El Socialismo del Siglo XXI se hunde por la corrupción, el fracaso económico, la debilidad institucional y la falta de identidad social.
Por Lexander Loaiza – @lexloaiza
Sorprende la similitud de causas y la asimetría temporal de los hechos en los distintos países. En mayo de 2008 se suscribía en Brasilia el acuerdo de estructura y oficialización del funcionamiento de la Unión Suramericana de Naciones –Unasur–; surgida según sus promotores, los presidentes de esta región del mundo, como un bloque necesario para afrontar los desafíos políticos y económicos ante las alianzas que habían surgido en otras partes del globo.
La mayoría de las naciones firmantes estaban gobernadas entonces por populares dirigentes de izquierda, que para ese momento, estaban en su mejor momento político. Luiz Inácio Lula Da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina), Evo Morales (Bolivia), Michelle Bachelet (Chile), Hugo Chávez (Venezuela), Rafael Correa (Ecuador), Fernando Lugo (Paraguay), sobresalían como los representantes de la nueva izquierda que venía a brindar justicia a los “pueblos oprimidos por varias décadas de inequidad social, promovida por gobiernos derechistas y dictaduras, todos bajo la tutela de Estados Unidos ‘el imperio’”.
Amparados en una subida de precios sin precedentes en los llamados ‘comodities’, o materias primas, como el petróleo y otros minerales, alimentos como la carne vacuna o el café; estos gobiernos se ampararon en gigantescos ingresos extraordinarios para promover su ideología, imponer discursos demagógicos, patrocinar políticas paternalistas y en casos como los de Venezuela, debilitar al sector privado asumiendo sus funciones, para aumentar su hegemonía y control.
Pero esa imagen de benefactores ante sus propios colectivos electorales, quedó afectada tan pronto se acabó el dinero de la bonanza económica, la llamada ‘burbuja de las materias primas’. Se acabó la plata y ahora es el mismo pueblo, que antes los veía como los salvadores, el que está reclamando cambios, según revelan los últimos sondeos y resultados electorales. Todo esto con una asombrosa simetría de tiempo y causalidad.
El primero en caer en desgracia fue Fernando Lugo en Paraguay. El ex obispo católico se hundió en la medida que surgían denuncias de hijos no reconocidos y de violación al celibato sacerdotal. Un parlamento opositor aprovechó su crisis de popularidad y lo sumió en un controversial juicio político que acabó con su mandato en junio del año 2012. Le dio paso al derechista Horacio Cartes, quien llegó al poder tras un escandaloso y corto gobierno de facto de Federico Franco, ex vicepresidente de Lugo.
En Brasil, Dilma Rousseff no podría estar peor. Agobiada por una severa crisis económica y por escándalos de corrupción que involucran a la gigante Petrobras, muchos analistas dudan que con una popularidad de apenas el 8%, la heredera de Lula Da Silva pueda sobrevivir a su segundo período presidencial, que relativamente acaba de empezar.
En la vecina Argentina, el centroderechista Mauricio Macri puso fin a 12 años de la era kirchnerista, dominada por discursos izquierdistas y por una creciente desaceleración económica que hoy mantiene a la nación gaucha con un dólar controlado, una inflación alta y enormes retos sociales por resolver. En lo político, el abanderado de la coalición opositora Cambiemos, plantea un reordenamiento de sus relaciones internacionales, anunciando como primera señal la petición de la aplicación de la Carta Democrática del Mercosur contra el Gobierno de Maduro, antiguo aliado de Cristina Fernández.
En el sureño Chile, después de haber cerrado un primer gobierno con 84% de aprobación, Michelle Bachelet enfrenta la peor crisis de credibilidad de sus gobiernos, que ha tumbado su popularidad al 29 por ciento, arrastrada por escándalos de corrupción como el de su hijo Juan Sebastián Dávalos, quien es investigado por tráfico de influencias.
Evo Morales por su parte no las lleva todas consigo para lograr la reforma constitucional con la que busca seguir en la presidencia de Bolivia, después de tres períodos consecutivos. Justo en el arranque de la campaña para el referéndum consultivo que busca cambiar la ley, una oposición fortalecida ha anunciado una campaña nacional e internacional para impedir las intenciones del Mandatario.
Rafael Correa tuvo que dolarizar la economía, a pesar de su discurso anti Estados Unidos. De no hacerlo las penurias económicas derivadas de la baja del precio del petróleo hubieran sumido al Ecuador en una crisis económica aún mayor. La peor señal del desgaste de su gobierno es el beneplácito colectivo en su país que vio el propio Presidente al anunciar que no buscaría la reelección en el 2017.
Y en Venezuela, donde Hugo Chávez se convirtió en la personificación del liderazgo popular y gobernó al país durante 14 años ininterrumpidos, su sucesor Nicolás Maduro enfrenta la posibilidad cierta de que su partido el Psuv, salga derrotado en las vitales elecciones parlamentarias este 6 de diciembre. La pérdida de la mayoría en el Poder Legislativo abriría la opción que desde la Asamblea Nacional se convoque a un referéndum revocatorio a la presidencia, legal en 2016, que culmine su mandato, cuya gestión es desaprobada por el 80% de los venezolanos; atizados por la peor crisis económica de su historia y recurrentes escándalos de corrupción y narcotráfico que involucran a personeros de su partido, su gobierno y hasta su propia familia.

















