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Sobre la adopción gay y el relativismo moral

La Corte Constitucional la aprobó, la Iglesia y el procurador la reprueban, el gobierno y un lado de la sociedad la celebran, otro la rechaza y a otro no le importa.

Por Jorge Sarmiento Figueroa

Niño mirando

«La belleza está en los ojos que miran». Francis Bacon (1561 – 1626).

El relativismo moral es como la relatividad en la física: Todo depende de quien mire, cómo lo mire, desde donde lo mire, cuando lo mire y para qué lo mira. Justamente por esa razón es que a todos se nos puede ocurrir opinar sobre el tema que sea, así haya quienes no tienen velas en el entierro y haya otros que tienen el descaro de opinar aún cargando el muerto en su conciencia.

El caso de la aprobación gay por parte de la Corte Constitucional es el ejemplo del momento en Colombia. No olvidemos que vivimos en el país del Sagrado Corazón, es decir, conservador y tradicionalista hasta las cachas, y aparentador hasta el límite de lo farandulero, como el fariseo de ropas y joyas lujosas que se daba golpes de pecho en la primera fila de la misa mientras a su lado millones de pobres viejas daban de diezmo todo lo que tenían, por amor u obligación. Digo que no es una pobre vieja sino millones, porque según las estadísticas del Dane en el año 2015 son ya 14.000.000 de colombianos que viven con menos de 200 mil pesos al mes, engrosando la enorme desigualdad que tiene a Colombia en los primeros puestos de este triste ranking mundial.

Es fácil ver las cosas desde lejos. Es como decir que una tormenta es bella, estando nosotros viéndola desde la orilla del mar.

Es fácil ver las cosas desde lejos. Es como decir que una tormenta es bella, estando nosotros viéndola desde la orilla del mar.

Y este cuadro de cifras enmarca el escándalo que produjo la aprobación de la adopción gay. Porque las cifras de pobreza significan incapacidad en las familias para mantener a sus hijos, significan también desesperanza, estrés permanente y por tanto el deterioro de valores y principios humanos que al final resultan en el atropello de los derechos a la población vulnerable, dentro de la cual, otra vez, están los niños como protagonistas.

Dentro de ese marco de nuestras realidades sociales está la pugnacidad entre ricos y pobres, la desigualdad y luchas sociales que nos tiene en un conflicto violento desde los tiempos coloniales (¿cómo pudo Uribe Vélez negar eso?), que hace que nos volquemos como un vómito histérico sobre todo lo que huela a ideales.

Y este es el meollo esencial del tema de la adopción gay: la inmensa mayoría de la población colombiana no está relacionada con un caso real de un niño o niña que haya sido adoptado, y obviamente desconoce más aún el entorno de una situación de adopción que inmiscuya a parejas del mismo sexo. Pero como es un tema que toca ideales, y aquí las ideas se convierten en emociones viscerales, entonces, así no tengamos que ver o, peor, no nos importe realmente el estado de bienestar de un niño de carne y hueso que ahora mismo tiene nombre y está abandonado a su suerte en un albergue del Icbf, nos ponemos la cruz de Cristo, la bandera multicolor de los Lgtbi o el martillo de los jueces, y nos vamos a la calle a marchar y a los medios a gritar.

Cada uno habla desde donde cree que es el deber ser de la sociedad y desde donde le conviene, por supuesto. Resalto esto porque a estas alturas de la humanidad, de los diez mandamientos de la Iglesia Católica, que se obliguen a cumplir por ley, solo quedan dos: es delito matar y es delito robar. Del resto, haga cada quien lo que considere en su conciencia.

La verdad es que no voy a preguntarle a usted cuál grito está dando ahora mismo sobre el tema. Y no porque no me interese lo que usted piense. Mal haría en hablar y no brindarle mi escucha. El punto es que no me he puesto nunca a pensar en adoptar un niño, ni en cómo sería un padre que «soluciona» su vida, y soy consciente de que el tema de la paternidad o maternidad merecen tal respeto que cualquier opinión que yo de al respecto sería un grito subjetivo, inexperto, prejuicioso y por tanto injusto, mientras que la vida real de millones de niños depende de esa decisión que se supone entregamos en responsabilidad a manos de unos seres humanos que hacen las veces de jueces. Así que me cuido de no preguntarle a usted su opinión, para respetar su conciencia.

Si usted considera que tiene experiencia y razones de peso para lanzar el grito, adelante, estamos en el momento indicado, «en tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos donde siempre estamos solos», como reza la canción de Fito Páez.

Hablando de canciones y otras artes, me voy por la tangente y dejo aquí un poema para la ocasión:

Los Ciegos y el Elefante – Un Poema por John Godfrey Saxe (1816-1887)

Seis eran los hombres de Indostán,
tan dispuestos a aprender,
que al Elefante fueron a ver
(Aunque todos eran ciegos),
Pensando que mediante la observación
su mente podrían satisfacer.

El primero se acercó al elefante,
Y cayéndose
sobre su ancho y robusto costado,
en seguida comenzó a gritar:
«¡Santo Dios! ¡El elefante
es muy parecido a una pared!»

El segundo, palpando el colmillo,
exclamó: -«¡Caramba! ¿Qué es esto
tan redondo, liso y afilado?
Para mí está muy claro,
¡esta maravilla de elefante
es muy parecido a una lanza!»

El tercero se acercó al animal,
y tomando entre sus manos
la retorcida trompa,
valientemente exclamó:
«Ya veo,» dijo él, «¡el elefante
es muy parecido a una serpiente!»

El cuarto extendió ansiosamente la mano
y lo palpó alrededor de la rodilla:
«Evidentemente, a lo que más se parece esta bestia
está muy claro,» dijo él,
«‘Es lo suficientemente claro que el elefante
¡es muy parecido a un árbol!»

El quinto, quien por casualidad tocó la oreja,
Dijo: «Incluso el hombre más ciego
es capaz de decir a lo que más se parece esto;
Niegue la realidad el que pueda,
Esta maravilla de elefante
¡es muy parecido a un abanico!»

El sexto tan pronto comenzó
a tantear al animal,
agarró la oscilante cola
que frente a él se encontraba,
«Ya veo,» dijo él, «¡el elefante
es muy parecido a una cuerda!»
Y así estos hombres de Indostán
discutieron largo y tendido,
cada uno aferrados a su propia opinión
por demás firme e inflexible,
aunque cada uno en parte tenía razón,
¡y al mismo tiempo todos estaban equivocados!

Así también, a menudo en las guerras teológicas
los contendientes, pienso yo,
discuten en la total ignorancia
de lo que el otro quiere decir;
¡y parlotean acerca de un elefante ¡que ninguno de ellos ha visto!

Sobre el autor

Practicante del periodismo desde niño, comunicador de profesión, artista por vocación. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3185062634
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