Un ambientalista, conciliador, culto, y muy entregado al estudio científico de la vida vegetal y una mejor nutrición.
Por Rafael Sarmiento Coley/con apoyo de Heberto Amor
“Esos son los misteriosos designios de Dios”, diría José Saramago ante la inesperada muerte de Manuel Herrera Espinosa, un barranquillero incansable investigador ambientalista, amante de la naturaleza, de la vida sana, de espíritu sereno y tranquilo y providencial asesor para ingerir los alimentos más saludables para el organismo y, especial, para mantener las defensas bien altas contra todo virus o bacteria o cualquier otro intruso visitante al cuerpo humano.
Para ello fundó con su primera esposa Gloria Gutiérrez de Herrera, el primer restaurante dietético 100%, y, además, un completo almacén en donde su numerosa y amigable clientela podía adquirir los artículo para una dieta completa, sana y nutritiva.

Al margen de esa actividad en El Huerto, fundado en 1986, Manuel Herrera, como un auténtico científico del medio ambiente, prestó con eficiencia, lo que se denomina “el servicio civil obligatorio”, como asesor del Constituyente de 1991 Eduardo Verano De la Rosa, y luego en el Ministerio del Medio Ambiente. El primer ministro de la recién creada Cartera fue Verano De la Rosa, y allí estuvo Manuel Herrera. Luego hizo un recorrido por las entidades del medio ambiente del Departamento del Atlántico, del Distrito de Barranquilla y de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA).
Hizo un acto en su viaje por el ambientalismo para ocupar el cargo de jefe de la división financiera y administrativa de Telecaribe, en donde se le recuerda como hombre sabio, prudente, enemigo de la algarabía y la discusión fuera de tono. Porque, entre otras cosas, eso lo había impuesto desde 1986 en El Huerto, convertido con el tiempo en un ameno e interesante tertuliadero de amigos.
Sus retoños
Con su primer matrimonio, Manuel Herrera y Gloria Gutiérrez quedan tres hijos: Ricardo Herrera Gutiérrez (33 años, músico profesional ejecutante del contrabajo y la flauta), Carlos Manuel (44 años, también músico ejecutante del saxo y la gaita en una sinfónica de Canadá), y Manuel José 35 años, ingeniero civil, vinculado a una multinacional en Canadá.

De los tres hijos de Manuel Herrera Espinosa –hijo a su vez de Manuel María Herrera Cunha y de Josefina Espinosa Martínez–, quien más se nutrió de la bohemia musical barranquillera fue Ricardo, quien estudió contrabajo y la flauta en la escuela de música de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico.
Por esa época fue pieza vital en los comienzos del grupo comandado por el guitarrista, compositor, arreglista, editor, director y productor Julián Andrés Sarmiento Figueroa. Junto con Keren Vargas, una joven barranquillera de estupenda voz afinada y muy apropiada para el proyecto musical del grupo que en un comienzo se denominó Guayaba Club, del cual hicieron parte: Ricardo Herrera en el contrabajo, Miguel Ángel Altamar ‘Morocho’, un percusionista que ahora triunfa en Alemania en las mejores bandas populares; Julián Andrés en la dirección y primera guitarra. El mayor éxito era el acoplamiento que logró el Guayaba Club, con una cantante extraordinaria que dominaba de manera perfecta el idioma portugués, lo que le permitía interpretar los mejores éxitos de la rica cultura musical del Brasil.
Luego el grupo se creció con el ingreso en los timbales de Camilo ‘Tete’ Sarmiento, y del tremendo sonero de música cubana, el barranquillero Jan Massilli, Entonces el grupo pasó a llamarse ‘La Mrgarita’, siempre con Keren Vargas como cantante estelar, y Julián Andrés como director y primera guitarra. La agrupación, cuando solicitaban un grupo ‘cubanizado’, se presentaba con el nombre de ‘Bohemiam Club’, con la voz líder de Jan Massili y la samba y el soul de Keren Vargas.

No llegó a tiempo
La parte triste de esta historia es lo que le ocurrió a Ricardo Herrera. Cuando se enteró que su padre había enfermado, de inmediato empezó los trámites. Quería verlo en vida. Despedirse de él mirándolo a los ojos. No pudo cumplir ese deseo. La pandemia que tiene de rodillas a la humanidad lo ha trastornado todo, y, cuando por fin pisó tierra barranquillera este domingo, ya Manuel Herrera había dado su último suspiro, al lado de su segunda esposa, la abnegada Alcira Devia, una mujer que por varios años fue su brazo derecho en el tertuliadero ameno y restaurante vegetariano El Huerto. Sitio de grata recordación por las sabias conversaciones que brindaba su anfitrión, el querido Manuel ‘Mane’ Herrera Espinosa. Es algo que en Barranquilla se ha ido perdiendo. Ese acercamiento fraterno de los dueños de un restaurante con los comensales. Como lo fueron ‘Mi Vaquita’, ‘Donde canta la rana’, ‘El Shop Swip’, ‘El Merendero’, y qué no decir de la amabilidad. la cultura y decencia de Devis De la Cruz en su ‘Gran Paella’. Ahora la ciudad se ha llenado de restaurantes de garaje atendidos, con sus consabidas excepciones, por gente montañera que viene de lejanos pueblos y tratan al comensal con ese desdén del propio corroncho, como si en vez de restaurante tuvieran un lupanar para amores de paso.
Paz en su tumba, y nuestras sinceras condolencias para Gloria (hoy señora de Spencer, por su segundo matrimonio en Estados Unidos); Alcira Devia, su actual esposa y férrea compañera de lucha, y sus admirables hijos Ricardo, Carlos Manuel y Manuel José.
Se necesitan muchos Toño Martínez
Recuerdo que muy jóvenes, en largas jornadas etílicas, entre risas, bromas nos poníamos a conversar dejándonos invadir por la música nos cogía el alba, hasta cuando vencidos por los efectos del licor nos quedamos “privados” como él decía , y el mensaje de Toño, siempre era sin controversias, sin entablar discusiones, tuviera o no la razón, pues era moderado no imponía «sus razones», sino «la razón», pues tenía la capacidad para establecer conceptos y obtener conclusiones; lograba convencer a la gente de que cambiara su punto de vista sin dañar la relación; con su amabilidad y compasión, mostraba respeto por la otra persona a pesar de no compartir las mismas ideas, conceptos y valores. Expresaba su opinión con honestidad, pero sin esgrimir, esto es: sin desenvainar la espada, evitando ser brutalmente honesto porque sabía que podía ofender, como expresaba: “Piensa todo lo que digas y no digas todo lo que piensas».
Recuerdo también, que jóvenes andábamos juntos y me invitaba a “conocer el mundo” que era salirnos del estrecho circulo de familiares y amigos “placeros”, para relacionarnos con todas las personas del pueblo y departir con ellas, se convertía en un comunicador diplomático, nunca usó un tono petulante o altanero, además evitaba hablar pontificando, como si tuviera la verdad universal. Cuando dominaba el tema no abusaba de este conocimiento ni lo usaba para pasar sobre lo demás, ni los menospreciaba, ni señalaba las carencias ajenas, no abusaba de su superioridad en ese sentido, era gentil y sobre todo trataba de agregar valor aportando, sus anécdotas, su conocimiento desinteresadamente, ¡cuando se lo pedían! Nunca se sintió ofendido, ni molesto o enojado cuando sus opiniones se cuestionaban, o cuando sus comentarios se rechazaban o se ponían a debate.

Toño nos ha dejado un gran legado y si bien, estamos tristes y hay que llorar porque es el modo de expresar las cosas, que no pueden decirse con palabras; también debemos despedirlo con una ovación porque se fue de esta vida como un triunfador y eso es lo principal, hay que imitarlo, en su honestidad, en su honradez, en su don de gentes, en su inteligencia emocional, que radicaba precisamente en esa capacidad innata de saber cómo crear relaciones, de saber cómo relacionarse y gestionar las emociones propias y ajenas. En Saber resistir los fracasos y volver a intentarlo.
¡Cuántos Toño Martínez, necesitamos en esta época de tanta convulsión social!, para que allí donde existe el asesinato fratricida de nuestros líderes sociales, en manos de criminales violentos estos desaparezcan al ser reemplazados por hombres pacíficos y empáticos, como era Toño; en esta época de tanta corrupción y pillaje e indiferencia hacia las personas que padecen las penurias y los estragos del hambre por el confinamiento social, aparezcan los Toño Martínez, honrados y solidarios con el necesitado.
In Memoria de Aurelio Antonio Martínez Picalua
La muerte ese infinito horizonte que se nos escapa a cada instante, desorden y orden sintetizados, fragmento dislocado que se diluye en la historia, en la vida, en nuestro ser. La Biblia nos enseña que la hora de la muerte hace olvidar todos los placeres, al acabarse la vida de un hombre es cuando sus acciones se aprecian, por ello nos manda que no proclamemos feliz a nadie, mientras la persona no esté muerta ya que la conocerás solo al final.
La muerte que nos limita y nos define nos a arrebatado a un ser querido, al hijo de Don Aurelio Martínez y Doña María del Carmen Picalúa, al fraternal hermano de Jorge, Lucila, Alberto Juancho y Lourdes, al esposo fiel de Carmencita Berdejo, al padre ejemplar de Aurelio y Kemis, al compresivo y conciliador familiar, al amigo incondicional y solidario, al ciudadano respetuoso, al buen conversador e insaciable lector eso y muchos más, era desde la perspectiva de muchos familiares y amigos, “ Toño” Martínez Picalúa.
Toño como lo llamábamos cariñosamente quienes lo conocimos, convivimos, nos formamos en el mismo colegio, nos divertimos, disfrutamos de su presencia, era de esas persona alegres y dicharacheras, que como las moneditas de oro le caía bien a todo el mundo, no voy a caer en la imperdonable zalamería de concluir que Toño era perfecto, ¡No!, como humano tenía sus virtudes y sus vicios, sus anhelos y frustraciones, sus triunfos y sus fracasos, sus aciertos y equivocaciones; haciendo un balance de su vida social, forzoso es concluir que era un hombre bueno, transparente, sabía uno a qué atenerse con él, en medio de este mundo plagado, de violencia, traiciones, corrupción, él fue un hombre honrado, honesto y pacífico, jamás lo vi pelear con nadie, siempre vivió en paz, con los demás, fue fiel a sus convicciones y un hombre de palabra.











