Esta breve cháchara le pudo pasar a miles de barranquilleros. Uno la contó sintiendo que la ciudad se convirtió en una cárcel pública.
Por César Noguera Chinchilla
Hoy le pregunté a un amigo: «¿Qué opinas del Nuevo Código de Policía?». Mientras esperaba su respuesta, recordé las tantas veces que nos llamamos y nos decíamos: «¡Ey! en 5 minutos en la tienda de Juan Pablo». Llegábamos a la tienda, nos poníamos al día de nuestras vidas, nos desahogábamos.
Mientras él todavía pensaba en qué respuesta darme, se me vino también a la cabeza lo que me pasó el sábado pasado. Estaba comprando unas cosas y me dieron unas ganas enormes de tomarme una cerveza fría, vestida de novia, pero me retumbaba en el oído todo aquello que decían en los noticieros y periódicos, que no se puede tomar licor en las tiendas, que ahora te multan y no se cuántas cosas más, así sea por una cerveza. ¡No joda, me sentí como preso en mi Barranquillla! Como si me quitaran esa libertad y forma de ser tan especial que tenemos nosotros.
No soy alcohólico, tomo de vez en cuando, solo al sentir ese calorcito en la lengua que solo puede apagarlo una fría bien helada.
Ese sábado fui a una tienda cerca de donde estaba, el tendero me dijo que solo me la podía vender en lata y que me la tenía que llevar. Me sentí como si estuviera cometiendo un delito grave, pero igual la compré, no me importó porque no creía estar haciendo algo malo. Sin embargo, nada más pisar fuera de la tienda, por instinto empecé a mirar para todos lados, que no me viera un policía. ¡Qué fría tan amarga! Se calentó enseguida con mi sudor hirviendo, me tomé tragos largos, no veía el momento en que se acabara.
¿Desde cuándo tomar una cerveza me hizo mala persona? ¿Porqué estar en una tienda, encontrarme con un amigo que no veo hace mucho y decirle «nos tomamos una fría», es malo?
Esa norma que nos quieren imponer no es la solución a los problemas que se vienen presentando hoy en día en la sociedad, ni en Bogotá, ni en Medellín, ni en Vichada ni en Barranquilla; por el contrario, la gente se va a sentir presionada y puede ocasionar cosas peores. Lo que sucede con la falta de valores y buena crianza empieza por casa, por la familia. Yo comencé a tomar a los 17 años de edad, en mi mente siempre retumbaban las palabras de mi mamá: «¡Ay donde te encuentre en algo malo, oíste!». Ver el sacrificio que mis padres hacían para que yo pudiera estudiar… ¿Cómo podía yo pagarles eligiendo un mal camino? No era una cerveza la que iba a decidir por mí.
Sé que muchos de los pelaos de ahora quieren todo fácil, sin despeinarse, y se dejan llevar por muchos vicios que las autoridades tratan de combatir. Sin embargo, no busquemos soluciones intimidantes. Es como un profesor que en el parcial dicta un ejercicio que no se puede hacer y lo pone a uno a buscar miles de formas para hacerlo, sabiendo él que cualquier respuesta es inválida. Llegará un momento, si es que ya no llegó, en el que viviremos sin salir de casas y calles entre rejas y con normas autoritarias. Ese es el verdadero caos, el que surge cuando algunos quieren el control total.
«Es una damier ese Código. Nos están imponiendo normas unas personas que no tienen la más mínima consideración por los demás. Mejor no salgamos y ya», me dijo mi amigo al darme su respuesta. Figuró quedarme en mi cárcel publica, pensé, aunque tenga que decir: Barranquilla, amiga mía, te extraño.












Están acabando con nuestra esencia cultural… todo por recaudar dinero. Hasta donde iremos a llegar en este país…