Rescate de una entrevista inédita con el Premio Nacional de Poesía colombiana (2017) Darío Jaramillo Agudelo, en celebración del Día Internacional de la Poesía (21/03/2023).
Por: William Castro A.
El género lírico es por excelencia la instancia literaria que más ha acogido temáticas tan complejas y universalmente presentes a lo largo de la historia como la soledad, el tiempo, la muerte y el amor.
Desde la poesía épica y mitológica de la antigua Grecia, observamos una primera manifestación de amor entre divinidades que dieran origen a tantos fenómenos naturales sobre la tierra, Así, hasta la perdurabilidad de un romanticismo clásico en nuestra actualidad, el amor sigue siendo un estado o expresión natural de todo ser vivo, que no encuentra explicación exacta ni mucho menos un concepto claro u objetivo que le defina (al menos, fuera de la poesía).
Darío Jaramillo Agudelo (1947), escritor de trayectoria y merecido reconocimiento en las letras colombianas, asume dicha perspectiva a la hora de tratar el amor como una cuestión íntima y de indudable trascendencia en su producción literaria.
Cuenta este autor con una variada gama de novelas, ensayos, antologías y otros textos que desembocan finalmente en la poesía como género sumo, y al que se entrega con mayor prestancia para arropar bajo su manto lírico cada historia o reflexión sobre el amor que de su pluma emana, siendo acreditado por la crítica nacional con el título de «renovador de la poesía amorosa colombiana«.
Sin embargo, los versos de este poeta no son únicamente guiados por un hilo de cantos amorosos…
Memorias de un extinto LIBRAQ
En efecto: el poeta de los versos «Ese otro que también me habita» o «Mi cama es la cama de todos los días«, manifiesta otras facetas estéticas aparte de su conocidísimo perfil romántico, y que es producto de una guerra personal librada contra la ausencia.
Siempre vestido de sobretodo gris, camisa blanca y pantalón oscuro, el célebre Premio nacional de Poesía (2017) se pasea por los alrededores de una tierra extraña a la suya, cuyos calores le empapan la frente y cuello durante el desarrollo de lo que fue la segunda (y definitiva) edición de la Feria internacional del Libro de Barranquilla (Libraq, 2019), llevada a cabo en la semana del 18 al 22 de septiembre en el Malecón Puerta de Oro.
Una vez que finaliza la entrevista con su colega y editor en la Ed. Pre-textos de España, Manuel Borrás, Darío hace un esfuerzo extra-humano por bajar de la tarima apodada Meira del Mar, consciente del desgaste que le representa permanecer sentado cierto tiempo en apoyo de su pierna izquierda, en la imposibilidad de reposar su peso sobre la prótesis derecha con la que trata de (en)cubrir dicha ausencia.
W.C.A: ¿Qué le deja a su poesía ese atentado del que sobrevivió hace apenas 27 años?
D.J.A: Me deja dos cosas: Primero, una teoría del olvido que me exenta de guardar rencor hacia alguien en este país, donde muchos se encuentran cargados de tanta impunidad y odio, y todo gracias a que hasta la hora siga sin saber quién colocó aquella bomba que pisé. Lo segundo son poemas, que en medio del dolor despertaron en mí una sensibilidad hacia la ausencia de esa parte de mi cuerpo, y que casi me mata sino es por el acompañamiento y humor de mis amigos, entre otros seres cercanos.
Sin pie mi cuerpo sigue amando lo mismo
y mi alma se sale del lugar que ya no ocupo,
fuera de mí:
no, no hay aquí símbolos,
el cuerpo se acomoda a la pasión,
y la pasión al cuerpo que pierde sus fragmentos
y continúa íntegro, sin misterios incólume.
Contra la muerte tengo la mirada y la risa,
soy dueño del abrazo de mi amigo
y del latido sordo de un corazón ansioso.
Contra la muerte tengo el dolor en el pie que no tengo,
un dolor tan real como la muerte misma
y unas ganas enormes de caricias, de besos,
de saber el nombre propio de un árbol que me obsede,
de aspirar un perdido perfume que persigo,
de oír ciertas canciones que recuerdo a fragmentos,
de acariciar mi perro,
de que timbre el teléfono a las seis de la mañana,
de seguir este juego.
(Desollamientos, 1989).
W.C.A: ¿En qué aspecto imagina que pudiera afectar el entendimiento de su obra poética si, por ejemplo, los jóvenes empezaran por una lectura como Desollamientos, en lugar de sus poemas de amor?
D.J.A: Yo creo que afectaría en un sentido visual y táctico, en el imaginar en adelante que quien escribe ha sufrido o experimentado física e íntimamente eso que digo en el poema, más allá de estar siendo todo constituido por un hecho estético. Después de que a mí me amputaron la pierna el primer poema que yo escribí fue Desollamientos, para mí, para mi seguridad conmigo mismo, para aprender a aceptarme me ha servido mucho ese poema. Escribirlo era como afirmarme de nuevo como ser humano a pesar de la pérdida, quizá dejando testimonio que uno nunca se imagina que pueda resistir un golpe de esos. El ser humano es tan duro que es capaz de asimilarlo. Entonces es verdad que ese poema para mí en términos personales es muy importante.
W.C.A: ¿Representa Desollamientos una ruptura dentro de su producción poética?
D.J.A: No lo consideraría en términos de estética una ruptura, pero sí en términos de mi propia vida un rescate de mí mismo en una situación nueva y difícil para mí. No lo pienso tanto en términos de estética, sino más bien en términos puramente íntimos.
W.C.A: ¿Y otro poema que se le asemeje?
D.J.A: Pues no lo digo yo, pero sí creo que tiene razón quien lo dijo, que en ese sentido tal vez el poema que más me representa como a mí mismo o frente a mí mismo es un poema que se llama Razones del ausente, que lo escribí cuando me iba de Colombia: yo estaba muy joven, y me iba por un tiempo largo, y escribí ese poema que era también como una forma de situarme en el mundo, de saber que ya el pasado había pasado y me esperaban otras cosas nuevas.
Si alguien les pregunta por él,
díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro;
díganle también que no dejó razones para nadie,
que tenía un mensaje secreto, algo importante que decirles
pero que lo ha olvidado…
(Razones del ausente, 1998)
W.C.A: En relación a esa última experiencia, ¿Cómo se vuelve después el viaje una temática recurrente de su poesía?
D.J.A: Pues hay muchas formas de viajar. Yo ahora viajo mucho pero siempre sé que voy a volver a la semana, a diferencias de aquellas ocasiones en las que me iba y no volvía, o que volvía pero después de un tiempo largo. Ahora los viajes no son como lo fueron para Barba Jacob, que más que viajes eran huidas. Yo no estoy huyendo de nada. Antes contemplo con tranquilidad los paisajes naturales de las tierras a donde viajo, observando las montañas, las flores y plantas que respiro dichoso.
…Entre esta oscura claridad, entre este vértigo,
(Miguel Ángel Osorio, 1983).
todo mi pavor, toda mi pena,
todo el desprecio entero y el amor,
toda la embriaguez y la locura.
Nunca ninguna fe en mi corazón ansioso.
Ay, mi delirante corazón,
ay mi corazón sin asidero.
W.C.A: ¿Se observa en ese sentido como un Barba-Jacob de la actualidad?
D.J.A: Él estaba huyendo entre otras cosas porque dejaba deudas, dejaba enemigos y entonces se tenía que volar de donde estuviera. Mas en un poema que escribí para él y en el que intento rescatar su voz, confiesa cómo entre las pasiones que penetran su corazón se sitúa una raíz onírica y hierática, que crece a medida que establece contacto con la noche y otras figuras más que se recrean a través del viaje.
W.C.A: Junto al título de renovador de la poesía amorosa colombiana, sobre usted se dice que hace parte de una «generación desencantada», ¿Qué tanta certeza hay de ello?
D.J.A: Me parece que existe mayor certeza en lo primero que en lo segundo, pues yo nunca he me considerado una persona desencantada. Me parece que es un término no muy apropiado para referirse a mi escritura, por lo que no participo de eso. También porque son poesías muy distintas las de todos mis contemporáneos. Cada uno escribía a su manera y sentía a su manera. No había un idioma en común. Realmente fue que nos bautizaron así, pero es todo lo contrario y cada vez encuentro más encantamiento.











