El mundo a quien más le pertenece es a la Juventud.
Por: Óscar Flórez Támara
Esa es la razón por la cual la verdad se abre camino por encima de cualquier quejumbre o añoranza que quiera detener el tiempo en las generaciones que preceden toda esperanza.
Naturalmente, aquella carga de responsabilidad que la sociedad pone sobre la espalda de la juventud debe estar éticamente posibilitada por la educación y el cultivo que los adultos de manera esmerada tuvieron a bien poner en ellos, porque no se puede exigir a los jóvenes lo que moralmente fuimos incapaces de aportarles, lo que no enfrentamos en su debido tiempo y que a la postre evadimos dejando la solución para más tarde y para que lo hicieran los que debían venir.
Precisamente, en ese período de siembra y vigilancia es donde se encuentra la fortaleza o debilidad del fruto que habremos de recoger, porque la condición irresponsable de dejarle a los otros lo que nosotros no quisimos cargar es más tarde una aparente verdad que raya con la amargura de querer retroceder el tiempo cuando ya el daño está hecho y la juventud está actuando, y sus actuaciones son el resultado de lo que cada uno de nosotros hizo con ellos cuando dependían de nuestro cerebro y nuestras manos.
Ahora, en estos momentos, en estos remolinos de dudas, cuando queremos agarrarnos de cualquier cosa, de un sueño, de una ilusión, de una esperanza que nos lleve a feliz término, no podemos seguir mirando a la juventud con desconfianza, con desgano, y a veces con desconcierto, como si todo estuviera perdido, sintiéndonos secuestrados de la muerte, del miedo, del terror, como si no fuéramos responsables de esta historia por haber dejado de hacer lo que nos correspondía.
La juventud tiene la palabra, a ellos hay que construirlos desde la esperanza, con capacidad de mirar el futuro sin temor, marchando hacia adelante, como un pequeño jardín que abre sus flores a la alegría, a la fuerza renovadora del ser humano, a esa oportunidad única que existe sobre la tierra. Ante ellos debemos afianzar nuestra certeza para ir dando luz a tanta oscuridad, para ir saliendo de esta crisis humana que nos agobia, donde se ha perdido el sabor de la vida hasta rendirle honores al crimen, a la insaciable avidez dineraria y de poder, atentando, inclusive, con el planeta.
La juventud tiene la palabra, a ellos hay que recurrir sin pervertirlos, sin contaminarlos, dejándolos que se sacudan de nuestra mediocre historia, para no hacerlos sucesores de tantos actos infames, de tanta inmundicia y virulencia social, de este caótico mundo donde hoy nos movemos, de banalidad y ruido, de ignorancia, de miseria y de eufemismos vergonzantes que esconden nuestro hipócrita actuar.
Esta desolada realidad que nos golpea no podemos endosársela a quienes han sido víctima de la misma, a quienes no han encontrado sino una sola cosa: verdad y vida contaminada. Ambas construidas con bases falsas por una sociedad que ha abusado de su arrogancia, con la prepotencia de creer que ya todo está hecho y determinado, que ya nada es posible de mejorar, como si la vida no fuera un constante movimiento, una constante renovación y cambio. La juventud es la dueña del destino y la esperanza del futuro. Ella tiene la palabra.
No usemos a la juventud como instrumento dañino donde los hagamos perder el camino decente de su condición humana. Donde los mandemos al estiércol arruinándoles su porvenir por la insaciable ansiedad de poder permanente y dinerario. No los alimentemos de odios heredados y de enfermizas conductas que los lleve a ocupar un lugar triste y solariego. La juventud tiene la palabra y un mejor camino que mostrarnos. Tiene un sagrado motivo de seguir alimentando la alegría y la esperanza de la vida.











