Octavo cuento de la Selección de Cuentos del escritor Giulio Puccini titulada Los pares no pedidos son los menos ordenados. La publicaciones son inéditas para La Cháchara.
Por Giulio Puccini
Quien se niega a ver el mundo, está cegado.
Quien se niega a verse a sí mismo, está ciego.
-¿Quién eres? – preguntó una voz bajo el brillo negro de la luna.
Me resultaba imposible conocer su figura, pues la abrazaba la oscuridad completa. Sin embargo, podía escuchar cómo se arrugaba su camisa con rápidos movimientos, mientras las alas del gabán rastrillaban el piso al ritmo del viento. Las transiciones en su rostro fruncido y asustado se confundían con la fricción entre sus manos nerviosas. Olía a cloro y a lavanda, pero se ocultaba como los que huelen a sangre y mierda.
Esperaba una respuesta rápida y mi demora estaba sacándolo de sus casillas; su mandíbula oscilaba cada vez más rápido y engullía el aire en lo que dura un parpadeo. Pero yo no recordaba mi nombre. Por momentos incluso olvidaba respirar. Tenía, por lo menos, dos veces más miedo que aquel hombre, por las sombras que vendaban mis ojos.
Volvió a preguntar, esta vez con un grito. Balbuceé, como pude, mi nombre, con la esperanza de que algo inteligible saliera de mi boca. Lo repitió por lo bajo, antes de empezar a reír frenéticamente. Pronto su risa se confundía con alaridos que desgarraban el aire y su eco caía sobre mí como puños, entorpeciendo mis sentidos. Me sentía como un murciélago desorientado batiendo sus alas para encontrar la salida; creyendo que había algún escape.
Arrojó sus manos al suelo y el golpe plano opacó, por un momento, el sonido agudo que dejaba escapar entre respiros. Empezó a recorrer toda la habitación así, sus extremidades sonando como patas al golpear el suelo. Chocaba con las paredes; embestía, con el hombro, la puerta; reducía a simples murmullos su voz, para después liberarla con más potencia que antes; gruñía y arrojaba sus piernas a diestra y siniestra. Pero nunca me rozaba. Era como si aquella oscuridad solo me aislara a mí.
Mi nerviosismo pasó al notar que aquel ser no podía herirme; mi garganta ya no estaba adormecida ni mis sentidos perturbados por la niebla de ecos que potenciaba la noche.
Empecé a reír con él, contagiado por su melodía maníaca. Lancé mi cabeza contra la espalda y sentí cómo los rizos de mi pelo acariciaban mi piel. Los ojos me saltaron un poco de alegría ante esta sensación. Se detuvo con un sonido carrasposo, como el roce de la luna con el horizonte, y empezó a llamarme entre susurros. Intentaba responder, mas el aire que entraba en mi pecho salía involuntariamente, con un júbilo alguna vez conocido y ahora olvidado. La sangre corría por mis venas cada vez más rápido, calentando cada centímetro de mi cuerpo. Los tambores dirigían el compás de mi canto agudo y vehemente.
Abrí los ojos, por orden de algo que se camuflaba con mi piel. Vi una liebre vestida de blanco, que saltaba alegre a mi alrededor, como si volviera a ella su bien más preciado. «Hora del té» grité. Ocupamos la mesa y algo servimos, antes de que las batas blancas entraran, confundiéndose con las paredes.
Ilustración por John Tenniel. Tomado de «Alicia en el país de las maravillas, a través del espejo y la caza del Snark». P. 83. Editorial «Penguin Random House»
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