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Detrás de las aletas de tiburones, el deseo carcinomatoso

Por: Jorge Guebely

Inquietante metáfora la de mi perro “Chanda”, no tuvo suerte con su instinto de engendrar vida. Se enfrentó a un respetable dóberman por los celos de una hermosa dóberman. Lo zarandearon, le destrozaron el cuello, murió algunos días después.

No hubo creolina en el mundo capaz de neutralizar la voracidad de los gusanos. Lo carcomieron, lo dejaron en los huesos forrados en seco cuero.

Gusanos salvajes devoraron a mi perro. No les importó si el final de la “Chanda” significaba su propio final. Perecieron con sus panzas llenas. Quizás creían oscuramente que devorando alargarían sus vidas; en verdad, acercaban la muerte. Pero nadie les quitaría el placer de la trituración.

Tampoco el planeta tiene suerte con la especie humana. Como a los gusanos, la contamina el mismo instinto depredador, Tánatos según Freud. Instinto vandálico de acumular hasta morir, devastador impulso llamado eufemísticamente “crecimiento”.  

Nada detiene la voracidad de un capitalista, su afán insaciable de llenar con sangre su expansiva panza. De “bacilos” los califica Arthur Schnitzler, escritor austriaco. Lo confirma Rivera: “No obstante, es el hombre civilizado el paladín de la destrucción”.

Alienados, esas larvas pensantes se embriagan con la acumulación, estallan en el venenoso regocijo de tener. Confunden, en su enajenación, tener con ser, poseer con vivir. Su codicia los rebaja a la condición de gusanos depredadores.

Para ellos, el dinero lo es todo. Por él, proliferan las guerras, el negocio de las armas, primero en el ranking mundial. También el tráfico de droga, segundo en el mercado internacional. La trata de mujeres, tercer lugar, el productivo mercado de la prostitución. Las aletas de tiburón, cuarto lugar, para estimular los deseos sexuales a la actual clase media china. 73 millones de tiburones anualmente cercenados en el mundo por el siniestro negocio.

Ninguna suerte para los tiburones del Pacífico colombiano. Pescadores artesanales los atrapan, los suben en sus elementales embarcaciones, les cortan las aletas, los devuelven incompletos al mar donde van a morir. Toneladas de aletas se las venden a Fernando Rodríguez, hijo de Gilberto Rodríguez, capo del Cartel de Cali, por ridículo precio, quien las procesa, las camufla y las negocia en Hong Kong. Su codicia capitalista contribuye con la extinción de tiburones. Pavoroso negocio, como tantos otros, donde el dios dinero prima sobre la vida de seres humanos y del Planeta.

Muchos capitalistas exitosos son peligrosos. Sus éxitos semejan células cancerígenas mascándose el Planeta, depredación llamada crecimiento para llenar la barriga de unos pocos y la muerte de todos. “Lo que hoy llamamos crecimiento es en realidad una proliferación carcinomatosa…”, afirma lúcidamente el filósofo surcoreano, Byung-Chul Han.

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