Entró la modernidad y Oscar Wilde develó su naturaleza humana: “Ser artificial es la primera obligación”, afirmó contundentemente.
Por Jorge Guebely
Usufructuar la apariencia, triunfar a punta de imagen, imagen que borra al ser. “Guardar la imagen”, pregonan las élites colombianas, bandera envenenada para tapar cualquier podredumbre, incluyendo las del Estado. No importa ser, sino parecer. Cultura elitista conservadora, de origen aristocrático. Odioso tapen-tapen para perpetuarse en el poder público, para preservar los privilegios de clase.
“Guardar la imagen”, aún en épocas del coronavirus cuando tapan la realidad con frases burocráticas y efectistas. “El gobierno garantizará el empleo”, cuando no lo garantiza en ninguna época. “El ministro propuso vacaciones colectivas”, cuando ya fueron despedidos muchos trabajadores informales. “No habrá especulación porque el fiscal anuncia sanciones”, como si la Fiscalía funcionara en el país.
Fórmulas manidas para “Guardar la imagen”, para dar la sensación de control, de poder universal. Mandatos lingüísticos de escasa credibilidad, los invalidan la mezquindad administrativa de una élite política arrodillada ante la avaricia de los poderosos y de espaldas a la humildad de los débiles.
“Guardar la imagen” para tapar la pobreza, la miseria, la indigencia, de más de 20 millones de colombianos. El 63% que está atrapado en el desempleo y el trabajo informal. Personas que sobreviven cada día, la mayoría excluida de la exigua asistencia social. “Muchas de ellas morirán asediadas por el hambre, no por el coronavirus”, afirmó un alcalde. Otras saldrán a las calles a ejercer el vandalismo, a no dejarse morir de hambre, a contaminar el virus, a prolongar la pandemia.
Frente a la muerte, ningún toque de queda tiene importancia, imposible “Guardar la imagen”.
Hoy, ni siquiera los incentivos atropellados del gobierno para favorecer la población excluida servirán para “Guardar la imagen” de Colombia. Esta vez, flotará la miseria. La miseria endémica tejida por la voracidad de las élites, construidas durante dos siglos de República a fuerza de maquillar la máscara para esconder el rostro. No servirá ningún tape-tape.
Otra vez sabremos que no somos ninguna Suiza. Somos, en realidad, uno de los países más desiguales del mundo, con una élite podrida humanamente y un pueblo desamparado que sobrevive aún en los tiempos del coronavirus.
Nos salva la resistencia civil. La conciencia humanizada para destruir el tape-tape, la podrida costumbre de “Guardar la imagen”. Nos salva apuntar a la sonrisa de políticos tradicionales en campaña, verdaderos coronavirus de la ilusión imagológica. Sonrisas impostadas, puñales que hieren, que “…cuanto más cercanos son, más sangrientos”, como lo afirmaba un personaje shakespeariano.











