Opiniones divididas

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Cuarto cuento de la Selección de Cuentos del escritor Giulio Puccini titulada Los pares no pedidos son los menos ordenados. La publicación de los cuentos es inédita para La Cháchara.

Giulio Puccini

Era una alegre y nublada mañana, perfecta para mi trabajo. Alegre simplemente porque a la víspera había cerrado un millonario contrato. Recibí, como de costumbre, la mitad por adelantado; la otra mitad la recibiría al terminar la obra. El desayuno no podía esperar. Cociné un delicioso omelette, tal como solía hacerlo mi madre ¡Ah, mi tierna madre! Había fallecido hace un mes, exactamente. No lo recordé sino hasta haber probado le omelette. Me arrojé en mi cama y derramé algunas lágrimas sobre su foto.

Tras unos minutos me levanté y entré en la tina, con el agua burbujeando, como si rebosara de felicidad. Después de varios minutos relajándome y chapoteando el agua en todo el baño, me pareció oportuno salir. Nunca es bueno procrastinar y mucho menos en días especiales o en fechas importantes.

Me vestí con ropa poco frecuente para mí, bastante casual para el vulgo. Un jean roto y una camiseta desgastada. Hubiera usado mi cazadora pero se había visto consumida por las llamas el día anterior, durante un robo. Agarré un picahielo, que ha estado conmigo desde la infancia; lo brillé, lo afilé y lo guardé bajo la camisa, entre el jean y el cuerpo. El metal frío siempre resulta placentero en la piel.

Subí a mi moto y salí rápidamente, acelerando a fondo. No frené hasta llegar a mi destino, pues iba retrasado y no podía perder un minuto más. Di una vuelta para hacer reconocimiento. El carro quemado estaba bastante cerca – no había notado lo cerca que estaba – y el humo aún se extendía por todos lados, ahogando al agente que se encargaba de la escena del crimen. Todo estaba bastante tranquilo y mi hombre no se veía aún en la calle. Bajé la velocidad y di otra vuelta.

Cuando estaba dando, lo vi recostado contra el poste – justo donde debía estar-, apoyado en él contra su voluntad. Robert estaba a un lado, observando cómo lo golpeaba un policía. Detuve la moto.

-Oficial, hay un carro quemándose en las cercanías, creo que lo necesitan allá.

-¡Oh, no! Este hombre me necesita más ahora mismo-, dijo excitado, mientras le propinaba unos cuantos golpes más.

-El carro es mío, Charles -dijo Robert, reconociéndome-. Alguien lo ha intentado robar ayer y se prendió en fuego.

-Es una lástima, Robert. ¿Conoces al oficial? No creo que este hombre merezca semejante paliza.

-Por cierto que la merece. Si no me crees, tan solo echa un vistazo a su esposa-, la señaló con una mueca y un ligero movimiento de la cabeza.

-¿Clara? Ella me invitó a esta reunión-, esbocé una sonrisa maliciosa-. ¿Habrá sitio para otro?

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