Por Jorge Guebely
Usted que lee esta columna y yo que la escribo, sin saberlo nos hemos convertido en cómplices, colaboradores con el asesinato de campesinos honestos y jóvenes honrados. Hemos contribuido con un pavoroso crimen de lesa humanidad.
Por buenos ciudadanos, hemos sostenido a asesinos con nuestros impuestos para que perpetren 6.402 falsos positivos según la JEP, 10.000 según la BBC de Londres. Hombres más peligrosos que los asesinos corrientes por camuflarse detrás del uniforme militar, en el discurso patriótico, en altos grados del Ejército Nacional. Más peligrosos aún por codearse con la élite empresarial, la gubernamental y la económica; con terratenientes y paramilitares, con la élite corrupta del país.
Con nuestros impuestos compraban armas para desaparecer, torturar y asesinar a colombianos humildes. Militares cobardes: engañaban a subalternos para que asesinaran a colombianos indefensos, engañaban a colombianos indefensos para que los asesinaran sus subalternos. Militares mañosos: fingían combates para engañar a Colombia, tejían excusas mentirosas para engañarlo a usted y a mí; pronunciaban discursos patrióticos para engañar a todos los colombianos. Indolentes, no les importaba que detrás de cada falso combate madres lloraban a sus hijos e hijos lloraban a sus padres.
Pero usted no los oía, ni yo tampoco. Nos habían ensordecido los excesos de falsedades patrióticas. No oíamos los gritos maternos que ululaban en todo el territorio nacional, ni los llantos de los hijos que se esparcían por redes y medios de comunicación. No oíamos por tanta deshumanización en su corazón y en el mío. Nos habían cercenado la sensibilidad con tantas mentiras oficiales. Nos habían mutilado gran parte de nuestra ciudadanía y enorme porción de nuestro ser humano.
Sin embargo, no es la institución militar la criminal, son los criminales que medran en ella. No se pudren las instituciones, no son seres vivos para pudrirse. Se pudren los seres vivos, las personas embozadas en su interior. No se pudre el Senado, sino algunos senadores; tampoco las altas Cortes, sino algunos magistrados. Porquerías humanas, vergüenza de nuestra especie; verdaderos enemigos de usted, de mí, de nosotros, del país.
Pero ahora usted lo sabe y yo también. Ahora, nuestro silencio resultaría inhumano, criminal. Sería la tolerancia para que prosperen los asesinos camuflados de héroes. “Los criminales prosperan por la indulgencia de la sociedad” afirmaba Henry Ducard, personaje de comic. Peor aún, con nuestro nuevo silencio, abandonaríamos el estatus de cómplices para adquirir el de criminal. “El que sabe y calla es un criminal”, pensaba Bertolt Brecht. Callar ante las evidencias nacionales sería el peor crimen contra Colombia, pienso yo.











