Por: Francisco Figueroa Turcios
Junior, ¿no recuerdas que hace apenas unos meses fuiste Bicampeón?
¿No recuerdas aquellas noches de diciembre de 2025 y junio de 2026, cuando Barranquilla volvió a vestirse de fiesta y el rojiblanco volvió a tocar el cielo? ¿No recuerdas el orgullo de aquella generación que consiguió dos títulos consecutivos y convirtió al equipo en protagonista, en ganador, en ese Junior que parecía saber exactamente qué quería cuando entraba a una cancha? …
Por eso duele tanto verlo ahora. Porque este Junior no se parece al bicampeón.

El Junior que hace pocos meses levantaba trofeos hoy camina por la Liga BetPlay como un visitante de sí mismo. Irreconocible, confundido, sin victorias y con una angustia que empieza a instalarse en las tribunas.
La noche del sábado 29 de agosto, en el viejo y entrañable Romelio Martínez, volvió a aparecer la misma película: Junior tuvo el triunfo en las manos y terminó dejándolo escapar. Ganaba 1-0 con gol de Luis Fernando Muriel, y durante largos minutos pareció que finalmente llegaría esa victoria que tanto necesita. Pero el fútbol, que a veces tiene memoria y otras veces se convierte en verdugo, volvió a castigar al Tiburón.
Cuando el reloj se acercaba al final, Franco Fagúndez apareció para cabecear un tiro libre cobrado por Maximiliano Lovera y convirtió el 1-1. Era el minuto 88. El golpe llegó cuando Junior ya comenzaba a saborear los tres puntos. Otra vez el empate. Otra vez la frustración. Otra vez la pregunta que empieza a recorrer Barranquilla:¿Qué le pasó a Junior? Porque no es solamente una cuestión de resultados. Es una cuestión de identidad.

El Junior que fue bicampeón en diciembre de 2025 y volvió a coronarse en junio de 2026 parece haber perdido aquella seguridad que lo acompañó en las grandes noches. El campeón sabía sufrir, sabía competir, sabía cerrar los partidos. Este Junior parece vivir permanentemente al borde del precipicio.
Y lo más doloroso es que el presente contrasta demasiado con el pasado reciente. Hace unos meses, Junior celebraba. Hoy cuenta los partidos sin ganar.Hace unos meses, el hincha hablaba de títulos. Hoy mira la tabla y hace cuentas. Hace unos meses, el equipo transmitía autoridad. Hoy transmite incertidumbre.
Santa Fe, además, llegó a Barranquilla con una realidad diferente. El conjunto capitalino tiene puesta buena parte de su atención en la Copa Sudamericana después de haber eliminado a River Plate y avanzar a los cuartos de final. Sin embargo, no necesitó de su mejor versión internacional para llevarse un punto del Romelio Martínez.
Y eso también debería preocupar al Junior. Porque cuando un equipo que está peleando dos frentes y que tiene la cabeza puesta en un torneo continental logra rescatar un empate en los últimos minutos, la sensación que queda para el local es todavía más amarga.
El Romelio Martínez fue testigo de otra noche de desencanto. Ese estadio que guarda tantas historias del fútbol barranquillero volvió a recibir a un Junior necesitado de una victoria. Pero la victoria volvió a escaparse. Y entonces aparece la memoria. La memoria de aquel Junior campeón. El de diciembre. El de junio. El que sabía ganar. El que sabía competir. El que hacía creer.
¿Dónde quedó aquel Junior bicampeón…?

Quizá la crisis no sea solamente futbolística. Quizá también sea emocional. Porque cuando un campeón deja de ganar, cada partido comienza a pesar más que el anterior. Cada empate se convierte en una herida. Cada gol recibido en los últimos minutos revive los fantasmas del partido anterior.
Y Junior parece estar atrapado en ese círculo. Juega para ganar, pero no gana. Se pone arriba, pero no logra cerrar. Tiene la oportunidad de respirar, pero vuelve a quedarse sin aire. Y mientras tanto, la hinchada comienza a preguntarse cuánto tiempo puede durar esta versión de un equipo que hace apenas unos meses era campeón del fútbol colombiano.
La historia reciente obliga a exigir más. Porque este no es un Junior que viene de años de oscuridad. Es un Junior que acaba de ser bicampeón. Y precisamente por eso la crisis duele más. Junior, no hace tanto tiempo tenías la corona. Ahora tienes que volver a encontrar el camino que te llevó hasta ella.
Porque las estrellas que están bordadas en la camiseta no ganan los partidos. Los partidos se ganan en la cancha. Y hoy, paradójicamente, el campeón parece haber olvidado cómo hacerlo.
Alfredo Arias se quedó sin discurso…
Alfredo Arias se quedó sin discurso. O quizá, peor todavía, se quedó sin respuestas.
Porque las palabras que alguna vez sirvieron para explicar el presente de Junior comenzaron a agotarse una tras otra, como esas velas que se consumen lentamente mientras la oscuridad se hace cada vez más grande.
Primero dijo que lo importante no era cómo se comenzaba, sino cómo se terminaba. Después explicó que Junior estaba acostumbrado a comenzar de menos a más y que precisamente de esa manera había construido los dos títulos consecutivos.
Cuando llegaron los insultos desde las tribunas del Romelio Martínez, Arias respondió recordando el pasado inmediato: “somos bicampeones”. Y cuando Junior perdió contra América y volvieron a preguntarle por su continuidad, dejó otra frase: “Hablaría mal de mí si yo me fuera de Junior”. El técnico uruguayo sostuvo que no era de su estilo renunciar y dejar al equipo a la deriva..
Pero el fútbol tiene una manera cruel de perseguir las explicaciones. Porque cada nuevo partido fue desmontando el argumento anterior. La victoria no llegó. El equipo siguió perdiendo .La tabla comenzó a mirar a Junior desde abajo.
Y entonces apareció Santa Fe. El sábado 29 de agosto, en el Romelio Martínez, Junior volvió a dejar escapar un partido que parecía tener ganado. Luis Fernando Muriel puso el 1-0, pero Franco Fagúndez empató en el minuto 88. Otra vez la victoria se escapó. Otra vez el campeón se quedó mirando el reloj.
Otra vez la hinchada salió con la sensación de que aquel Junior que había levantado dos trofeos consecutivos había desaparecido. Y llegó la rueda de prensa.
Ya no estaba el Arias que hablaba de procesos. Ya no estaba el Arias que explicaba que el equipo comenzaba de menos a más. Ya no estaba el Arias que recordaba el bicampeonato.
Un periodista le hizo la pregunta que, inevitablemente, tenía que aparecer: ¿Qué argumentos tiene para continuar siendo el técnico de Junior ante estos malos resultados?
La respuesta fue tan corta como contundente: “El contrato”.
Y ahí terminó prácticamente todo. Alfredo Arias se molestó y abandonó la rueda de prensa. La escena terminó convirtiéndose en una imagen más de la crisis que atraviesa Junior. Pero aquella palabra —contrato— abrió inmediatamente otra pregunta.
Una pregunta que ya no le corresponde responder al entrenador. Le corresponde responder a los directivos. ¿Mantendrán a Alfredo Arias en el timón de Junior?
Porque una cosa es lo que diga el contrato y otra muy distinta lo que decida la dirigencia. El vínculo de Arias fue renovado hasta mediados de 2027, después del segundo título conseguido por Junior. Pero ningún contrato puede esconder eternamente una crisis deportiva.

La dirigencia tendrá que decidir si cree que este es simplemente un mal momento de un entrenador que hace pocos meses llevó al club a dos títulos consecutivos, o si considera que la relación entre Arias y el equipo se ha desgastado hasta un punto de no retorno.
Ese será el verdadero dilema. Porque despedir a un técnico bicampeón tiene un costo económico.ero mantener a un entrenador cuando el equipo no reacciona también tiene un costo: el deportivo, el emocional y el de una hinchada que comienza a perder la paciencia.
Arias tiene a su favor dos estrellas recientes. Tiene el argumento de los títulos. Tiene un contrato vigente. Pero hoy enfrenta algo que no aparece escrito en ninguna cláusula: la pérdida de confianza.
Y en el fútbol, cuando el entrenador empieza a perder la confianza de la tribuna, cada empate pesa como una derrota y cada derrota se convierte en una pregunta sobre su permanencia.Junior está frente a una encrucijada.
Los dirigentes deberán decidir si esperan que el bicampeón vuelva a aparecer o si consideran que el ciclo de Arias, paradójicamente después de haber alcanzado la gloria, comenzó a agotarse.











