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De Cómo maté a mi padre, de Sara Jaramillo, a la despedida con vestido verde para un abuelo feliz

Por Isabella Sanabria – @librecaminante__

No sabía que podía leer tan rápido ni que mis ojos fueran capaces de asimilar tanto en tan corto tiempo.

No tuve tiempo ni de rallarlo ni de doblar las esquinas de las páginas ni de escribir notas ni asteriscos ni mensajes en los espacios en blanco.

Solo paré para almorzar. 5:00 de la tarde. Regresé al piso de la sala y seguí leyendo. Se me enfrió el café. La galleta no la toqué.

252 páginas después, acerté en el presentimiento. La luna ya brilla. Estoy arropada, el mar en mis ojos, la pijama puesta. Me sumergí en estas líneas como si fuera mi propia historia. Qué duro. Qué fuerte. Qué injusto. Qué real.

Se me arruga el corazón. Lo aprieta una mano invisible que abre un vacío por dentro. Se llena ese espacio de aire, un aire que asfixia más de lo que alienta.

Recordé a mi abuelo, a mi abuelo al que sí pudimos cremar. El día de su misa también fui de verde. Me rehusaba a usar negro. Si su vida fue alegre, así también recordaría su muerte.

Recuerdo la última vez que hablamos. Fue por video. Mi mamá estaba destrozada, yo estaba lejos y apenas me enteraba. Ya llevaba en la clínica varios días. Entró mi mamá al cuarto, él acostado, le acercó el celular que tanto odiaba y me dijo entre dientes y con voz delicada: “mija, te estoy esperando para escucharte los cuentos”.

No me esperó. Llegué y mi abuelo ya no estaba. Su cuerpo seguía latiendo, pero él no estaba. Y si no está, pero sí estuvo, ahora, ¿en dónde está?

Mi abuelo no decía adiós antes de colgar el teléfono, decía que no era necesario si ya había terminado de hablar. Así también le dije en esa misa que vestía de verde, que no me despediría de él, que aunque quisiera no sabría cómo hacerlo.

Recuerdo a ese abuelo y a mi otro abuelo que la verdad no recuerdo; uno murió de viejo y por vivir la vida buena; y el otro, la vida, la violencia, la injusticia, o quién sabe qué, se lo llevó mucho antes de tiempo. La mano invisible lo desapareció de la tierra.

Recuerdo a mis dos abuelos.

Si la muerte habita en la vida, supongo que también se encuentra vida en la muerte. Al menos así no se siente tan lejos el cielo.

Gracias por lo que sólo pueden las palabras.
@sarimillo @angostaeditores

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