“Fue una experiencia maravillosa”, dice el químico farmaceuta sucreño Carlos Emilio Hoyos, en su relato dramático de su paso por la pandemia.
Por Carlos Emiro Hoyos Turcios*
Para mí, el 18 de marzo del 2020 fue muy parecido, en lo emocional y espiritual, al 18 de marzo del 2019. La única diferencia fue que, para mediados de marzo 2020, ya se sabía, aunque con temor y escepticismo, de un virus altamente transmisible que estaba ocasionando una enfermedad contagiosa y con bajo porcentaje de mortalidad.

De todos modos, mataba a las personas; en esos días ya se hablaba del término pandemia, reportes de estadísticas diarias de muertos: la pandemia se había propagado desde el país asiático China, hacia naciones europeas como Italia, Alemania, Reino Unido de Gran Bretaña, España, Italia y Francia, entre otros; también se hablaba de que la pandemia llegaría al continente americano, transmitida por viajeros internacionales que habían estado en la ciudad de Wuhan, China.
Yo estaba en Bogotá, D. C., eran quizás las ocho de la mañana, cuando recibí una llamada de la esposa de mi hermano Miguel, diciéndome con voz entre cortada y solloza las siguientes palabras: “El viejito se nos fue”. Yo quedé inmóvil por unos segundos, y pude preguntarle con voz angustiosa ¿cómo va a ser?
“Sí”, me respondió con la misma voz entre cortada y solloza. Ese día no fui a laborar, me dediqué a comprar un boleto de avión para viajar desde Bogotá a Montería o a Cartagena, o en caso extremo, a Barranquilla, y de la ciudad a donde llegase, dirigirme a Sincelejo, domicilio de nuestra familia.
Un vuelo perdido
Al cabo de las 10:30 de la mañana del 18 de marzo 2020, conseguí y compré por internet un boleto de avión con destino Barranquilla, con hora de salida a las 2:30 p.m., me alisté y salí en un taxi, pero llegué atrasado al aeropuerto, y por lo tanto, perdí el vuelo; desesperado busqué, conseguí y compre otro boleto de avión con salida desde Bogotá hacia Cartagena, con salida a las 9:30 p.m., llegué al aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena a las 10: 45 p.m., llegué a la Terminal de Transporte de Cartagena, a las 12.30 a.m., ya del día siguiente, 19 de marzo 2020; recorro oficina por oficina de transporte solicitando pasaje para Sincelejo, hasta cuando encontré pasaje hasta el Municipio de Tolú Viejo, a donde llegué a las 2:30 a.m.

¡Hasta que por fin llegué a Sincelejo a las 5:00 de la mañana! Me dormí con sueño liviano, descansé moderadamente. Desperté a las 8 de la mañana del mismo día 19 de marzo 2020, me vestí con pantalón oscuro y camisa guayabera color beige, para asistir al sepelio de mi señor padre, a las 10:00 a.m., en el Cementerio Jardines de La Esperanza; misma cita funeral, en lugar, hora y día, aquella vez del año 2019, cuando celebramos el sepelio de mi señora madre.
El mismo día del sepelio de mi padre, jueves 19 de marzo del 2020, se declaró un simulacro de cuarentena en Bogotá, que abarcó desde el viernes 20 al lunes 23 de marzo 2020. Ese ensayo fue sucedido por un periodo de cuarentena propiamente dicho, que abarcó desde el 24 de marzo al 13 de abril; el cual fue extendido hasta el 27 de abril; el cual a su vez fue extendido hasta el 11 de mayo; y así de manera sucesiva se fue prolongando cada mes el periodo de cuarentena, hasta finalizar el 31 de agosto del 2020.
Por lo anterior tuve que vivir gran parte del periodo de cuarentena en Sincelejo, se interrumpió el transporte terrestre interdepartamental y nacional, inclusive, se interrumpió el transporte aéreo a nivel nacional e internacional.
Alegría de burro viejo
A partir de abril 2020 el Ministerio de Transporte autorizó los llamados Viajes Humanitarios; viajes aéreos a nivel internacional, y viajes terrestres interdepartamentales. El 17 de junio viajé con la empresa de transporte terrestre Expreso Brasilia, S.A., en un Viaje Humanitario desde Sincelejo a Bogotá. Llegué a Bogotá, el día siguiente 18 de junio; ese otro día, 19 de junio, me tomaron la muestra para Covid-19. El resultado de dicha prueba salió negativo, lo cual me alegró de sobremanera. Pero, caramba, después recordé aquel momento como ‘una alegría de burro viejo’.
El día viernes 3 de julio desperté a las 3:00 a.m., con un frío anormal, me bañé a las 5:00 a.m., salí a las 6:00 a.m., para la oficina de la Subred Sur, ubicada en el barrio Vista Hermosa, localidad Ciudad Bolívar; recuerdo que iba en el bus SITP con un frío anormal, hasta el punto de que cuando iba en Transmicable, le envié por WhatsApp al primo Óscar Figueroa, quien vive en Barranquilla, una imagen de la pantalla del teléfono celular enseñándole que la temperatura estaba en 7 °C, y le escribí lo siguiente:

“Buenos días… Yo pensaba que estaba enfermo… es la temperatura…”
“…claro que lo puedo estar también!” …ese día empecé a sentir unos síntomas de un refriado, pero eran diferentes en sus manifestaciones, intensidad, inclusive diferencias en el paladar.
Durante los siguientes días, hasta el jueves 9 de julio, sentía escalofríos, dolor de espalda, desaliento enorme jamás sentido en mi vida. Por último, experimenté pérdida parcial del olfato y gusto. El jueves 9 de julio amanecí con el más grande desaliento y debilidad que jamás había sentido; también empecé a toser con demasiada frecuencia, y experimenté una gran dificultad respiratoria. Eran las 10:00 a.m., cuando pensé y analicé que estaba mal de salud, y que los síntomas y signos que presentaba, eran propios de la CovidD-19; fue cuando decidí llamar a la compañera de trabajo y epidemióloga, Adriana Castro Botello, para que me hiciera el grande favor de llevarme a una clínica; Adriana me respondió que me llevaba con el mayor gusto por la tarde, porque en las horas de la mañana estaba ocupada, y por la tarde, justamente, iban a sacar de la Clínica de Occidente de Bogotá, a su suegra, quien también estuvo hospitalizada por la epidemia. Entonces a las 3:30 p.m., me llamó Adriana para que me alistara que ya pasaban por mí, ella con su esposo Alex.
Yo estaba listo con la maleta para hospitalizarme. Adriana llegó por mí a las 4:00 p.m., salimos rumbo a la Clínica de Occidente. Durante el viaje a la clínica iba en la parte trasera del carro de Adriana, con un gran malestar que apenas percibía que estaba vivo, solo respiraba con gran dificultad
Estaba casi sin aliento para moverme
Al cabo de una hora llegamos a la clínica, llegué tan mal física y anímicamente, que solo no tuve aliento de bajarme del vehículo, entonces pedí una silla de rueda. Adriana Castro me ingresó a urgencias, empujando la silla de ruedas. Adriana me comentó posteriormente que se presentó ante la enfermera del Triage en urgencias, le comentó mi caso, la enfermera le pidió mis datos personales y EPS a la cual estoy afiliado; Adriana me comentó que le pusieron resistencia para ingresarme porque la enfermera no conocía la EPS Mutual Ser. Finalmente aceptaron mi ingreso, un enfermero me llevó en silla de ruedas hacia el Servicio de Hospitalario Respiratorio. Me despedí de Adriana con la mano, no tenía fuerzas para hablarle, sentía un decaimiento generalizado, no tenía aliento para pensar, mucho menos para moverme; y desde ese día, volví a ver a Adriana el 11 de agosto 2020 en las oficinas de la Subred Sur.Cuando iba ingresando al Servicio Hospitalario Respiratorio de la Clínica, tras ese enorme decaimiento y desaliento que me embargaba, puedo recordar que delante de mí iba un enfermero apartando al personal que estuviese en los pasillos, percibí que detrás de mí venían fumigando o asperjando el pasillo con una sustancia, seguramente desinfectante.
A las 5:30 p.m., de ese jueves 9 de julio, llegué al Servicio Hospitalario Respiratorio, la primera impresión que experimenté fue haber visto todos los cubículos de observación ocupados con pacientes, y estos tosiendo constantemente.
Me ubicaron en una silla plástica, en el cubículo exclusivo para recibir y ubicar los pacientes que iban llegando sospechosos de estar contagiados con Covid-19, ya que las camas estaban ocupadas. Un enfermero profesional se me acercó, me saludó muy amablemente, se presentó, preguntó los datos personales, se los suministré; enseguida instaló una manguera al dispositivo del oxígeno que estaba en la pared, y me la colocó en la nariz, para suministrarme oxígeno suficiente, en ese momento sentí un leve alivio físico.
Eran ya las 8:00 p.m., cuando le dije a una enfermera que por favor me consiguiera una cama para acostarme, porque estaba muy cansado e incómodo en la silla; ella gestionó y me ubicó la cama del cubículo número 8; seguidamente me aplicaron el oxígeno nasal, me canalizaron en la mano izquierda; me acurruqué y me cobijé en la cama.
Esa noche fue muy singular para mí. ¡Tremenda experiencia! Era mi primera noche en un hospital en Bogotá, y con síntomas de una enfermedad contagiosa a nivel mundial, con una mortalidad de aproximadamente 3 de cada 100 personas contagiadas; más tarde, tipo 10:00 p.m., se presentó un médico especialista en Medicina Interna, me saludó amablemente, me hizo varias preguntas relacionadas sobre los síntomas que experimentaba, y sobre la manera como pude contagiarme, le respondí las preguntas al médico con precisión, sin ambigüedades y concisamente; estaba asustado por lo que estaba viviendo en ese instante, pero a la vez estaba satisfecho por haber decidido hospitalizarme para que me atendieran los médicos, en vez de los amigos en la casa donde vivía. Dormí lo suficiente, con la interrupción por mi tos y la tos de los demás pacientes, que sumaban aproximadamente 25.
Comer a la fuerza
Al día siguiente viernes 10 de julio, desperté a las 5:00 a.m., con los movimientos y ruidos de las enfermeras administrando o suministrando medicamentos a todos los pacientes; me aplicaron antibióticos y corticoides parenteralmente, me suministraron acetaminofén y omeprazol por vía oral.
A las 8:30 a.m., nos llevaron el desayuno, no me provocaba comer, pero me acordaba de lo que mi hermano Miguel me dijo dos días antes: “debes y tienes que comer, a la fuerza, aunque sea poquito”. Por eso desayuné, aunque no sentía el sabor, y muy poco el olor de los alimentos.
Al medio día antes de almorzar, pensaba sobre cómo estaría mi familia sin saber de mí. Entonces se me ocurrió crear un grupo de WhatsApp. Lo cree y denominé “Familia Carlos H T”, en el cual ingresé a los familiares de quienes tenía contacto telefónico, y a medida que me iban llamando y saludando iba incluyendo más y más familiares; a través de este grupo de comunicación, yo informaba por la mañana y por la tarde sobre mi estado de salud.
Mi estancia en la clínica se resumía a lo siguiente: despertaba tosiendo entre las 4:00 a.m., y las 5:00 a.m., me administraban los medicamentos, seguía tosiendo, desayunaba, me cambiaban la bolsa de solución salina vacía por otra llena, seguía tosiendo, almorzaba, seguía tosiendo, cenaba, me cambiaban la bolsa de solución salina vacía por otra llena, tosía, dormía, despertaba y seguía tosiendo.
Al tercer día de hospitalizado, me levanté de la cama, me puse de pie, caminé hacia el baño lentamente cual recién operado, y al llegar al sector de enfermería, sentí desvanecerme, no podía con mi cuerpo, vi dos sillas, me eché sobre una de ellas, con el brazo y la mano derecha le hice señas a las enfermeras para que me auxiliaran, no podía más con mi cuerpo. Las enfermeras vinieron corriendo a socorrerme, me levantaron con mucho cuidado y me llevaron nuevamente a la cama, en la cual demoré alrededor de media hora, sin aliento y casi sin pensamientos.
Ese día sentí que iba a morir, no me importaba absolutamente nada, no me importaba vivir, no me importaba morir. Pasaron los días de hospitalización, los médicos me daban ánimo, aliento y esperanzas de recuperación; pasaron los días hasta lograr una recuperación lenta y progresiva; fue entonces cuando yo volví a darme cuenta de mi estado de salud, y entonces me daba auto estímulo para sobreponerme a esta particular enfermedad. Logré recuperarme quizás hasta un 80%, cuando los médicos decidieron darme salida de la clínica, para darles cupo a otros pacientes que esperaban impacientes.
El apoyo espiritual, emocional de mi familia, junto con el apoyo médico y científico, fue fundamental en mi recuperación. Claro está, dentro del plan que Dios y la vida tenía para mí… seguir viviendo. La anterior experiencia fue maravillosa por todo lo que viví. Por primera vez en mi existencia experimenté no importarme nada, sentí un desprendimiento total de lo que busca y quiere un ser humano; hoy soy uno de los pocos pasajero de esta vida, ligero de equipaje; desde entonces me ocupo más de hacerle la vida alegre a la persona que me lo permita.
*Carlos Emilio Hoyos Turcios nació el 30 de diciembre de 1964 en el corregimiento de Albania (o ‘Las Majaguas), jurisdicción de Corozal (hoy es jurisdicción de Betulia, luego de haber logrado el nivel municipal). Químico Farmaceuta de la Universidad del Atlántico (1991). Cuando Beatriz, su progenitora, lo fue a bautizar, le dijo al cura que se llamaría Carlos Emiro. Lo malo fue que el sacerdote era medio sordo y, además, antioqueño fanático del famoso ciclista Martín Emilio ‘Ochise’ Rodríguez, Al final doña Beatriz tuvo que aceptar el ‘Emilio’, pero no el Martín y mucho menos el ‘Cochise’. Carlos Emiro es Magister en farmacología, Universidad de Cartagena. Cargo actual: Líder Operativo de Subred Integrada de Servicios de Salud Sur, E.S.E. Bogotá. Laboró con laboratorios Farma de Colombia; EuroEtika; Clínica Santa María de Sincelejo; Hospital Naval de Cartagena; docente de Farmacología Universidad Simón Bolívar de Barranquilla. Es padre de tres hijos: Carlos Enrique, María Daniela y Juan Alberto Hoyos Pontón.











