Por. Francisco Figueroa Turcios
Cada Mundial tiene dos equipos que quedan grabados en la memoria colectiva. El mundial México, Canadá y Estados Unidos 2026, no sería la excepción.
Está la selección de los campeones, el que levanta el trofeo entre confeti y aplausos. Pero existe otro, mucho más silencioso, integrado por las grandes figuras que llegaron envueltas en elogios y terminaron abandonando el escenario sin dejar la huella que prometían. Es la selección de las expectativas rotas. Es la selección de los once de peor rendimiento en el Mundial 2026.

Ninguno de los integrantes de la selección ideal de los peores rendimientos arribaron al mundial México, Canadá y Estados Unidos 2026 como desconocidos. Todos cargaban sobre sus espaldas el prestigio construido durante años en los mejores clubes del planeta. Eran futbolistas llamados a marcar diferencias, a decidir partidos y a conducir a sus selecciones hacia la gloria. Sin embargo, el Mundial, ese juez implacable que no reconoce hojas de vida ni estadísticas, terminó exponiendo su versión más discreta.
James Rodrìguez y Luis Dìaz, decepcionaron…

Para Colombia el golpe fue doble. La ilusión nacional descansaba sobre los botines de Luis Díaz y James Rodríguez.
Luis Díaz venía de firmar una temporada extraordinaria con el Bayern Múnich. Su velocidad, desequilibrio y capacidad para resolver partidos hacían pensar que estaba listo para convertirse en una de las grandes figuras del campeonato. Pero nunca encontró continuidad, perdió protagonismo y pasó por el torneo sin la influencia que todos esperaban.
James Rodríguez tampoco logró recuperar el liderazgo que tantas veces ejerció con la camiseta colombiana. Su talento apareció apenas en destellos aislados, insuficientes para convertirse en el conductor que necesitaba el equipo. El Mundial nunca terminó de acomodarse a su fútbol.
Otras decepciones…

La lista de las decepciones también reunió nombres que parecían intocables. Cristiano Ronaldo, en su despedida mundialista, no encontró el protagonismo de otras épocas. Neymar tampoco consiguió convertirse en el líder futbolístico que Brasil esperaba en los momentos decisivos.
Federico Valverde, llamado a ser el motor de Uruguay, estuvo lejos del nivel que exhibe habitualmente en el fútbol europeo. Moisés Caicedo, uno de los mediocampistas más cotizados del mundo, tampoco logró imponer su jerarquía con Ecuador. Mientras tanto, el experimentado arquero Fernando Muslera vivió un torneo distante de las actuaciones que durante años lo consolidaron como uno de los referentes del fútbol sudamericano.
El fútbol tiene una particularidad que lo hace fascinante: no entiende de reputaciones. En noventa minutos puede derribar el prestigio construido durante una década o convertir en héroe a un desconocido. Los nombres pesan antes del pitazo inicial; después, únicamente hablan las actuaciones.
Al terminar el Mundial quedó una enseñanza imposible de ignorar. La camiseta de una estrella, los millones de euros de una transferencia o el brillo acumulado en las grandes ligas no garantizan el éxito en la cita más importante del fútbol.
El Mundial es un escenario donde la historia se escribe desde cero. Allí, las expectativas no anotan goles, los aplausos previos no suman puntos y la fama no gana partidos. Solo sobreviven quienes convierten la ilusión en realidad; los demás, por ilustres que sean sus nombres, terminan integrando ese once que ningún futbolista quisiera vestir: el de las grandes decepciones.











