Por Jorge Guebely
¿Cómo hacen para que visibilicemos tantos venezolanos por calles y carreteras colombianas, niños en brazos, maletas en hombros, huyendo del régimen chavista, e invisibilicemos ocho millones de campesinos colombianos, desplazados, despojados de sus pertenencias, malviviendo bajo puentes urbanos?
¿Cómo hacen para hacernos creer en nuestra democracia, la más sólida y tradicional del continente, sin notar la permanente elección de la misma élite a través de sus políticos conservadores o liberales momificados, de derecha o de extrema derecha, muchos muy corrompidos?
¿Cómo hacen para que ignoremos los permanentes privilegios de las élites, cada vez más cómoda con dineros del Estado, mientras los otros, cada vez más excluidos, sobreviviendo con las migajas del Poder?
Y ¿Cómo hacen para que percibamos tanta miseria en el campo sin descubrir la gran concentración de tierra en pocos terratenientes?, ¿tantos ricos con tierra que pagan exiguos impuestos?, ¿tantas guerras rurales sin oír las voces de paz?, ¿tanta tierra productiva tan improductiva?, ¿tanta exportación de carne en un hambreado país?, ¿tanto maíz importado con tantos campesinos desocupados?, ¿tanto trigo del exterior y tanta tierra del interior dedicada al recreo de vacas y narcotraficantes?, ¿Tantos defensores del agro y tanta miseria agraria?
Y ¿Cómo hacen para despertarnos tanta veneración por terratenientes, con tantos asientos en el Congreso y tantos presidentes durante dos siglos, sin que notemos que hoy son vejestorios de la Historia, construcciones del pasado, abolidos en Francia durante el siglo xix, convertidos en granjero en países del norte?
Y ¿Cómo hacen para que aceptemos sus liderazgos nacionales si no han accedido a la modernidad, ni a la economía capitalista, -mucho menos a la socialista-, ni han creado suficientes empleos en campos y ciudades, tampoco la riqueza nacional, ni han superado la mezquindad terrateniente, ni se han liberado de la anquilosada cultura colonial?
Lo hacen a través de banderas políticas y religiosas; principios dogmáticos convertidos en moral que enceguecen, ensordecen e insensibilizan. Que nos vuelven idólatras según La Biblia, alienados según Marx, deshumanizados según Fromm; sordos, ciego y mudos, según Shakira.
Peligrosa condición para que no distingamos la próxima avalancha de “argumentos tóxicos”. Los que atacan, por convicción dogmática, por mandato partidista, la implementación del Catastro Multipropósito, el pago correcto de impuestos por tierras improductivas, la función social de la tierra, la importancia humana y social del campesino, programa en mente de la próxima ministra de Agricultura.
Moral tan enceguecedora, capaz de hacernos ver al papa Francisco como militante de la izquierda por afirmar: “La causa del terrorismo es el hambre y la exclusión”.











