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Abismos presidenciales

Por Jorge Guebely

Peligroso dilema afronta el presidente Petro: presentar sus reformas al Senado o convocar su pueblo a la calle. Decidirse por un abismo, ambos poblados de incertidumbres.

Abismo, la alternativa legal, la institucionalidad, el Congreso, poderosa cueva de Rolando. Sede imperial de traficantes de votos donde proliferan políticos escasos en valores y abultados en precios. Mercancías de pésima calidad moral, bacterias humanas, abanderadas de nuestra podredumbre democrática.

Voceros visibles del invisible poder, del poder económico, el verdadero poder. Emisarios del gran capital nacional: los grandes latifundistas, los poderosos banqueros, los sólidos empresarios, los mandatos imperiales y los voraces intermediarios.

Élites económicas, negociantes de políticos en ferias electorales. Mercadean políticos para incrustarlos en Cámara y Senado, Fiscalía y Procuraduría, Alcaldías y Gobernaciones. Así ejercen poder plácidamente desde las sombras. Nadie controvierte sus miserias humanas, ni devela sus máscaras, ni descubre el origen de la hecatombe colombiana. Élite tan indolente, tan avara, como sus voceros. En fin, los unos muestran las máscaras visibles de los rostros invisibles de los otros.

Triunfar en el congreso significa para el presidente revolcarse en la podredumbre, competir como mejor postor para comprar votos senatoriales. Significa ofrecer mejor precio que los comerciantes de las EPS en la reforma de la salud, mejor que los banqueros en la reforma de las pensiones, mejor que los empresarios en la reforma laboral… Significa también reconocer lo peor de sí mismo: su inanidad política poblada de inútiles reyertas. Nada nuevo en su gobierno; excepto, inútiles discursos en favor de los excluidos.

Abismo también la calle si desecha el Congreso, recinto público en donde no se aprueban reformas, ni la bullaranga se convierte en ley. En ninguna democracia corrompida, el pueblo representa poder. En ella, sólo los corruptos son poderosos, sólo gobiernan los peores especímenes: farsantes, delincuentes, asesinos…

Ningún pueblo representa poder si está sojuzgado por la desigualdad, alienado por ideologías adversas a sus intereses vitales. Si mayoritariamente está asfixiada por la miseria; gran parte sobreviviendo en la indigencia. Si su clase media se entrega al mejor postor para evadir la catástrofe. Si el 50% de colombianos descree de sus políticos, los odian. Si el 40% vota por hambre, por obediencia ideológica, por ingenuo o por intereses mezquinos. Toda miseria, material o moral, tritura el poder de elegir. Como en la Grecia clásica, en Colombia, sólo las élites tienen su democracia.

“Ser o no ser”, dilema humano en tragedia shakesperiana. “El Congreso o la calle”, dilema político en tragedia presidencial. ¿Cuál cáncer es más trágico: el de pulmón derecho o del izquierdo?

jguebelyo@gmail.com

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