Todos los años por estas fechas, las calificaciones escolares son la máxima preocupación de muchas familias.
Por: Padre Rafael Castillo Torres
Recientemente escuché a una madre de familia, de clase media, bastante preocupada porque su hijo no había aprovechado ni valorado el esfuerzo de sus padres por tenerlo en un colegio “pago y caro”. El resultado ha sido muy triste porque, ante este “fracaso escolar”, las reacciones en la casa han sido fuertes, las tensiones aumentaron, las discusiones no paran buscando culpables y los castigos y prohibiciones no se hicieron esperar. Creo que ninguna de estas actitudes son el medio adecuado para mejorar las cosas.
Agrava mucho más la situación, triste por demás, si le añadimos el desprecio al muchacho señalándolo de incapaz de éxito y no merecedor de unas vacaciones, alegres y divertidas, como las disfrutan todos los muchachos de su edad por esta época del año.
Tengo dos amigos, los mejores, Quique Guzmán y Servio Baldovino, educadores excelentes, quienes fueron mis compañeros de destino y vocación en el Seminario Mayor en Barranquilla en las décadas del 70 y 80. No se hicieron sacerdotes porque no era su vocación, pero son educadores y padres de familia que muchos jóvenes hoy desearían tener. Con ellos aprendí que si queremos ayudar a estos niños y jóvenes, tenemos que hacer un esfuerzo por ahondar en las causas de ese fracaso escolar y preguntarnos, serenamente y con sinceridad, si no tenemos también nosotros nuestra parte de culpa.
Me compartieron que tanto las familias como los profesores suelen tener expectativas respecto al rendimiento escolar. Pero esas expectativas no siempre indican un verdadero interés por el crecimiento humano de ese niño o ese joven. Ellos proponen algunas preguntas:
¿Qué hemos hecho durante el curso para acercarnos amistosamente a él, conocer sus problemas y compartir sus desalientos? ¿Cuántas veces nos preguntamos qué sufrimiento se esconde tras su nerviosismo? ¿Qué lo atolondra, impidiéndole concentrarse en el estudio? ¿Qué es lo que lo lleva a ser un muchacho retraído e indiferente? ¿Qué lo empuja a la rebelión?
¿Qué es lo que realmente nos preocupa ahora como padres de familia? ¿No poder presentarlo con éxito en una sociedad tan competitiva como la nuestra? ¿No poder ver realizado en él aquel ideal que nosotros no pudimos alcanzar?
Las notas, al final de un curso, no lo son todo. Lo importante es saber si ellos están aprendiendo a ser cada vez más humanos. Y, cuando llegamos a este punto, viene la pregunta del millón: ¿Qué les enseño yo no solo con mis palabras sino con mi manera de ser y mi conducta? ¿Qué valores y convicciones pueden percibir en mí? ¿Qué irradio yo en sus vidas? ¿Qué les contagio? ¿Cómo les ayudo a crecer? Hagámonos este examen y… ponderemos los resultados.












