CrónicasReflexión

Martín Eduardo Mestre Yunez

Por Ricardo Bustamante

Conocí a Martin Mestre Yunez hace 42 años. Siempre ha sido el mismo: cordial, amable, noble, sonriente, puntual, acicalado de pies a cabeza y formal, tan formal como parecen ser los infantes el día de su primera comunión. Creo que desde niño, en la escuela de su tierra de origen, Magangué, le enseñaron el libro de urbanidad de Carreño, y él, doy fe, se lo aprendió de memoria, con sus signos de puntuación y pausas.

Trate a su mamá y a su papá. La señora Enriqueta, era estricta, cordial, muy pendiente de su hogar y lógicamente de sus dos hijos varones. Don Rafael, era austero, bravo, rígido y cumplidor de su deber. En la casa de Enriqueta y Rafael imperaba el orden, el silencio que viene como resultado de una estricta e inmodificable disciplina, y reinaba el control en el gasto.

Enriqueta estaba pendiente de verse bien, de los modales y cuidadosa de que una palabra salida de su boca no causara malestar en el interlocutor. Conocía la vida y tenía la sapiencia forjada con base de experiencias y vivencias. Sus genes árabes le ayudaban con la tarea. Rafael, tenía un sentido de responsabilidad arraigado y algo extremo, y también, la idea centrada de hacerse a un bienestar económico, de alguna manera, tácita o expresamente, le tocaba de alguna manera emparejarse con sus cuñados, los Yunez Dau.

De ese hogar salió Rafael y Martín. Rafael, médico de los buenos, austero como su papá, y cordial por su mamá. Afable por voluntad propia. Dos hermanos con similitudes pero con diferencias para enfrentar el trasegar de la vida. A Martín le gusta lo social, conservador como el que más, católico de misa semanal, le gusta verse bien y que lo vean personal, social y profesionalmente en el lugar correcto y no como la antigua propaganda de un banco, en el lugar equivocado.

Para el Año Nuevo de 1994, la tragedia llegó a casa de Martin. Fue asesinada su hija. La persona que causó la muerte, después de ser extraditado, fue recluido, hace pocos días, en una cárcel de Barranquilla. Desde enero de 1994, comenzó Martin a librar una lucha ardua, pedregosa, inequitativa y desigual para lograr que se hiciera justicia bajo el imperio de las leyes colombianas.

Jamás pensó hacerse justicia con mano propia; por el contrario, él solo, con la paciencia y la espera puesta en Dios, soportando el dolor por la pérdida de su hija y resistiendo las circunstancias, se fijó la meta de localizar el asesino. Pero era buscar una aguja en un pajar.

Con paciencia y calma llegaron días desolados, estériles y frustraciones, para colmo el trabajo tenía que ser minucioso y en silencio. Aquí tener la boca cerrada era lo esencial. Treinta años en eso. Dedicado a descifrar el paradero de la persona que le arrebató la vida a su hija.

La grandeza de Martín estuvo radicada en algo que no le es fácil a cualquier padre que le hayan arrebatado violentamente la vida de un hijo: No tomar venganza personal y tratar, hasta lo imposible, porque el aparato judicial hiciera justicia. Martín enseñó a todos algo esencial: en una pais desigual y enfermo como el nuestro, a no esperar que las autoridades actúen. Ahí estuvieron los secretos y la sapiencia de Martín Mestre Yúnez.

Sin rodeos proponemos al alcalde distrital de Barranquilla que el parque del barrio El Golf situado entre las carreras 59 B y 59 C con calle 81 lleve el nombre de este padre héroe de la batalla judicial por localizar al asesino de su hija y lograr, con la ayuda de Dios, que se hiciera justicia después de 30 años de lucha y sacrificio. También invitamos a los rectores de las universidades de Barranquilla donde haya la carrera de Derecho se constituya la cátedra Martín Mestre Yunez, dedicada al tema del feminicidio.

Sobre el autor

Autor periodístico y literario nacido en Barranquilla. Bachiller del Colegio San José S.J., abogado con especialización en Derecho Laboral y Penal. Ejerció como catedrático Universitario y Operador Judicial. Desde 2020 disfruta su pensión.
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