Mi padre hacía más la siesta para soñar que para dormir.
Por: Óscar Flórez Támara
Empezaba a emborrachar sus ojos en el viejo taburete de cuero, y más tarde pasaba al vientre de una hamaca colorida donde daba rienda suelta a su imaginación soñada. Yo de niño lo observaba entre travesuras y curiosidad. Y desde sus palabras enrarecidas lograba descifrar sus sueños. Él lo hacía en voz alta y pausada. Casi masticando las palabras con una solemnidad de respeto o reverencia. Yo, con cierto sigilo lograba acercar el oído a sus labios para escuchar mejor sus conversaciones. Y en verdad que me enteraba de su pasado, de cosas presentes que lo intrigaban y de cosas futuras que presagiaba. El abuelo era la persona con quien más dialogaba, desde la otra dimensión donde se encontraba.
“¿Por qué crees abuelo que la juventud haya perdido la fe y la esperanza en estos tiempos de confusión y violencia?”. Escuché la pregunta en el más profundo sudor de la siesta. Nunca pude saber con certeza si el abuelo le dio una respuesta a mi padre. Sé que el soñador siguió su camino.
Padre, me atreví a despertarlo. Tengo rato de estar a tu lado y me gustaría saber algo más sobre lo que soñabas. Está bien, me contestó satisfecho. Hoy logré aclarar otras cosas que tenía pendiente charlar con el abuelo. Me fue difícil conectarme nuevamente con él por su estado de preocupación y desencanto en que se encuentra.
¡Qué cosas bellas y extrañas tiene el sueño, afirmó mi padre! Sí padre, le confirmé. Pero cuénteme ¿qué conversabas con su abuelo? No tan de prisa, hijo. Comprende que la vida no es de velocidad sino de resistencia, contestó.
Empezaré por decirte fragmentos que aún recuerdo. Es de informarte que el abuelo está preocupado por la indiferencia y la desconfianza que están mostrando muchos de nuestros jóvenes en la ahora presente. La pérdida de fe y esperanza que se nota en ellos es debido a que no creen en nadie, ni en el presente que se les esfuma y el futuro que no ven llegar.
A ellos no se les está formando para que construyan su propio destino, sino para que continúen recorriendo los mismos caminos que nosotros hemos recorrido, cargando la cruz ensangrentada y odiosa de las pasadas generaciones. Los abrumamos con amarguras, miedos, inseguridades, odios y pesares en vez de prepararlos para la alegría. Nuestras jóvenes generaciones le temen el tener hijos. Sus miedos van más allá de su propia subsistencia, de su acomodamiento digno dentro de una sociedad que no los respeta que desde el capullo de la niñez los baña de inmundicia. Se les maltrata y se les arrebata toda esperanza, de allí parten sus mayores flaquezas en el enfrentar la vida. Son apartes de las reflexiones que hacía el abuelo. Me dijo.
Mi padre guardó silencio. Llegó el tiempo de despedirme y quedamos citados para otra oportunidad.











