Fue una “reunión familiar” e informal, según el Vaticano. Nadie sabe qué temas abordaron durante las largas horas de encuentro.
Chachareros, resumen de Agencias y El País de Madrid
Pablo Ordaz, el hábil reportero de El País de España enviado a cubrir la visita del Sumo Pontífice a La Habana nos recuerda con certeza que “ya se ha convertido en una tradición que los papas a su paso por La Habana den esquinazo a la oposición y, en cambio, acudan a visitar a Fidel Castro.
Jorge Mario Bergoglio, tan distinto en tantas cosas de Karol Wojtyla y de Joseph Ratzinger, no fue en esto una excepción. El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, confirmó que, nada más terminada la misa en la plaza de la Revolución, el Papa fue a visitar “al comandante Fidel Castro”.
La reunión, de la que el Vaticano no facilitó imágenes, duró unos 40 minutos y transcurrió, según Lombardi, en un ambiente “muy familiar e informal”. El expresidente estaba acompañado por su esposa, hijos y nietos. Según Lombardi, Castro aprovechó para preguntarle a Bergoglio sobre “grandes cuestiones del mundo de hoy” y después intercambiaron regalos.
Durante la reunión ambos intercambiaron libros. El pontífice le obsequió dos libros de Alessandro Pronzato, experto en catequesis y en la Biblia y divulgador teológico, uno de ellos titulado Evangelios molestos y otro sobre la relación entre humor y religión. También le regaló ejemplares de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium y su famosa encíclica sobre temas medioambientales Laudato si.
El expresidente cubano por su parte obsequió al papa el libro Fidel y la religión, la entrevista que el teólogo brasileño Frei Betto le hizo a Fidel Castro en 1985, con la dedicatoria: «Para el papa Francisco en ocasión de su fraternal visita a Cuba. Con admiración y respeto del pueblo cubano».
Tema esquivado

La feligresía cubana esperaba un sermón más firme sobre la posición del Papa frente a temas como el exilio cubano, el embargo por parte de Estados Unidos, pero el Supo Pontífice fue cauto y tibio sobre esos asuntos.
El Papa Francisco escogió este domingo una tibieza inédita para su sermón en la misa en la plaza de La Revolución de La Habana. Su homilía más esperada, pronunciada en presencia de Raúl Castro y bajo la famosa efigie del Che Guevara —el santo laico de la revolución—, evitó cualquier referencia al exilio, la disidencia política o el proceso de acercamiento a Estados Unidos. Jorge Mario Bergoglio defraudó las expectativas mediáticas en beneficio de sus negociaciones privadas con Raúl Castro y, en las próximas horas, Barack Obama. Después de la misa, el Papa visitó a Fidel Castro.
No se metió al berenjenal

El Papa argemtino fue extremadamente diplomático para abordar duranate su visita a Cuba los temas sociales y la difícil situación económica por la cual atraviesa la isla de Fidel.
Lo único que llamó la atención del sermón de Bergoglio fue la ausencia —calculada, sin duda— de la más mínima alusión, ni explícita ni entre líneas, a la situación política y social que atraviesa Cuba. Más evidente todavía porque, en las horas previas y aun en los aledaños de la plaza, la policía detuvo a las decenas de activistas que intentaron explicar su situación al Papa. La homilía fue solo eso, un sermón en el que un pastor pide a sus fieles, una multitud muy alegre y muy vigilada, que sirvan a las personas y no a las ideologías. Muy poco, por el momento, para un viaje tan largo.
“La importancia de un pueblo, de una nación, la importancia de una persona siempre se basa en cómo sirve a la fragilidad de sus hermanos. El servicio nunca es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas”, explicó el Papa. Y así 20 minutos, con Raúl Castro y sus colaboradores en actitud de recogimiento, tanto o más sentido que el de la presidenta argentina, Cristina Fernández, una fan de Bergoglio que lo sigue allá donde vaya.

Serias dificultades tuvo el Papa Francisco con la fuerte brisa habanera que, groseramente, quiso arrebatarle sus más preciadas y sagradas prendas.
Fernández, con una gran pamela, fue la única dama de blanco a la que se permitió acercarse a Francisco. Berta Soler, la líder del movimiento opositor Damas de Blanco, explicó: “La Seguridad del Estado nos arrestó a mí y a otras 25 personas para que no se escucharan nuestras propuestas. A mí me detuvieron dos veces, el sábado por la tarde para que no accediera a la Nunciatura Apostólica [residencia del Papa durante su estancia en La Habana] y la mañana del domingo para evitar que fuera a la misa”.
Otros activistas contrarios al régimen también fueron bloqueados por “las brigadas de respuesta rápida”. La cadena Univisión logró grabar un vídeo de los arrestos y lo colgó en su página web, que el régimen bloqueó a conveniencia. También el líder de la Unión Patriótica de Cuba, José Daniel Ferrer, denunció la detención de los opositores.
Preguntado en las horas previas el padre Federico Lombardi, portavoz del Vaticano, si el Papa pasaría de largo por Cuba sin recibir a los disidentes ni abordar la cuestión, el jesuita respondió que “no todo en la visita del Papa son discursos públicos; también hay asuntos que se tratan en privado”, dando a entender que Bergoglio estaría mediando a favor de la oposición, pero lejos de los medios y la polémica.
De hecho, al concluir la misa, el cardenal Jaime Lucas Ortega, arzobispo de La Habana, no solo agradeció al Papa sus gestiones a favor del acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, sino también su impulso para la superación de las disputas internas. “Para alcanzar”, dijo, “en espíritu cristiano de perdón y misericordia, la anhelada reconciliación entre todos los cubanos, los que vivimos en Cuba o fuera de Cuba”. El arzobispo se convirtió en el único de los presentes, incluidos Castro y Bergoglio, en referirse, aunque sin nombrarlas, a la disidencia y el exilio. La famosa efigie del Che, a la izquierda del altar, y el monumento al independentista José Martí, a la derecha, terminaban de componer la coreografía de una mañana de domingo en La Habana.
Tras esas palabras, el Papa dedicó a la situación en Colombia el mensaje que tradicionalmente precede al rezo del Angelus. “En este momento, me siento en el deber de dirigir mi pensamiento a la querida tierra de Colombia, consciente de la importancia crucial del momento presente, en el que, con esfuerzo renovado y movidos por la esperanza, sus hijos están buscando construir una sociedad en paz”, señaló el Pontífice.
Francisco añadió: “Que la sangre vertida por miles de inocentes durante tantas décadas de conflicto armado (…) sostenga todos los esfuerzos que se están haciendo, incluso en esta bella isla, para una definitiva reconciliación. Y así la larga noche de dolor y de violencia, con la voluntad de todos los colombianos, se pueda transformar en un día sin ocaso de concordia, justicia, fraternidad y amor (…). Por favor, no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación”.
No tenemos derecho a permitirnos otro fracaso en Colombia
Al final de la misa en la plaza de la Revolución, el Papa leyó el mensaje que inicialmente había previsto dirigir a los fieles durante el rezo del Ángelus. «En este momento me siento en el deber de dirigir mi pensamiento a la querida tierra de Colombia, «consciente de la importancia crucial del momento presente, en el que, con esfuerzo renovado y movidos por la esperanza, sus hijos están buscando construir una sociedad en paz». Que la sangre vertida por miles de inocentes durante tantas décadas de conflicto armado, unida a aquella del Señor Jesucristo en la Cruz, sostenga todos los esfuerzos que se están haciendo, incluso en esta bella isla, para una definitiva reconciliación. Y así la larga noche de dolor y de violencia, con la voluntad de todos los colombianos, se pueda transformar en un día sin ocaso de concordia, justicia, fraternidad y amor en el respeto de la institucionalidad y del derecho nacional e internacional, para que la paz sea duradera. Por favor, no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación”.
Su primera misa y sus verdades
En algún momento poco antes o poco después de las ocho de la mañana, en la Plaza de la Revolución de La Habana, laspeaker, una locutora que daba indicaciones a la gente antes de que llegase el Papa, indicaciones, instrucciones y comentarios de interés general, se animó a subrayar la importancia de la palabra misericordia en la vista de Francisco, que para su encuentro con el pueblo cubano se ha autodesignado como El Misionero de la Misericordia.

Con su sonrisa cautivante y su carisma para llegarle con suma facilidad al pueblo, el máximo jefe católico mundial capeó todas las preguntas de los reporteros enviados desde todos los rincones del mundo.
Es muy importante la palabra, dijo la locutora. Misericordia. «De mis –enviar–, cordia –corazón–. Enviar el corazón». Su bisturí etimológico no estaba del todo afinado. En realidad misericordia viene del latínmiserere, sentir compasión, y cor de corazón, y la traducción franca sería compadecerse. Tras el inciso lingüístico la locutora también dio una directriz de buenas costumbres cristianas: «Por cierto», dijo, «las cenizas de los difuntos se entierran, no se lanzan ni se esparcen en ningún lugar».
En esos instantes de espera, un joven bronceado de ojos verdes (en Cuba hay ojos muy verdes) respondía de manera desconcertante a la pregunta de si el materalismo ateo preconado por la Revolución castrista había calado en el pensamiento popular: «Eso siempe ha estado. Viene de muy antiguo. Siempre ha habido muchas otras religiones como esa, pero todas comparten el mismo Dios».
Si lo hubiera escuchado, a Francisco, un Papa con sentido del humor, seguro le habría gustado.
Por allí andaba un veinteañero llamado Max Barbosa que respondió más al caso: «En las escuelas nunca se ha enseñado materialismo ateo. Lo que ha enseñado la Revolución es justicial social».
Ya faltaba menos para que llagase el Santo Padre. En la Plaza de la Revolución. Donde todavía resuenan miles de horas de proclamas de Fidel Castro. Donde observan desde las fachadas de dos ministerios Ernesto Guevara, el mito rebelde, y Camilo Cienfuegos, el guerrillero del pueblo.
Con las gafas de sol subidas a la gorra, Lázaro Manuel Rodríguez, de 59 años, decía que la visita de Francisco le parecía oportuna: «Nuestro papá Fidel Castro nos enseñó a ser buenos cubanos, pero ahora necesitamos que el mundo también nos apoye contra el bloqueo».
Nuestro papá Fidel Castro nos enseñó a ser buenos cubanos, pero ahora necesitamos que el mundo también nos apoye contra el bloqueo
Lázaro Manuel Rodríguez, de 59 años
Acto seguido añadió: «Mis padres son de Pontevedra y tengo pasaporte español».
Y al fin, se escucha a otro locutor: «Queridos hermanos, el papa Francisco está en la plaza. Bienvenido, Misionero de la Misericordia». Aplausos. Algunos. Porque la plaza no se llenó. Hubo aire entre los fieles.
Uno de ellos venido de Miami. Se había exiliado en 1966 con 12 años y volvió a Cuba por primera vez en 49 años el viernes pasado. Benito Quevedo, 62 años. Vino con la Arquidiócesis de Miami. No habla con la locuacidad de un cubano sino con la prudencia de un anglosajón.
Cuenta que es empresario del sector de la aviación. Lo acompaña su hija. Dice que tal vez en un futuro le gustaría invertir en su país de nacimiento. «Yo soy republicano, católico y de Miami pero no apoyo el embargo. Espero que en los próximos dos o tres años mi partido se decida a desmontarlo».
El Papa llegó y dio una vuelta por la plaza en el papamóvil entre la gente. En el suelo había salpicadas por aquí y por allá páginas del diario Granma. Periódicos de ayer, diría Héctor Lavoe.
Titulares pisados pero que siguen hablando de la realidad de un país.
No lo esperado, pero llovió de Oriente a Occidente.
Cooperantes cubanos mantienen prestaciones sociales en zona de diferendo fronterizo.
Villa Clara: beneficiarán con tarjetas magnéticas a jubilados.
El Papa circulando en su papamóvil y el coro cantando.
Francisco es la nueva luz
una luz en el camino…
Y otra noticia de Granma en el suelo.
¿Quién le pone la tapa al dulce?,dice un titular de 2013 que ha acabado alfombrando la misa de Bergoglio. El reportaje comienza con una crítica que probablemente no hubiera sido tan directa hace unos años en el diario del Partido Comunista de Cuba: «Parece increíble, pero es cierto. Una moderna máquina utilizada en la fabricación de la crema de guayaba, adquirida a un costo superior a los 180 mil dólares, permanece inactiva hace más de tres años por la falta de la tapa que sella el envase original. Eusebio Corrales Ariosa, uno de los obreros que durante algún tiempo operaron el equipo, siente un tremendo dolor cuando piensa en la posibilidad de que algo tan valioso se eche a perder producto de la inactividad y la indolencia». Dos elementos del discurso reformador de Raúl Castro recogidos en el arranque de un artículo oficial: la necesidad de una cierta autocrítica y sobre todo de producir.
El locutor pone orden. «Vamos a iniciar la celebración de la Santa Misa. Les recordamos que se debe evitar interrumpir al Santo Padre con aplausos. Así mismo no se deben ondear banderas ni carteles, pues estos distraen la celebración del Santo Sacrificio de la Misa».
Francisco habló y oró. El pueblo cubano congregado en la plaza escuchó. Le atendía desde lejos una mujer de color con un apellido inversamente proporcional a la dulce mirada con que lo observaba: Regla Asunción Odio Hernández, de 59 años, «nieta de un africano de una tribu lukumí y otro francés».
Por eso de ser nieta de lukumí, y por ser una señora de color con una especie de turbante en la cabeza, tuvo que aclarar que no, que ella no es santera: «Yo fui bautizada en una iglesia católica, aunque tuve un padrino que se empeñó en que yo tenía que ser yoruba. Pero cuando crecí no me gustó esa religión. No me nace. La que me gusta a mí es la católica. De lo yoruba no me gustan los bailes ni los cantos ni la forma esa de ellos de bilongo pacá y bilongo pallá».
¿Qué es bilongo?
Se ríe: «Son los hechizos que se echan. No me gustan los hechizos. Me gusta que todo el mundo se lleve bien y que viva en paz», dijo la señora Odio mientras hablaba El Misionero de la Misericordia.












