Crónicas

Evocando a mi padre, Álvaro Cepeda Samudio

El siguiente texto es una evocación, contado en primera persona, por la comunicadora social y reportera Margarita Rosa Cepeda Torres, sobre su padre, el periodista y escritor Álvaro Cepeda Samudio, con motivo de conmemorarse los 100 años de su natalicio.

Por Ricardo Bustamante

Último día con nosotros

Quiero comenzar, no sé porqué, por el final de su vida; o más bien, por el último día que lo vi.

Le restaba a su existencia menos de tres meses. Después, pasado un tiempo, deduje que ya él lo sabía, ya que llegó visiblemente alterado. Los médicos lo habían alertado de que algo no andaba bien en su organismo. Un cáncer avanzaba a zancadas. Mi papá se presentó a nuestra casa ubicada en el barrio Paraíso a media mañana, ese miércoles 19 de julio de 1972. Entró, como siempre, rápido, llamando en voz alta a mi mamá, a mi hermano Álvaro Darío y a mí. Yo estaba encaramada en una paredilla tratando de tumbar unas guayabas. Mi madre, al escucharlo, se metió al baño a asearse porque segundos antes estaba ocupada en labores de jardinería. Álvaro Darío no estaba en casa.

Mi padre caminó hacia el patio, me vio, me regañó a gritos y me dijo que parecía un mico por mi costumbre y agilidad de subirme a los árboles y las paredes. Luego regresó al comedor y dejó sobre la mesa un fajo de billetes. Me sorprendí porque me pareció que era mucho dinero. Me encomendó decirle a mi hermano que en la tarde fuera al almacén Carlos Dieppa para que escogiera la motocicleta que anhelaba comprar. Allí, padre e hijo se encontraron.

Al día siguiente, se fue para Nueva York. Volvió a Colombia el 14 de octubre, pero ya dentro de un ataúd.

Sí, ese miércoles 19 fue el último día que lo vimos con vida. ‘Apa’, como le decimos a mi mamá, mi hermano, que contaba con 17 años, y yo, de 11, jamás nos imaginamos que nunca más íbamos a tener a Álvaro Cepeda Samudio entre nosotros. Se fue para siempre.

Su sepelio fue muy concurrido, la misa fue en la Iglesia la Inmaculada, luego su cuerpo quedó en los Jardines del Recuerdo. Observé en el camino al campo santo muchas banderas flameando y varios discursos escuché en su honor.

Desde entonces, Barranquilla, sus amigos y nosotros, lo añoramos todos los días. Álvaro Cepeda tuvo cuatro hijos. Soy la única con vida.

Evocar es vivir

Muchas de las recuerdos que tengo de Álvaro Cepeda Samudio me fueron transmitidos por medio de las evocaciones frecuentes que hacia de él mi madre. Ella tuvo una vida larga, 92 años. Se fue de este mundo el 20 de noviembre de 2025. También tengo mis propias reminiscencias como resultado de los 11 años y 8 meses que estuve a su lado. Además, poseo informaciones sobre mi progenitor a través de sus amigos y personas que lo trataron. Como se puede colegir, he tenido tres fuentes que me ayudaron a conocer en profundidad al autor de La Casa grande: las evocaciones de mi madre, mi relación directa de hija- padre y las informaciones suministradas por sus amigos.

Mi madre

Mi mamá Alba Luz Torres Fontalvo conoció a mi padre en el almacén Carlos Dieppa. Ella residía por ahí cerca, en el barrio El Recreo, pasaba en las tardes por el almacén, camino obligado para llegar a una escuela a recibir clases de bordado. Poco a poco se fue dando la relación amistosa y luego emergió el amor. Mi papá era vendedor de automóviles de Dieppa. Ese fue uno de los tantos trabajos que tuvo.

Cuando a Alba le llegaba la nostalgia por mi padre, hablaba en voz alta para que los presentes escucharan. Decía, como lección aprendida de memoria, que Álvaro Cepeda era la alegría de la casa, que a todos los problemas se enfrentaba y los solucionaba.

Hablaba de su lealtad sin límites para con sus amigos y de lo olvidadizo cuando se trataba de pagar la pensión escolar en el Colegio El Prado, donde yo estudiaba. Para él hacer énfasis y demostrar que no tenía en el momento dinero, se sacaba los bolsillos del pantalón de una manera histriónica que nos producía hilaridad. Eso sí, le gustaba fiar o sacar a crédito artículos para el hogar, costumbre que no heredé, ya que me aterra esa modalidad.

Don Efra y su familia

Don Efraín Cepeda Rodado, propietario y Gerente de la Inmobiliaria Cepeda y Cia, primo de mi papá, tuvo mucha comprensión con él y nosotros, ya que en épocas de escasez económica hubo atrasos en el pago de los arriendos. La paciencia de nuestro familiar se notó. Solo gratitud tengo para don Efra y su esposa Sarita Sarabia y sus hijos: Efraín, Alfonso, Jairo, Fernando, Alberto y Alvarito. A Jairo lo llevo y llevaré en mi corazón.

Margarita con su primo Fernando Cepeda Sarabia en La Cueva. Detrás, la imagen de Álvaro Cepeda Samudio.

Una metáfora para definirlo

Son muchas las metáforas que puedo traer a colación para definir a mi padre, pero para condensar todas en una, me quedo con la siguiente: un ciclón que no cesó ni después de fallecido, tan es así que hace 54 años partió y hoy lo recordamos como si estuviera presente, con sus gritos, carcajadas, el olor dulce de sus tabacos y sus escritos que allí están para siempre al alcance de nuestras manos. Lo recuerdo fuerte como un rinoceronte, realizando con entusiasmo y entrega muchas actividades al mismo tiempo.

Durante muchos años los amigos me han preguntado cómo recuerdo a Álvaro Cepeda. Reciben de mi parte las mismas respuestas: mi papá fue una persona honesta, transparente, noble y caritativa. Aplicar en la práctica y en extremo el último adjetivo, sinónimo de dadivosidad, pareciese que es bueno, pero para el hogar, de puertas para adentro, muchas veces no lo es, porque cuando se carece de cosas básicas que de puertas para afuera se prodiga a manos llenas, se pierde el equilibrio del deber ser. Ese era Cepeda Samudio.

Vivió su vida

Algunos observadores y críticos lo tildan de ser una persona diseminada en sus actividades, pero quiero decir que su personalidad y su esencia genuina afloró tal y como fue observado. Hay periodistas, en realidad son pocos, que tratan de entrar en la psiquis de Álvaro Cepeda y dicen que sus ocupaciones de director de un periódico como Diario del Caribe, la de ejecutivo de un conglomerado económico, y otras, le quitaron el tiempo que necesitaba para sentarse a escribir tal como lo hizo su amigo Gabriel García Márquez.

Esas personas fallan por no tener en cuenta y no haber indagado si a Cepeda Samudio le interesaba consagrarse como un excelente escritor a nivel nacional o mundial. Se les olvidó preguntarle cuál era su querer y sus ambiciones. Para mí, vivió su vida tal y como quería y la sentía. Hay que reconocer que fue un buen escritor, tal como lo dijeron en su momento críticos literarios de la talla de Hernando Téllez y Fabio Rodríguez-Amaya.

Sus amigos

Los amigos entrañables de mi papá eran el médico Luis Eduardo Consuegra, que en dos ocasiones me llevó de brazo al altar. Me casé con Arturo Capella y, fallecido Arturo, con Alberto Agudelo, con quien llevo 30 años de casada.

La lista de sus buenos amigos sigue con Alejandro Obregón, Julio Mario Santo Domingo, Ramiro De la Espriella y también Rafael Escalona. Obregón fue su alter ego. Su otro yo. De su absoluta confianza.

El otro lado de la Luna

De algún modo mi mamá, mi hermano y yo fuimos, para una sociedad pacata y con prejuicios, el otro lado de la luna. Ahora que cuatro astronautas sobrevolaron la Luna en la misión Artemis II de la NASA, con el objetivo, entre otros propósitos, de orbitarla y mostrar varias de sus facetas, incluyendo el entorno real del espacio profundo, rememoré pasajes de vida que golpearon nuestro hogar. Lo importante fue y sigue siendo el amor verdadero que sintió Alvaro Cepeda Samudio por mi madre, y el de ella por el.

El desdeño por una mujer y sus dos hijos, por el solo hecho de no haber mediado en la unión la bendición de un sacerdote y carecido de la escenografía de una iglesia, se convierte inexplicablemente, para los pacatos, en una conducta monstruosa e inaceptable. Esa unión que estuvo basada en el amor mutuo se convierte para unos en pecaminosa. En una sociedad educada debe respetarse o por lo menos no menospreciar lo que fue cimentado con amor del bueno.

Álvaro Cepeda Samudio tomó esta fotografía en la que aparece su familia conformada con Alba Luz Torres.

Mil años de existencia y muchas leguas recorridas

Un poema del poeta español León Felipe titulado ‘¡Qué Pena!’, me parece creado por mi padre, en consideración a que él solo necesitó de 46 años, 6 meses y 12 días de su existencia para caminar “… muchísimas leguas” y vivir “…mil años de existencia”.

“¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas,
los mismos rebaños, las mismas recuas!


¡Qué pena si esta vida nuestra tuviera
—esta vida nuestra—
mil años de existencia!

¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?


Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!


¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!”.

Padre, a tu oído

Papi, aquí está tu hija. Me dicen que me parezco mucho a ti. Que quiero, como tú, hacer miles de cosas a la vez y sentir la vida. Tener la sensación de que la estoy disfrutando. No tengo tu talento, pero Dios, en compensación, me dio una vida más larga. Soy feliz. Algún día nos vamos a encontrar y me vas a contar tantas cosas que por tu partida abrupta no me contaste. Te quiero, tu hija, Margarita Rosa.

Sobre el autor

Autor periodístico y literario nacido en Barranquilla. Bachiller del Colegio San José S.J., abogado con especialización en Derecho Laboral y Penal. Ejerció como catedrático Universitario y Operador Judicial. Desde 2020 disfruta su pensión.
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