“Eso no sirve porque es muy poético. Queremos algo folclórico -me dijeron-. Así que recogí la canción». Este episodio, narrado por el propio maestro, lo vivió con su canción emblemática ‘La Piragua’.
Adlai Stevenson Samper
Algunos estudiosos de la vida del compositor José Barros le endilgan el apelativo de andariego por sus continuas itinerancias por diversas ciudades y países. En la práctica recorrió media Colombia, y además, Perú, México, Argentina buscando promover sus canciones ante públicos, emisoras y disqueras.
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José Barros a la edad de 17 años, cuando prestó Servicio Militar.[/caption]
No siempre le fue bien en esas aventuras, pero su carácter recio, de hombre organizado en torno a una idea vital lo sacaba adelante: un compositor con un gigantesco talento que hacía posible que pudiera adaptarse a diversos ambientes y aires musicales, desde porros, paseos, cumbias, pasillos, bambucos hasta tangos. Esa versatilidad, esa facilidad de creación lo convertirían en hombre fundamental dentro del engranaje de la industria discográfica nacional de aquellos tiempos.
Extraño bohemio abstemio
Como no tomaba –y mucho menos parrandeaba-, tenía un especial sentido de observación y fijación en cuáles eran las características de funcionamiento de esta industria que justo en su despegue y desarrollo coincide con el periplo vital de Barros. Casi podría argumentarse que encajan la una con la otra igual a piezas de un rompecabezas en la consolidación de un mercado nacional de las disqueras apelando; más allá de los hábitos europeístas de mazurcas, valses, polkas de inicio de siglo XX, a un ‘espíritu’ colombiano en letras y músicas, una especie de espejo de los cambios culturales evidentes con una percepción primigenia de las bases de la construcción de una música propia Colombiana.
Era un mundo musical distinto
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La famosa Orquesta de Lucho Bermúdez, consagrado músico nacido en el Carmen de Bolívar, durante una de sus actuaciones en el lujoso Hotel Nutibara de Medellín.[/caption]
Barros estuvo, junto a muchos otros, en esos procesos. Un vasto tejido industrial cultural que incluía emisoras, vendedores de equipos radiales, fonográficas y sus redes de distribución creando empleos y oficios especializados en donde el talento de un compositor valía mucho, pues era piedra fundacional de orquestas, cantantes y por supuesto de todo el complejo sistema de producción de las disqueras. En ese sentido es preciso presentar ejemplos puntuales que presenten a José Barros como un protagonista dentro de todos esos engranajes industriales.
La etapa con Discos Fuentes
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La histórica Orquesta de Emisoras Fuentes con la cual su propietario don Antonio Fuentes, se defendía solito en Cartagena.[/caption]
El sistema Fuentes empezó con un laboratorio de productos farmacéuticos, a los que se le agregarían una emisora con su orquesta y después la empresa disquera. Los discos se grababan en los estudios de la emisora y se enviaban para sus correspondientes cortes y confección industrial a Estados Unidos. Después Fuentes compraría sus propios equipos a los que empezó a sacarles el máximo lucro grabando de forma permanente para lo que se ideo un sistema de músicos de “planta” con una serie de agrupaciones entre ellos los famosos Trovadores de Barú (que eran también, según el antropólogo inglés Peter Wade, la orquesta Los Piratas de Bocachica), en donde descollaba el talento de Barros como cantante y compositor.
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Esa sí que fue la cuna musical de los mejores cantantes e intérpretes de la Barranquilla de hace más de medio siglo, la Atlántico Jazz Band, de Emisora Atlántico[/caption]
Aunque es difícil ofrecer fechas precisas, parece que la vinculación del banqueño a esta empresa sucedió a inicios de los años 40, secundado dentro de los Trovadores, por un excepcional arreglista momposino, Juancho Esquivel, hombre de confianza de Fuentes en la dirección artística del sello que entonces tenía como una de las joyas de la corona a Guillermo Buitrago y sus Muchachos. Según el filosofo Enrique Muñoz, Los Trovadores de Barú lo integraban Gil Cantillo en la guitarra, Fernando Porto en la percusión, Remberto Brú como cantante y guacharaquero, Carlos “El Fulo” Gómez cantando y en la percusión menor, Remberto “El Pollo” Sotomayor en la trompeta, José María Crizón en el bajo y José Barros en la guitarra y voz. Esta orquesta, en el marco de grabaciones y conciertos en el radio teatro de Emisoras Fuentes, eventualmente realizaba algunas fusiones con el Trío Nacional dirigido por el guitarrista Sebastián Herrera en donde participaban, entre otros, el cantante Tito Cortez.
Fuentes, el chacho de la película
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Esta es la famosa esquina de la calle San Juan con La Paz en donde se la pasaba el patuleco mamando ron y comiendo pan. Al fondo, el legendario edificio Buitrago.[/caption]
Pero Barros no se adaptó a las aviesas jugadas financieras de Antonio Fuentes, según cuenta la escritora Luz Marina Jaramillo en un libro sobre Barros y sus obras: “la relación económica de José Barros con la empresa Fuentes, al igual que la de los demás músicos no era buena. Las regalías por discos vendidos eran sumamente bajas, en esos años cuatro centavos por cara. En ese sentido tuvieron más de un altercado”.
Durante su estadía en Fuentes, Barros logró imponer una serie de canciones que le dieron notoriedad nacional e internacional como ‘El vaquero’, ‘Momposina’, ‘El chupaflor’ y ‘Navidad negra’, entre otras. Por cierto que el estreno en 1960 del nuevo sistema de grabación estereofónico de esa compañía disquera fue precisamente con la versión de ‘Navidad Negra’ con una orquesta ‘de planta’, la de Pedro Laza y sus Pelayeros, conformada por una serie de excelentes músicos que también trabajaban en los otros ‘productos’ sonoros de esa empresa fonográfica. Mejor dicho, el vivo de Toño Fuentes tenía seis orquestas, combos, tríos, sextetos, con los mismos músicos.
En Cartagena también le graba canciones la Orquesta del Caribe dirigida por Lucho Bermúdez, para una curiosa disquera llamada Discos Preludio. Pero pese a estos “éxitos”, Barros no se sentía conforme, así que sale de Cartagena buscando otros horizontes sonoros hasta recabar en Bogotá.
Ancló en RCA Víctor
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El edificio Buitrago es célebre porque en la planta baja José Barros montó su almacén de discos y después llegaron varios competidores y hasta el propio dueño del edificio les montó una empresa fonográfica[/caption]
La empresa norteamericana RCA Victor desarrolló una vasta red internacional con almacenes vendedores de fonógrafos y aparatos radiales, emisoras y empresas disqueras. (En Barranquilla la concesión del almacén y el manejo de la emisora lo tenía el venezolano Emigdio Velasco desde su Foto Velasco. Posteriormente funda la fonográfica Eva). El gerente de esta empresa era Jack Glottman quien posteriormente armaría su propia cadena nacional de almacén electrodomésticos con el nombre J. Glottman y el lema: Nuestra firma respalda su compra. Pues bien, Glottman al conocer la llegada a Bogotá de José Barros lo felicita porque tenía 1.200 dólares de regalías producto de la composición de dos tangos.
Es menester señalar que Barros entregaba composiciones suyas de estos géneros a representantes de empresas disqueras en el exterior cuando andaba en sus corredurías, entre ellas a la RCA Víctor en Perú para que estos las incluyesen en el repertorio de sus artistas. Uno de estos tangos, según Enrique Muñoz, fue el célebre ‘Cantinero sirva trago’. Para el investigador Jairo Solano, Barros “fue un verdadero trotamundo que recorrió con su guitarra terciada todos los países de América especialmente en los que descollaban la industria fonográfica después de trasegar en Medellín y Bogotá, viajó a Perú y Argentina en la década del 40, donde grabó dos temas con la RCA Víctor…El tema ‘Carnaval’ fue grabado inicialmente en discos Odeón de Buenos Aires en 1947 por el dúo colombiano conformado por el antioqueño Marfil (Jorge Monsalve) y Paredes”.
A esos sucesos discográficos se refería Glottman que a su vez le pidió a Barros, en su afán de ampliar el mercado de la RCA en Colombia, que compusiera música “tropical” como porros y cumbias. Barros confesaría en entrevistas que “yo no sabía hacer cumbias, porros, paseos ni ninguna de esas vainas, pues eran consideradas música vulgar, pero luego serían mi trampolín a la fama”. Así que ni corto ni perezoso recordó un episodio pintoresco con un gallo en su tierra componiendo ´El Gallo tuerto’, interpretado por la orquesta de Milciades Garavito con un ritmo que antes que porro o paseo, recuerda a una especie de danzón o danzonete acelerado, a un bambuco fiestero que logró rápidamente convertirse en notable éxito propiciando que Barros asumiera, con el beneplácito de la disquera, a componer otros temas como ‘Las Pilanderas’. Este fue grabado por la orquesta del argentino Eduardo Armani, en Buenos Aires, con un ligero acento cubano en los arreglos, un sonido “internacional” que también asimilaría Lucho Bermúdez y que mostraría los senderos del posible segmento del mercado que les interesaban a las disqueras en su afán de expansión usando aires tradicionales colombianos, pero arreglados a la usanza de los que estaban en boga en el mundo del disco internacional.
El trotamundos se fue para Medellín
En los años cincuenta empieza a perfilarse dentro de los gustos nacionales la música del departamento del Magdalena grande de donde era oriundo Barros. Este compone paseos y merengues de lo que hoy en día se llaman vallenatos entregándolos a agrupaciones como Bovea y sus Vallenatos. Varias de estas canciones se las grabaría a mediados de los cincuenta el cantante barranquillero Nelson Pinedo durante su periodo como cantante de la Sonora Matancera. Entre ellas ‘El Vaquero’, ‘Momposina’ y ‘La pasas delirando’, entre otras.
En Medellín, ciudad que concentró el grueso de la industria disquera colombiana, es donde le graban su más grande éxito, la auténtica cumbia ‘La Piragua’. Sucedió en la empresa Sonolux. Alonso Fernández Ochoa, director fundador de la agrupación Los Black Stars, en la voz del barranquillero (realmente nació en Sabanagrande y su nombre verdadero es Gabriel Suarez Romero. El nombre artístico de ‘Gabriel Romero’ se lo puso el difunto Tomás Barraza Manotas en un programa musical en el radioteatro de la Voz de la Patria), interpretes de esta canción, recuerda el episodio: «El casete en el cual recibimos la muestra de ‘La Piragua’ fue enviado directamente por el maestro Barros a los directores artísticos de la disquera ‘Sonolux’ (Hernán Restrepo y Hugo Hernández), quienes se la encomendaron al suscrito de inmediato para que concretara la parte musical con Luis Carlos Montoya, quien me cobró $200 por el arreglo. La grabamos al día siguiente”. José Barros confesaría lo siguiente: “Unos amigos vallenatos grabaron ‘La Piragua’. Cuando Hernán Restrepo, de ‘Sonolux’ oyó la canción, dijo: “Esto es un hit mundial!” Salió ‘La Piragua’ y causó un gran impacto nacional e internacional”.
Por supuesto que Barros se convirtió para esa disquera de Medellín y para otras, en codiciado artículo de los proyectos de sus repertorios.
Se va para Barranquilla
Una parte importante de la industria disquera nacional se encontraba afincada en Barranquilla. Entre ellas discos Tropical de Emilio Fortuo a donde acudiría Barros llevando las partituras de su canción ‘La Piragua’. Barros contaría el episodio muchas veces: “Cierta fábrica de discos (Tropical) me pidió que le hiciera un par de canciones para concursar internacionalmente. Le dije al Director Artístico que le recomendaba ‘La Piragua’. Al mes fui a visitarlo y me salió con el cuento de que no servía pues tenía una letras muy poética”.
En esa misma ciudad, varias agrupaciones, entre ellas la Emisora Atlántico Jazz Band le graba varios temas. Las otras disqueras de la ciudad solicitan también sus servicios. Barros decide sentar sus reales y monta un almacén de discos en la calle San Juan, en toda la esquina con la carrera La Paz en los bajos del edificio Buitrago. Allí, en el tercer piso se encontraban los estudios de un sello disquero con el mismo nombre del edificio. Cerca quedaban otros estudios de emisoras y radioteatros. En esa esquina es donde sucede el famoso episodio del patuleco que pasaba tragando ron y comiendo pan, canción compuesta por Barros e interpretada por la Sonora Curro.
Pero Barros no solo pretendió distribuir discos –uno de los flancos débiles del circuito de la industria disquera colombiana-, sino que impulsó la creación de un sello disquero propio, discos Jobar, que le permitiría mayores márgenes de libertad creativa y de ganancias. Esa aventura comercial podía emprenderla en Barranquilla donde existían otras empresas en similares circunstancias económicas, algo por demás imposible en Medellín en donde esta industria tenía un notable musculo financiero industrial. Sin embargo, el proyecto de la disquera de Barros carecía de infraestructura operativa y económica –para contratar artistas y agrupaciones de planta de forma permanente- y eso limitó; en la ardorosa competencia fonográfica barranquillera, sus posibilidades de supervivencia. Fue en este periodo en esa ciudad que nació su hijo el consagrado trombonista y arreglista Alberto Barros y sus hermanos.
¿Y de las regalías qué?
Una de las hijas de Barros, Katiuska, señala que su padre tenía buenas relaciones con las disqueras. Pero ahora es diferente: “Hay unas que nos cumplen y otras no. El dinero entra a cuentagotas pese a la fama de compositor de mi papá. Antes te podían girar 7000 dólares. Ahora no y menos en la crisis general de las disqueras que actúan a través de las editoras musicales”.
Katiuska recuerda, a propósito de estos episodios, que su padre fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (Sayco), organismo encargado del bienestar y recaudo de las interpretaciones de sus afiliados, aunque aclara que “es por la interpretación pública pues las regalías las pagan las disqueras a través de las editoras musicales”.
En medio de todos esos procesos de pagos de regalías y de las interpretaciones públicas, Katiuska dice que con cierta cotidianidad anual ve como grupos de jazz y agrupaciones de sonido tropical en todo el mundo graban la música de su padre, algunas de ellas calificadas de “bellísimas” pero que tal suceso no se ve representado en las liquidaciones anuales que deben entregarle a los herederos del compositor banqueño. Ironías de la vida que un hombre como Barros, tan ducho en la incorporación a estos circuitos industriales culturales y que llegó a formar una asociación de defensa de los intereses de los compositores le sucedan, tras su partida terrenal, estos hechos. Un hombre con un patrimonio musical que debe costar una verdadera millonada recibiendo solo migajas por el formidable producto de su ingenio. Me parece ver al compositor, condolido de sí mismo, triste de alma, sentado en su mecedora empuñando su guitarra viendo el rumoroso paso del río Magdalena, cantando en tono melancólico: “Que me dejó tu amor que no fueran pesares, mi vida se pregunta y el corazón responde: pesares, pesares”…
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