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Felipe Paternina, el acordeón que nació de una prohibición

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay historias que comienzan con una herencia. Otras, curiosamente, nacen de una prohibición.

La de Felipe Paternina Payares quien nació el 23 de agosto de 1952, en Corozal, Sucre, dentro de una familia donde el acordeón ya tenía un lugar reservado. Su padre, Alcides Paternina Gamarra, era acordeonero y había logrado ganarse un nombre entre los habitantes de Villa López, de donde era oriundo .

Alcides había aprendido rápidamente los secretos del instrumento y no tardó en convertirse en uno de los músicos solicitados por los hacendados de la época para amenizar sus parrandas. El acordeón le abrió las puertas de las casas de campo, pero también terminó cobrándole una factura.

Las parrandas fueron cada vez más frecuentes. Y el ron comenzó a acompañar demasiado de cerca al acordeón. Hasta que una madrugada la historia cambió. Después de una larga parranda, Alcides terminó tendido, completamente borracho, frente a la entrada principal de la iglesia San José de Corozal. Eran aproximadamente las seis de la mañana. Un amigo de la familia lo encontró allí, pero decidió no despertarlo. Lo dejó dormir mientras el sol comenzaba a castigarle el rostro.

Foto: Alcides Paternina

Cuando finalmente despertó, Alcides regresó a su casa. Dos días después todavía llevaba encima el peso del guayabo y, sobre todo, la vergüenza. Entonces llamó a Ruby, su hija mayor.Le pidió que le llevara el acordeón nuevo que había estrenado pocos días antes y un cuchillo pela yuca.Se sentó en un taburete.Y comenzó a destruirlo.A machetazos. El instrumento que durante años le había proporcionado reconocimiento, dinero y celebraciones terminó convertido en un montón de piezas esparcidas por el suelo.

Después miró a sus hijos. La decisión estaba tomada. No volvería a tomar un trago de ron. No volvería a tocar un acordeón. Y lanzó una sentencia que quedó grabada para siempre en la memoria de Felipe: “Al hijo mío que se le dé por aprender esta porquería de arte, le mocho la cabeza”.

Alcides cumplió su palabra. Desde aquel día no volvió a tocar acordeón ni volvió a beber licor. Pero las palabras también quedaron cumpliendo su propia condena. Se instalaron en la cabeza de Felipe. Porque el niño que escuchaba aquella sentencia también sentía una atracción inevitable por el instrumento que su padre acababa de convertir en enemigo.

Felipe tenía miedo...

Felipe tenia miedo. Conocía a su padre. Sabía que aquella amenaza no era una frase lanzada al aire. Por eso, cuando el acordeón apareció nuevamente en su camino, tuvo que aprender a tocarlo a escondidas.

Ocurrió durante sus estudios en el Preseminario. Allí llegó un alumno procedente de Chinú con un acordeón de dos teclados. El muchacho estaba aprendiendo a ejecutarlo y Felipe, casi por casualidad, comenzó a acercarse al instrumento.

Después del almuerzo, mientras los internos hacían la siesta, Felipe y su amigo Víctor Urzola encontraban el momento perfecto. Víctor, que años después moriría, fue el cómplice de aquella aventura. Se robaban el acordeón durante un rato. Y Felipe practicaba.

Lo que comenzó como una travesura terminó convirtiéndose en aprendizaje.Día tras día, lejos de la mirada de su padre, Felipe fue descubriendo los secretos del instrumento.Hasta que llegó el momento en que aquel talento escondido dejó de ser un secreto.

Un sábado, durante un centro literario, llegó el turno de la llamada tribuna libre.Víctor no pudo contenerse.Desde el público gritó:—¡Padre, Felipe sabe tocar acordeón!

El rector, un sacerdote, no dudó.Lo llamó a la tarima.Felipe estaba nervioso. También era tímido. Pero ya no podía retroceder.Víctor volvió a intervenir:

—¡Padre, que Narváez le preste el acordeón! El instrumento llegó a sus manos. Y Felipe tocó La despedida, la canción que había preparado con su amigo. Cuando terminó, llegó la algarabía. El silencio de los años anteriores se rompió en un instante. Y aquella presentación tuvo una consecuencia inesperada: el rector decidió que ese día había nacido una agrupación musical: La Murga

Felipe, sin embargo, no quiso aceptar.El problema tenía nombre y apellido.Alcides Paternina. Felipe le explicó al sacerdote que su padre había sido terminante: si aprendía a tocar acordeón, le mocharía la cabeza.

El cura decidió intervenir. Yo arreglo eso”. Fue a hablar con Alcides. La conversación no fue sencilla. El padre se mantuvo firme. La prohibición seguía vigente. Pero el sacerdote insistió. Los tiempos habían cambiado.

Y aquella vez el argumento logró vencer la resistencia del viejo acordeonero. La historia tuvo entonces uno de esos giros que parecen imposibles hasta que ocurren. El hombre que había destruido su acordeón a machetazos terminó comprándole a su hijo dos acordeones nuevos.

Y no solamente eso. Alcides armó el conjunto con sus otros hijos. La prohibición se convirtió en permiso. El miedo se transformó en respaldo .Y el acordeón que había sido destruido terminó multiplicándose en las manos de la siguiente generación. Desde entonces Felipe comenzó a cosechar triunfos en escenarios locales y regionales.

Pero había una condición que nunca estuvo dispuesto a negociar: los estudios.Había hecho un compromiso con su madre y decidió cumplirlo.Después del Preseminario ingresó al Liceo Carmelo Percy, donde cursó hasta tercero de bachillerato. Posteriormente tuvo que completar cuarto en otro instituto, antes de lograr ingresar a la Normal.

La música, paradójicamente, terminó ayudándolo.Durante una excursión organizada por los profesores, Felipe acompañó con su acordeón al grupo de quinto grado. Aquella presentación fue suficiente para que, al regresar, le abrieran las puertas para estudiar pedagogía.

Felipe Paternina,terminó sus estudios en el año 1973. Un año después, en 1974, fue nombrado maestro. La música había encontrado su lugar, pero no desplazó a la educación. Felipe se convirtió en docente y posteriormente en licenciado en Matemáticas, una profesión que, según él mismo explica, siempre le gustó porque encuentra una relación estrecha entre los números y la música.

Quizás allí esté una de las claves de su historia. Felipe Paternina nunca vio la música y las matemáticas como dos caminos diferentes. Para él, ambas tienen estructura, ritmo, proporción y armonía. Los números le enseñaron a ordenar. El acordeón, a sentir. Y entre ambos construyó una vida.

Hoy, cuando Felipe Paternina cumpleaños y la memoria vuelve inevitablemente hacia aquel 23 de agosto de 1952, resulta imposible no regresar también a aquella madrugada en que su padre quedó tendido frente a la iglesia San José de Corozal.

Porque allí comenzó, sin que nadie pudiera imaginarlo, una historia que tendría un extraño desenlace. Alcides quiso acabar con el acordeón para salvarse del alcohol. Y terminó entregándole dos acordeones a su hijo.

Felipe quiso aprender a escondidas para evitar la furia de su padre. Y terminó recibiendo de él la autorización para convertirse en músico.La amenaza de que le “mocharía la cabeza” quedó convertida en una anécdota familiar.El acordeón, en cambio, sobrevivió.

Y sobrevivió para pasar de una generación a otra. Porque algunas herencias no se entregan en testamentos. Se transmiten con las manos. Alcides dejó el acordeón. Felipe lo recogió. Y desde entonces, cada vez que abre el fuelle de su instrumento, pareciera que aquel viejo acordeón destruido a machetazos vuelve a respirar. La música, después de todo, encontró la manera de vencer al silencio.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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