Para hacer un análisis sobre la suspensión de los diálogos de paz, el sicólogo Ricardo González hace un recuento sobre el conflicto colombiano y el tipo de sociedad en que nos hemos convertido.
Por Ricardo González
Cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren. Jean Paul Sartre
Cuando hablamos de guerra, todo colombiano desde 1964 sabe en algún grado lo que es vivir el horror de la naturaleza humana. Sin embargo, al ser un país tan grande siempre el conflicto se ha segregado en zonas que tienden a afectar a poblaciones vulnerables.
Aunque la mano del conflicto ha alcanzado otras zonas que han ameritado la respuesta de parte de la misma población, hemos vivido con eso, por lo cual hoy en día no es extraño lo escéptico que se muestran las personas con el proceso de paz. Parece que para vivir se nos volviera requisito el conflicto pues vivimos en un país tan lastimado que se necesita a quién culpar de todos los males. Vivimos en la fantasía de George Orwel en 1984.
Ocurren todo tipo de cosas, el secuestro de un General y soldados en un proceso que aparentemente ofrece garantías. Sin embargo, tal y como suelen ser los noticieros, miramos todo tipo de horrores a través de él, nos decimos a cerca lo jodido que está el mundo y cambiamos el canal. Sin querer nos hemos disociado, sólo importa cuando afecta directamente e injustamente clamamos venganza mediante un esquema de moral dudoso que utiliza comparaciones que se alejan poco o mucho de la realidad.
¿Dónde hubo una ruptura de brechas?
Acá cito una frase del grupo Tres Coronas que alude a lo que sucede en está época: “Se creen revolucionarios, no creen en la biblia pero sí lo que dicen los diarios”. Mediante las redes sociales vaciamos nuestras ideas, eso es lo que hacemos…vaciar, supeditados a la emoción del momento, viscerales. Hoy es el proceso de paz, mañana el error de una reina y pasado un video en un Jhonson. Esto evidencia la realidad de una sociedad que dejó de creer en las instituciones, se acostumbró a lo dado y poco le importa el curso de las cosas, siempre y cuando no perjudique los interés del ventrílocuo.
Nos hemos hecho adictos a la guerra, solo a través de esta la atención se centra y tiene como foco un alguien a quien culpar, un odio a quien dirigir y una cara a quien insultar. Sin Farc u otro grupo al margen de la ley sea de izquierda a derecha ¿ qué sería de nuestras quejas?, aun existen pueblos sin agua potable, aun chicos siguen sin estudiar y la educación es para el que tiene. Es claro que los grupos revolucionarios no condicionaron estos determinantes, de hecho, paradójicamente nacen como lucha frente a esto, pero fuimos espectadores y contribuyentes, debido a que nuestro enfermizo comportamiento empieza desde el momento en que sobornamos al policía por ir ebrios hasta el extremos de evitar votar pues no va a hacer la diferencia.
Entonces, de qué quejarnos si hemos construido una realidad a nuestra imagen y semejanza, esquizoides deambulando buscando un tipo de contacto. Nada nos llena y vivimos más para impactar al otro más que por nuestro propio crecimiento, y, es que todo pasa en el país más feliz del mundo. El lugar en que las mismas noticias se matizan por la coronación de una reina, secuestro a miembros del ejercito e inundaciones. Hemos dejado de vivir por moldearnos al vecino, ahora sobrevivimos. Corremos sin rumbo, incapaces de hacer nuestros caminos y ay del que piense diferente pues será alienado o dormirá en cama de madera.
El conflicto se necesita, se necesita noticia y volveremos a ella pues estamos condenados al eterno retorno. Para no recordar repetimos las cosas, como un ser neurótico que culpa a sus compulsiones por su malestar y no ve que es él quien las posee. Y volverá la noticia, pues este pueblo necesita novelas.
“El contrario del amor no es el odio, es la apatía” Rollo May.













