Con nuestra independencia, se fueron los españoles pero nos quedó España.
El comentario de Elías
Por Jorge Guebely
Nos quedó su cultura feudal arraigada sólidamente en la conciencia de grandes y medianos, hacendados en todo el campo nacional. Muchos pensaban como aristócratas del tercer mundo; en su intimidad, los habitaba un rey, un duque o un marqués. Actuaban como nobles pero sin nobleza. Aristócratas sin títulos nobiliarios porque ningún noble quiso rebajar su linaje con la plebe tercermundista.
Fiel a su cultura feudal, convirtieron la acumulación en la estrategia del éxito social. Hicieron de la tierra el símbolo de poder económico y político, la fuente de importancia personal y familiar. Pero también, el origen del subdesarrollo social e histórico del país. No comprendieron, o no quisieron comprender, que el capitalismo había inaugurado una dinámica distinta. Cualquier progreso se levantaba sobre la fuerza de trabajo, la mercancía más rentable. Había que otorgarle al trabajo una función social, incluir a todos los sectores para ensanchar la producción. Evitar la exclusión porque constituía una forma del paludismo social. En el campo, debían proliferar los minifundios altamente tecnificados y científicamente explotados.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, resulta casi imposible hacer entender a Fedegan, al Centro Democrático y a Cambio Radical la importancia de liberalizar el campo. Convertirlo en fuente de trabajo y bienestar material para todos. Ni siquiera hay necesidad de impactar la propiedad privada, ni mucho menos de socializar la tierra. Simplemente derrotar civilizadamente esa acumulación mezquina e improductiva, enorme factor de pobreza y nefasto cultivo de violencia. Intentar una vía moderna para superar el subdesarrollo económico y el feudalismo cultural.
Nada es tan urgente como modificar esos guarismos vergonzosos del campo. Los 12 millones de campesinos arrumados en el 5% de la tierra y los altos índices de pobreza. Dejar de importar el 30% de los alimentos. Ensanchar ese 5% de tierra, que hoy produce el 70% de las provisiones agrícolas para Colombia, y potenciar la abundancia nacional y multiplicar los productos para la exportación.
Bastaría con reconocer al campesino sus derechos humanos. Concebirlo como ciudadano, constructor de riqueza material y cultural, no como un siervo de la gleba condenado a todo tipo de pobreza y limosnas. Promover su estatus de sujeto productor, función esencial de todo gobierno democrático.
Según el actual ministro de agricultura, Kennedy dijo alguna vez: “Si una sociedad no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a sus pocos ricos”. Nada más cierto para Colombia en donde la guerra es un permanente suicidio nacional.











