Opinión

Por no oír a los sabios, escuchamos a Uribe, a Santos o a María Fernanda Cabal

Análisis del escritor Jorge Guebely sobre cómo se acabaron las ideas guiadoras de los dioses en la sociedad y se pasó a escuchar las voces del mercado y de una política convertida en tela para cortar.

Por Jorge Guebely*

Jorge Guebely

Jorge Guebely

Resulta provechoso, en cualquier sociedad, escuchar la voz de los sabios para orientar mejor el destino social y personal. Lo hacían las comunidades prehistóricas a través de sus chamanes para equivocarse menos en el oscuro devenir de los tiempos originales. Los líderes de entonces contactaban dioses y humanos para construir el mejor bienestar material y espiritual de su comunidad. Moisés representa ese tipo líder en la tradición judeocristina; orientó su pueblo a la Tierra Prometida. A donde nunca llegó. Se trataba de una bella metáfora bíblica que aún sigue vigente.

El pensamiento aristotélico construyó nuestra sociedad desde sus orígenes romanos hasta nuestros días. Su pragmatismo le dio identidad a nuestra cultura. Fue el primero en dividir el poder público en tres ramos para gobernar balanceadamente un Estado. Y aun cuando el barón de Montesquieu nos lo explicitó en su obra ‘Del espíritu de las leyes’, debió nutrirse del pensamiento aristotélico. Nuestro país sigue siendo tan aristotélico como muchas ciudades-estado de la Grecia clásica.

Platón construyó la otra mitad de Occidente. Desde su aparición en nuestro entorno cultural, a finales de la edad media, cambió la forma de ver el mundo. La evolución de lo femenino adquirió dimensiones hasta entonces desconocidas. Basta ver el concepto de mujer en Don Quijote y La Divina Comedia para constatar sus fundamentos platónicos. Fue la antesala de Kant quien cubrió el pensamiento estético desde el romanticismo hasta la posmodernidad. Hoy, nada rige el arte, excepto el comercio. El mismo Marx puso en evidencia una visión distinta del mundo, una nueva forma de sentir y vivir la sociedad a partir del devenir histórico.

Y si el mundo no tiene mejor destino, lo debemos a la distorsión permanente de políticos y elites económicas. Hitler distorsionó a Nietzsche; Lenin a Marx, el partido Liberal a sus pensadores y el partido Conservador a todo lo que se opusiera a la premodernidad.

Peor suerte aún, políticos y prósperos capitalistas piensan la sociedad actual. Justo, los incapacitados para pensar humanamente. Tan absurdo como si Pablo Escobar y Popeye condujeran los destinos de Colombia. Los políticos no piensan por estar entregados a tejer componendas y ganar próximas elecciones; los prósperos capitalistas, por el delirio de los dividendos. Vivimos prisioneros entre la voracidad y la astucia, entre la codicia de Luis Carlos Sarmientos y la estulticia de María Fernanda Cabal, entre el discurso obsesivo y pendenciero del uribismo y el discurso ilusorio y suntuoso del santismo. Nos gobiernan la ignorancia y la marrullería. ¡Qué duro es el infierno!, diría Sócrates.

*Jorge Guebely, escritor, PhD en Literatura

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