Al famoso cantante ya fallecido le gustaba venir a Barranquilla. Y como dice Adlai Stevenson: «Marco T. ¡Esto es dedicado a usted!
Por Adlai Stevenson Samper
Marco T. ¡esto es dedicado a usted!
La afirmación es sentenciosa y corroborada por varios de sus allegados. A Daniel Santos, El Inquieto Anacaboero, le gustaba Barranquilla por su ambiente de tibiri tabara mezclado con brisas tropicales, esencia de buena música y jaranas nocturnales de alto vuelo que le permitían desplegar por estos lares todas las destrezas –las conocidas y anónimas- del cantante boricua. Quizás por la invariable pregunta que le formulaban los muchachos de barriada, todos amigos suyos, en la década de los cincuenta en el fulgor de los conciertos: “¿Óyeme Daniel, y has visto a Linda?” y este, cabizbajo, triste, le respondía canturreando: “Yo no visto a Linda, parece mentira, tantas esperanzas que en su amor cifré”…
Según Marco T. Barros Ariza, amigo y representante suyo en diversas ocasiones, este tema y La Despedida eran los más solicitados por el publico barranquillero. En ello coincide Cesar Pompeyo, fallecido hace algunos años, trompeta y director de la Sonora del Caribe, una agrupación que acompañó varias veces a Daniel Santos en sus giras por Colombia: “Con Daniel anduve por Cali, Medellín y Bogotá. Se vinculó con la sonora porque lo trajo a una gira Robertico Esper. La idea era presentarlo en los circuitos de los cines de barrio en las noches. Parece que Daniel había escuchado la orquesta y sabía que interpretábamos la música de la Sonora Matancera. Nos presentaron. Daniel me entregó todo el repertorio de su música de los cuales algunos yo tenía montado. Por eso me cayó bien. Alguna vez grabamos en los estudios de Fuentes y en Cali en discos Victoria”.
Nueve veces “oficiales” estuvo Daniel Santos en Barranquilla. La primera vez fue en una gira por toda Colombia en el año 1953. Marco T. Barros señala que fue el día domingo 31 de mayo en el teatro Colombia. La orquesta acompañante, quién más podía ser, fue la Sonora del Caribe contratada por el empresario Robertico Esper que desde entonces se volvió muy amigo de Daniel. La gente se quedó afuera sin poder entrar al llenarse el cupo del teatro Colombia que era de unas 3000 personas. De arriba abajo. La gente quedó arremolinada en la puerta para verlo a la salida. Pero era imposible sacarlo por ahí. Recurrieron entonces a un viejo zaguán oscuro que salía por la carrera Progreso. Pero de alguna manera el acucioso público a la espera se enteró de la jugada y alguien; con evidente maldad, le envió en las penumbras la mano sucia de grasa directamente a la nalga ensuciándole su vestido blanco de lino mandado a hacer en la Sastrería El Sol de La Habana. Daniel, con evidente furia, comenzó a mentar madre a diestra y siniestra”.
Esa vez fue alojado en el derruido hotel Astoria, en la calle Murillo con carrera 43. Pero a Daniel no le gustó el invento, según lo recuerda Marco T. Barros: “Al día siguiente Daniel estaba enojado pues no podía dormir con el ruido de los carros. Pidió el hotel El Prado. Desde entonces, cada vez que venía, ese era su sitio de alojamiento. Bueno, después del cambio de hotel, le pidió a Roberto Esper que le trajera a una novia que tenía en La Habana o “yo no veo micrófono ni me subo a cantal”, como decía. Se la trajeron. Tremenda hembra de los pies a la cabeza, le decían la María Félix cubana. Daniel la exhibía por todas partes”.
De barra en barra
Los convites de Daniel Santos en Barranquilla eran con un combo de amigos. Marco T. enfatiza que eran del barrio Rebolo, mientras que Armando Pasco lo sitúa por otros lados: “andaba mucho con un combo del barrio Abajo en la calle Felicidad con Olaya Herrera”. Con varios; a decir verdad, pues en la venta de guarapos de El Propio Químico, al costado del viejo edificio republicano de Telecom en el mercado, estaban exhibidas una serie de fotografías de un grupo de camajanes excelsos de la localidad, todos con gafas negras, sombreros, botellas de licor y varios discos de larga duración apilados al desgaire sobre una mesa de hotel.
Allí aparece entonces el testimonio del adelantado Cesar Pompeyo con otros nombres: “Aquí tuvo un combo de amigos entre ellos Concepción Hernández, dueño de un picó de salsa llamado El Coreano. Este señor peleó en la guerra de Corea y parece que allá lo conoció Daniel cuando prestaba el servicio militar. Siempre lo visitaba. A veces Daniel salía con nosotros a tocar y cantaba una o dos canciones. Así que la gente se acostumbró y creía que Daniel siempre andaba con nosotros pidiendo su presencia”. Pero si se trata de compadres, Marco T. tiene un testimonio sobre uno de ellos: “El tuvo en Barranquilla muchísimos amigos, entre ellos Nicolás López, su compadre. Nicolás puso un bar cantina que se llamó Bellomar, título de una de las canciones de Daniel. Quedaba en la calle España con carrera Retiro. Después que cerró el bar se dedicó a vender aguacates en el mercado. Todo ese combo de Daniel era rebolero. El ahijado de Daniel, llamado justamente como su padrino, tras el bautizo, falleció. Jugaba con unos amiguitos y tras un encontrón se fregó la chocozuela con tan mala suerte que le dio tétano. Nicolás falleció hace años”.
De las barras en los barrios populares de la ciudad en salto cuántico a las barras de los bares locales. Armando Pasco, un veterano que todas las tardes se sienta a palpar las brisas desde su balcón del barrio Delicias con su radiecito de pilas escuchando música de la vieja guardia recuerda aquella noche en que vio a Daniel en el barrio La Ceiba de Rondón: “Tocaba en el bar El Carnaval de Gumersindo Ibáñez con la Sonora del Caribe. Lo vi sentado, tomando. Hablaba con la gente que le preguntaba cosas. Estaba sin mujer en ese momento. Eso sucedió al filo de las tres de la mañana hasta las cinco. Le pedían que cantará, otra vez! el tema Ángel Irresistible, ese que dice “desde el cielo he recibido la noticia, que un ángel se fugó. También le pedían mucho Virgen de Medianoche”.
Por esos cuentos de la farándula de cantina local le inventaron la compra del portentoso cabaret La Gardenia Azul a Emma Blanco, su propietaria. Marco T. desmiente la versión, citando la autorizada opinión del Inquieto Anacobero que de esos temas sabía demasiado: “Que va, decía él, Barranquilla no es una ciudad con vida nocturna como Caracas, La Habana, Nueva York y Ciudad de México para meterse uno en esos negocios”. Benny Blanco, uno de los administradores del cabaret sostiene que “Daniel estuvo en algunas ocasiones en La Gardenia Azul y que allí participó de un sancocho gigantesco, de un truculento asopao como decía él cantante. Y le digo, vea, qué era un tipo recatado y decente. Muy pulcro con sus cosas. Fosforito sí que lo era”. Lo mismo dice Emma: “En La Gardenia Azul llegaban casi todos los artistas internacionales que andaban por el hotel El Prado. Recuerdo a Tin Tan, Celia Cruz, Daniel Santos, Bienvenido Granda. Yo tenía un pequeño patio privado que daba hacia la ventana de mi oficina. Allí se reunían los músicos para beber, entre ellos Daniel”. A todo este combo de amigos se les puede sindicar de culpables en otro de sus bautizos: lo llamaron desde entonces El Jefe.
Pura vida inquieta
No en balde fue llamado El Jefe. Sus huestes lo adoraban por su carácter frentero en torno al consumo de la marihuana, aunque siempre lo hacía en medio de su más cercano grupo de amigos, excepto Marco T. Barros, que cuando aparecía en medio de los sahumerios de la cofradía, Daniel desde la puerta le gritaba: “Marco T, no pase, que esto no es con usted!”. Cesar Pompeyo enfatiza las veces que le toco salir a buscarle insumos a Daniel: “A Daniel le gustaba el trago y la marihuana, pero la gente cree cosas de él que no son. Era un tipo sumamente decente, hablaba de una manera correcta. Una vez aquí en Barranquilla, me llama por teléfono y me dice: “Cesar, yo no puedo andar por ahí porque la gente me conoce. Consígueme algo de fumar que no sean cigarrillos. Tráeme marihuanita”. Por supuesto que se la llevé”.
Ni que decir de los problemas con las mujeres, pues estas –y en eso coinciden todos sus allegados- se le “botaban” e incluso le pagaban para que las llevara a la cama por sus dotes de amante caribeño y de duro de la calle. Marco T. Barros rememora que una noche, después de uno de sus toques apoteósicos en Barranquilla, llega hasta el burdel de María La O por los lados de Nueva Granada. Allí conoció a una muchachita de 17 años nativa de Ovejas, que enamorada de la labia y pinta del cantante aceptó acompañarlo a su hotel. “El problema”, dice Marco T. “es que ella era la mujer de un detective de la policía que en estado supremo de celos y cólera, lo denunció por rapto, siendo conducido Daniel a una Comisaría ubicada en Murillo entre Concordia y Hospital. Recobró la Libertad al ser pagada la fianza a través de su amigo Roberto Esper”.
La despedida
La última vez que Daniel Santos vino a Barranquilla fue en el año 1991 tocando en el hotel Cadebia en un concierto al lado de Roberto Ledesma y Leo Marini. Tuvo mucha actividad en esos días, según recuerda su amigo y mentor Marco T. Barros, pues ya el billete –“los veldes”, al decir de Daniel- se encontraban escasos. El mismo Marco T. a pedido de Daniel, fue el maestro de ceremonias en otros dos conciertos en la ciudad. Uno en el club Barranquilla y el otro en la terraza tropical de Comfamiliar en la calle 48 cantando como siempre todo su repertorio, entre ellos el famoso; y premonitorio de sus últimos días, La Despedida. Siempre se le doblaban las rodillas, cayendo arrodillado dramáticamente en medio de sollozos y un pañuelo que pasaba consolador sobre sus ojos de duro en reposo. Decía entonces, para no comprometer su honor de “bravo” con esos arrebatos sentimentales, que aquello no eran lágrimas, sino “el sudol por la calol, chico!”.
Así se fue aquietando el inquieto en una épica venganza de la suma de todos sus ajetreos pasados. No es casualidad entonces que sus amigos íntimos indiquen que la canción preferida de Daniel, también de la autoría del boricua Pedro Flores fuese un bolero con el nombre de Venganza, una canción sobre el dolor y desengaño causada por el abandono de una mujer, pero es también un aireado; en su trasfondo filosófico, reclamo a los avatares de la vida y sus tiempos. Parte de su letra, y eso era lo que quizás llegaba tanto al alma de Daniel, decía así: “Nada ha quedado en mi vida después de su cruel venganza, nada palpita en mi pecho si no es la desilusión, oh la vida, que cosas tiene la vida, ayer mismita mi vida parecía tan feliz, hoy me sobran los pesares, mi fe es una fe mentida, tanto cambió en un segundo, que hoy todo en el mundo parece mentira, estoy como un huerfanito, que malo es ser infeliz”.











