Aventuras, dolores y alegrías de la vida de un colombiano promedio, un infante de marina que sobrevive como mecánico en Barranquilla.
Por Valentina Escolar Pacheco*
«Mi vida no es trágica ni nunca lo ha sido, pero sí he tenido muchos inconvenientes», comenta Julio Pacheco, mientras mira al vacío y ordena sus pensamientos, meditabundo y con un tono suave y pausado al hablar. Habla sobre su vida, en medio del vaivén del mecedor de madera color negro, en el que está sentado. Después de que se llevó a la boca un vaso con agua y lo bebió con apuro, se me vino a la mente un pensamiento: «La vida es un carrusel y nosotros somos como una pluma en el aire ya que podemos estar volando muy alto o en cualquier momento estar dando vueltas en el suelo».
No pasaron muchos segundos cuando Julio Enrique Pacheco empezó a desenrollar la película de su vida: “Nací el 25 de mayo de 1958. A los ocho años quedé viviendo con mis abuelos José Dionisio Pacheco y Emperatriz Paternina, y mi hermano Freddy Franco, porque mis padres se tuvieron que ir a Venezuela. A los doce años yo ya trabajaba vendiendo lotería». Se levanta del mecedor y se dirige a la terraza, se queja de las altas temperaturas; mi hermano Enrique le da un mango y mientras lo disfruta se observan en su rostro los diferentes recuerdos que se agolpan en su cabeza. En su cara se dibujan sonrisas y expresiones de tristeza.
«A los trece años aprendí a manejar el bus de mi abuelo, conducía desde Calamar hasta Malagana y de Malagana hasta Palenque y de Palenque hasta Arjona, atravesando carreteras destapadas. Me metí en muchos problemas, por cierto, el más relevante de ellos fue cuando casi atropello a un niño de seis años que cruzaba la carretera solo».
Pacheco recordó que a los catorce años emprendió un largo viaje a Caracas para conocer a su padre. Rememorando esos primeros años de su trasegada vida le vino claro a la mente que cuando cumplió los quince años se devolvió para Colombia porque su abuela se encontraba muy enferma y un año después, en 1972, murió. Detiene un instante su narración y voltea la mirada, en su rostro se dibuja ese profundo dolor que ni el pasar de los años ha borrado. «Ella era mi protectora, me sentía casi completamente desamparado, por lo tanto me quedé viviendo con mi abuelo».
Ajustó en su cabeza su cachucha negra y siguió dejando fluir el tiempo pasado en su memoria. «Al terminar el bachillerato ingresé a la Infantería de Marina poniéndome dos años más, pero como yo era un hombre alto y acuerpado nadie notó mi pequeño engaño», soltó una carcajada y siguió con la inundación de recuerdos traídos a su mente. «Eso fue el 1 de febrero de 1975, mi código es 7508233 del curso 32 de paracaidista. En 1976 me trasladaron para Buenaventura y un día estando allí me tocó ir a buscar el agua a la cascada, un agua rica y mineral. En el camino, por ir distraído, me resbalé y caí en un nido de serpientes ¿de qué clase eran? Hasta el sol de hoy no lo sé, me pasaron por encima y se fueron, después lloré del susto».
Julio Enrrique ha viajado por muchos lugares de Colombia ya que su trabajo lo requería. Recuerda que residiendo en Buenaventura conoció a una caleña con la que tuvo amoríos, pero esa relación no prosperó y al poco tiempo decidieron ponerle fin. «Después me enteré que ella en aquel tiempo había quedado en embarazo de mi primer hijo, pero habían trascurrido varios años cuando me enteré, por tal motivo no tuve el disfrute de tener tanto contacto con él, solo tuve la oportunidad de verlo en dos ocasiones».
Pacheco continuó con sus relatos de aventuras vividas en el mundo de la marina. «Estando en la Infantería de marina ingresé para el curso Comando Anfibio y Paracaidista, de ahí pasé para el B2. Cumpliendo cuatro años en la infantería salí en 1979».
Luego de haber salido de la Infantería dejando atrás su tiempo como soldado, se vino a vivir a Barranquilla en donde conoció a Cindy Beltrán, un trago amargo que solo duró tres meses. «Con ella me casaron, yo no quería casarme, ese fue un matrimonio obligado por andar de mujeriego. Pero ese matrimonio solo duró tres meses y ella ya llevaba seis meses de embarazo, yo tenía otras novias y por ello se disolvió tan rápido aquel matrimonio. Fruto de ese matrimonio nació mi hija Milena Pacheco».
Julio aseguró que ha tenido una agitada vida amorosa, y está seguro que fue por una casualidad de la vida que conoció a la mujer que se convirtió en la madre de su segunda hija. «Ella tenía un sobrino que sufría de convulsiones y a él le dio una cuando yo iba pasando por allí en una moto y me ofrecí a llevarlos a los seguros, ese que quedaba en la 30 con la 14. Desde entonces tuve varias citas con ella y con el trascurrir del tiempo ambos nos enamoramos. Un día la fui a visitar y estábamos en la esquina conversando, pero su hermana Vera Gómez fue y le dijo a su madre que nos estábamos besando, entonces la señora enfurecida le iba a pegar con un palo y para que no le hicieran nada se montó en el carro y nos fuimos rumbo a Cartagena por un mes, luego nos regresamos a Barranquilla a laborar en la mecánica y un año después aproximadamente, fruto de nuestro amor, nació mi hija Katia Ruth Pacheco Gómez, el 24 de agosto de 1981».
De acuerdo con Pacheco esa relación solo duró tres años porque María Ruth Gómez lo abandonó en 1984, todavía no sabe el porqué de su decisión. En 1985 conoció a Leila Gómez, vecina y muy amiga de la familia, y una vez más el don Juan que lleva dentro lo hizo que se enamorara perdidamente de esa mujer y esta fue la que le puso el freno definitivo, después de llevar una lista conformada por casi sesenta novias, porque actualmente vive con ella y tienen cuatro hijos: Jefferson, Maiquel, Julio y Keyla.
En el año 2000 tuvo un encuentro con las personas quizá más temidas en Colombia. «Me secuestró la guerrilla para quitarme un camión doble transmisión que yo tenía, porque en aquel tiempo la guerrilla le quitaba los vehículos a la gente para transportar personas, cocaína, marihuana, lo que pudieran. Fueron tres días los que duré en ese espantoso lugar en el que solo se respiraba muerte. Fueron tres días de mucha diarrea», cuenta evocando el miedo, la desesperación e incertidumbre que sintió en aquel tiempo. «Yo no sabía qué iban a hacer conmigo, pero al fin, sin más allá ni más acá, me soltaron. Eso fue en Palo Alto, que queda entre Montería y Sincelejo, lugar en el que también mataron a un primo mío que se llamaba Alfredo Paternina Pacheco, para quitarle precisamente el carro que él tenía que era un Land Rover de doble transmisión».
En el año 1989 tuvo otro incidente. Esta vez fue una situación accidental donde murieron dos delincuentes que se estrellaron contra su camioneta, porque ellos habían hecho un asalto y como la Policía los venía siguiendo se volaron la escuadra. Estuvo preso doce días, pero afortunadamente todo salió a su favor y por eso lo soltaron.
También casi termina enredado con el que, en aquel entonces, era el delincuente más peligroso de Colombia. «Un colega un día me dijo que buscara cinco hombres para que le hicieran un trabajo a Pablo Escobar. Cuando se los llevé, éste me preguntó que qué relación tenía yo con ellos, y le conté que eran dos cuñados, un gran amigo y dos vecinos, se quedó pensando como por dos minutos y me dijo: ‘sabes qué, mejor no los mandes porque cuando terminen el trabajo, o los matan cuando vayan saliendo o hunden el barco con ellos adentro’.
A Julio Enrique lo han robado cinco veces en la vida y le han hecho seis tiros. Pero eso no es nada en comparación con sus verdaderos dolores. «En el 2004 muere mi abuelo a los 99 años. Fue por causas naturales, su edad. Aún así a uno le duele mucho».
Uno de los sucesos más tristes de su vida fue la muerte de su hermano Freddy, que falleció de leucemia a los treinta y tres años, con los ojos aguados lo recuerda como un muchacho que siempre fue un buen estudiante. «Se convirtió en profesor de la Universidad de Cartagena, era una excelente persona, solidaria, alegre, emprendedora y muy inteligente».
No todo es tristeza. Uno de los episodios más alegres de su vida lo recuerda con un entusiasmo que se le nota en la cara, Julio asegura que tuvo la oportunidad de conocer a muchas estrellas y famosos de Colombia. «Por medio de mi trabajo conocí al Joe Arroyo que era muy amigo mío y que además estudió conmigo seis meses. En un local de Samuel Alarcón conocí a Diomedes Díaz y por medio del Joe conocí a muchos cantantes como Marcos Díaz, que es el padrino de mi segundo hijo».
Hasta el día de hoy Julio Pacheco sigue ejerciendo la mecánica y sigue viviendo con su familia. Le gustaría decir que está muy feliz, pero en este preciso momento se encuentra atravesando un momento de duelo, ya que Dori Gómez, una hermana de Leila, su mujer, ha fallecido y en estos momentos se encuentran realizando la velación del cuerpo. Este ha sido un duro golpe para toda la familia ya que le tenían mucho aprecio a esta persona.
La historia de Julio es el recuento de los momentos de un guerrero anónimo. Cada uno de sus días, es una batalla que sale dispuesto a ganar, enfrentándose a este mundo a veces duro, a veces amable. La historia de Juilo Pacheco a lo mejor no saldrá en los periódicos o en las grandes revistas que se ocupan solo de los famosos y de las tragedias épicas, pero este hombre, este héroe de lo cotidiano, sigue poniéndole el pecho al desafío de la vida y a los obstáculos mostrándonos cómo es que sobreviven día a día los colombianos de la vida real.













