de las lecturas de mi padre. Ambas historias forman parte de mi memoria personal y de la historia de mi nacimiento y de mi identidad.
Entre parroquias me he visto

Desde que me ordené como sacerdote, he estado al servicio de la Arquidiócesis de Cartagena. Nuestro arzobispo actual es monseñor Francisco Javier Múnera Correa.
Las siguientes son las parroquias en las que he estado. Trataré de enunciarlas en orden cronológico desde mis inicios hasta la actualidad:
- Parroquia del Espíritu Santo, barrio Los Mangos, Carmen de Bolívar, entre 1999-2002.
- Parroquia Santuario Nuestra Señora del Carmen, barrio La Plaza, Carmen de Bolívar, entre 2003-2006.
- Parroquia San Estanislao de Kostka (Arenal), barrio El Centro, San Estanislao de Kostka (Arenal), Bolívar, entre 2007-2015.
- Parroquia María Madre de la Iglesia, barrio Olaya Herrera, sector Central, Cartagena, Bolívar, entre septiembre de 2015-2023.
- Parroquia Nuestra Señora de la Consolata, barrio Blas de Lezo, Cartagena, Bolívar, en 2024.
- Desde 2025 hasta la fecha, alterno entre las parroquias Cristo Sacerdote y Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, acompañado por el sacerdote padre Jaime Álvarez.
Hacerse sacerdote requiere de inclinación espiritual
A lo largo de mi vida sacerdotal muchos feligreses me han interrogado sobre cuál fue el motivo principal que tuve para hacerme sacerdote y la respuesta que doy me resulta sencilla y no exige en mí mayor esfuerzo mental. Contesto trayendo a colación un ejemplo: un niño que en todo momento se la pasó detrás de un balón de fútbol, con actitudes y destrezas para dicho deporte, le quedará, en un futuro cercano, fácil avanzar en la disciplina del balompié, y si, además, está dotado con técnica precisa y excelente inteligencia táctica y óptima condición física, de seguro, salvo circunstancias sobrevinientes, va a destacarse como futbolista.

El sacerdote nace con una inclinación espiritual, su deseo interno va emergiendo desde la infancia y juventud a través de vivencias; no obstante, debe formarse a través de un proceso consciente de respuesta a un llamado celestial. Su vocación inicial debe consolidarse y estructurarse, y mantenerse en oración. No es ni será un camino fácil renunciar a la propia familia o, por lo menos, distanciarse de ella por estar cumpliendo labores espirituales. Mucha fuerza de voluntad debe tener e irrevocablemente decidirse por renunciar al mundo laico. El logro final consiste en no desfallecer en el intento por alcanzar un objetivo mayor: llevarle las almas a Dios.
Vocación por ayudar y servir, por ser verdaderamente un ejemplo para los feligreses y la comunidad en general, son principios y valores esenciales en un sacerdote y también es fundamental el sentirse elegido como clérigo auténtico, centrado en el amor a Dios y en la espiritualidad de Cristo.

Mi madre
Mi madre, Zoila Rosa, fue y es, a sus 93 años de vida, una mujer de iglesia. Su cotidianidad es de un comportamiento ejemplar, y ese diario proceder de ella lo fue captando el niño, luego el adolescente y finalmente el adulto Atilano.
Un secreto
Un secreto, aquí entre nosotros: cursando cuarto elemental, una profesora nos preguntó qué queríamos ser cuando grandes. Entre todos los alumnos, fui el único que respondió: sacerdote. Desde esos años escolares me inclinaba por estar en la iglesia, detrás de los curas, ayudando en labores eclesiásticas. Tuve desde niño la tendencia espiritual, claro, aupada por mi madre y, lo más importante, su hermoso proceder en la vida.
Mi aspiración: volver a Villanueva
Aspiro, en unos años, cuando llegue a los 70 años de edad, volver a mi pueblo, Villanueva, Bolívar, y servir a su gente como sacerdote, como lo he venido haciendo desde siempre, de manera humilde y entregado a cumplir y practicar con la palabra de Cristo y, también, otro deseo que tengo es estar rodeado de mi madre, hermanas y familiares cercanos.
No aspiro a más.
Gracias
Gracias por este espacio, ya que me permitió, a grandes zancadas de memoria, relatar parte de mi vida personal y espiritual. De nuevo, gracias.












