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Perversa ficción

EL COMENTARIO DE ELIAS

Por, Jorge Guebely.

¡Lo engañaron! ¡Lo traicionaron! Le prometieron empleo: “No te preocupes -le dijo Zarco-, encontrarás trabajo por el resto del año, por el resto de la vida. Allá, lo que hay es trabajo”

Lo embarcaron en una camioneta con tres traicionados más. “Gracias, Zarco -contestó mientras descendía por tierra caliente-. No encuentro trabajo. De nada me sirvió el título de licenciado, ni el de maestría, ni el certificado del SENA. No he cumplido con la cucha la promesa de trabajar para que no se mate más en el mercado, para que tenga su casita”.

Lo llevaron a una finca distante. Lo esperaban soldados de la patria, un comandante de la patria, un general de la patria, un presidente de la patria. Le hicieron depositar el morral en el suelo para quedar liviano y veloz como el viento. Le ordenaron correr hasta un montículo y regresar para probar su estado físico.

Corrió acompañado de Zarco y de los tres traicionados. Mientras corría, recordó el colegio, se vio apostando carreras con los compañeros de clase. Recordó la cucha, la madre, la promesa de trabajar para ella, para que no venda más tinto en el mercado, para que tenga su casita.

Corrió hasta el montículo y regresó veloz. Corría encabezando la competencia al lado de Zarco. “¡Zarco! -lo dijo cuando levantó la cabeza y miró al frente-. Nos están apuntando con los rifles”. “No te preocupes, son soldados de la patria. Ellos sólo matan guerrilleros”.

“¡Zarco! Nos están apuntando” -insistió.

“No te preocupes. No es más que una prueba”.

“¿Prueba de qué, Zarco?”.

“Prueban nuestra valentía, nuestras huevas”.

“¡Zarco! Estamos más cerca y no dejan de apuntarnos a la cabeza” -insistió atemorizado.

“Tranquilo, no dispararán. Y si disparan, no nos pegarán porque esos maricas no tienen puntería”.

“¡Zarco! Nos están disparando. Siento las balas cerca a los oídos. Zumban como mosquitos de metal”.

“¿No te lo dije? Esos maricas no tienen puntería. ¡Ay jueputa! ¡Me pegaron en una nalga!”

Zarco quedó atrás, renqueando, tomándose la nalga. Él siguió adelante, Hacia ninguna parte, hacia la nada.

Vio la bala en dirección a su cabeza. Venía lentamente como en las películas, pero no tenía energía para esquivarla. Sintió la perforación en su frente, el estallido de huesos fracturados, el ardorcito inofensivo. la explosión viscosa y sanguinolenta del cerebro.

De pronto, el sol se apagó como alguien que apaga un bombillo. Las partes de su cuerpo se disgregaron, La pierna izquierda tomó un rumbo distinto a la de la derecha y cayó. En la oscuridad, sólo oía latidos del corazón que disminuían lentamente. Pensó en la cucha, en la promesa incumplida para la eternidad.

Oyó la voz del comandante: “Traigan el uniforme de guerrillero para este hijueputa”. Descubrió entonces el rostro del enemigo antes de morir. Recordó entonces las palabras del sacerdote Francisco de Roux: “Siento vergüenza de ser colombiano”.

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