Analicemos nuestro actuar y generemos una discusión que vaya más allá de un simple Show Mediático.
Por José Fernando Salcedo
El pasado primero de Enero comenzó con la alegría de la antesala del Carnaval, manera de iniciar un 2018 cargado de proyecciones. Pero todo terminó con el cierre por parte de la Policía de la Rueda de cumbia, ubicada en el tradicional Barrio Abajo, y de ‘La Troja’ a las 11:00 de la noche, ambos motivados por el actual Código nacional de Policía y convivencia. Este último cierre ha generado una discusión en la cual hasta la alcaldía se ha manifestado, sentando su posición en contra del cierre y de la suspensión por 10 días. Una avalancha de mensajes en redes sociales mostró indignación y protesta, pero otros dieron apoyo al cierre. Nadie se escapó de hablar del tema.
Se llegaron a proponer plantones y hasta boicots, para recuperar el “patrimonio cultural barranquillero”. Lo que me genera sorpresa; creo que los barranquilleros se muestran más sensibles ante hechos como este, más que por los feminicidios que ocurren en nuestra ciudad, la subida paupérrima del salario mínimo o la crisis de democracia que hay en la arenosa. Tenemos una cultura política que se parece a nuestra cultura ciudadana, mediada por la farándula y la indignación mediática.
Para nadie es un secreto que estamos ante una ciudadanía apática. Este hecho demostrado en los espacios de formación ciudadano y de acción colectivo, siempre somos los mismos con las mismas. Ya uno se aburre de ver las mismas caras en las reuniones, ya nos conocemos los discursos y los hechos al derecho y al revés. La conciencia política barranquillera demuestra un rechazo por el debate lo fundamental, por ejemplo; la defensa de los derechos humanos, la apropiación colectiva del espacio público, la democracia, y un control social a la administración distrital o el medio ambiente. Por otra parte, Hay zonas de nuestra ciudad donde se piensa que las juntas de acción comunal no sirven para nada, porque como pertenecen a la clase media, eso de reclamar, organizarse y defender lo suyo, “es cuestión de las clases bajas”.
Nuestro patrimonio cultural y arquitectónico está tan raquítico como nuestra propia memoria de ciudad. Hemos dejado que la modernidad impuesta por unos cuantos, arrase con nuestra propia historia, con nuestros antepasados llegados desde diferentes puntos cardinales del mundo. Dejamos convertir al carnaval en una expresión del clasismo, el racismo y otros males que aquejan a nuestra sociedad. Necesitamos una revolución de la conciencia que logre un nuevo pacto ciudadano, en el que se le de importancia a lo que es realmente importante.













