Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa
Foto por: Giovanni Gabriel Sánchez De la Ossa
Dejé de ir al parque durante un tiempo. Poco más de un par de semanas. Suelo ir al parque Cisneros, que me queda a tres cuadras de donde vivo.
En la senda hacia allá se me va cumpliendo un vibrante ritual de saludos con la vecindad, por lo general habitantes de vieja data, pensionados, también es un tránsito de familiaridad con aves canoras, ardillas, tenderos, jardineros y vendedores de tinto, de plantas ornamentales y de frutas que inician su faena diaria.
El caso es que, por no ir al parque así fuera menos de un mes, fui sorprendido por cambios a primera vista imperceptibles pero que estaban ahí, interrumpiendo el circuito natural de mi rutina.
Había cosas desaceitadas del ritual:
¿Dónde está la vecina que me ofrece tinto del que ella misma muele?
¿Dejó de venir al parque el profesor vallenato que traía el balón para echar un picadito?
Hace un par de días que no veo a la madre e hija que caminan juntas como si fueran en Fórmula Uno.
Mi ritual en el parque consiste en dar primero un par de vueltas a su alrededor. Desde que llego a la esquina voy de inmediato observando si están los que conozco, me percato de que eso es un acto instintivo de sociedad, de sentirme protegido, perteneciente, familiar, activo socialmente. También busco a la mujer bonita, que varía según la diaria mirada, veo que tengo un fetiche con la ropa deportiva.
Algo no cuadraba con lo habitual, que la mayoría de las presencias comunes no estaban. Entonces, la mente por instinto empezó a detallar qué cosas de la estructura rutinaria sí estaban, para aferrarse a lo conocido, y de esa manera ahorrar energía que la incertidumbre absorbe. El parque era el mismo, sus andenes, sus máquinas de ejercicio físico, sus bancas, las canchas, los jardines, el CAI; así que acomodarme era cuestión de pasear de nuevo por sus senderos y respirar… respirar y andar…
En esas anduve hasta que empecé a observar cómo la lluvia había hecho también sus cambios, volviendo mucho más frondosa la copa de los árboles y haciendo crecer la hierba. Noté que no todo lo que había cambiado era una ausencia; había cosas nuevas que rompían el molde de mi acomodamiento mental.
Ese fue el cambio fundamental de mi paseo, lo que trascendió luego de reflexionar la experiencia mental, que también fue física. El sabio Heráclito de Efeso lo dijo hace milenios de una manera poética brutal: “Nadie se baña dos veces en un mismo río”.
De esa misma manera yo, por un lapso de interrupción, vi que al cumplir una rutina de parque podía afinar mi relación disciplinada con lo cotidiano y aprovechar ese lapso para abrirme a la sorpresa de cada detalle, como un acordeón energético que logra la conexión sentimental conocida para la mente y el cuerpo, y luego rompe esa ilusión de continuidad con un chispazo de lo nuevo.
Uso esa metáfora del acordeón porque mi hermano, El hijo del Búho, me enseñó hace poco que los músicos vallenatos tienen entre su argot una expresión muy propia para llamar a los detalles instrumentales que rompen el molde, que embellecen un arreglo, que le dan el toque especial a una canción: “Compadre, póngale un brujecito ahí en esa melodía, pa’ que se escuche distinto”.
Ese brujecito es una metáfora de cada uno de los detalles que fueron saltando en el Parque Cisneros esta semana que volví, que le ponen más encanto al placer de comenzar el día.












