Si de algo estamos contentos los nacidos en esta hermosa capital, es la certeza del deber de fructificar aquí, y no en otra parte, por la sencilla razón de que esta es una ciudad superchévere.
Por: Padre Rafael Castillo Torres
Atravesar el Camellón de los Mártires, en cuanto referente simbólico de mi ciudad, es para mí un acto sagrado. Es reconocer que semillas buenas en tierra buena no producen miseria sino frutos abundantes y sabrosos, que no dependen del tiempo de la cosecha sino de la necesidad de la gente cartagenera y de los que les gusta venir, pasarla bien y quedarse con nosotros. Nuestros mártires son una voz primera, y una voz última. Primera, porque dieron vida a la ciudad, última porque dieron la vida por la ciudad. Dando vida fueron libres expresando sus convicciones, pero también supieron enfrentar las fuerzas de la muerte, muerte negadora de identidad y de memoria.
Pero Cartagena no solo es la memoria de sus mártires, también es la ciudad hacedora de santos como Pedro Claver, Santa María Bernarda Bütler, San Luis Beltrán y el santo Obispo Eugenio Biffi, ya en camino de canonización. Ellos, para Cartagena, no sólo han sido buen pan, sino también levadura de santidad. Recuerdo siempre las palabras de san Juan Pablo II en el campo de Chambacú aquel 6 de julio de 1986, refiriéndose a Pedro Claver: “Esta ciudad de Cartagena fue testigo de la vida asombrosa de San Pedro Claver, un martirio continuado de casi 40 años demostrando al mundo cómo la fuerza de la fe y la gracia del sacerdocio purifican y perfeccionan la entraña de una cultura”.
Los cartageneros y cartageneras, además de vivir nuestra fe con alegría también vivimos nuestra identidad y nuestro acervo cultural. Escuchar Soy getsemanisense, de Lucho Pérez, cuando dice: “Soy orgulloso de ser getsemanisense que dicha grande ser nacido en Cartagena”, es sentir nuestras raíces más profundas; es saber que no estamos en el lugar equivocado sino en lo mejor que nos ha podido pasar, en esta ciudad de mar, llena de alegría y espontaneidad donde la conversación callejera se hace gentileza y hermandad y donde lo más importante para todos nosotros, mas allá de la comida que hay que comprar y los servicios públicos que hay que pagar, es sentirnos chéveres con todo el mundo.
Tengo un círculo de amigos que con alguna regularidad tenemos encuentros de comensales de empanadas chinas con Kola Román en el Polo Norte en el Centro Histórico; y lo hacemos por tres motivos: porque nos gustan y son parte de Cartagena; porque es lo que nos prohíben en la casa y porque cualquiera paga sin problemas lo que el otro se comió. Esa alegría del encuentro alrededor de cosas simples es la que cautiva, entusiasma y hace que tengamos un corazón agradecido con esta ciudad heroica donde vive gente muy buena.












