Artes de arrabal

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Séptimo cuento de la Selección de Cuentos del escritor Giulio Puccini titulada Los pares no pedidos son los menos ordenados. La publicaciones son inéditas para La Cháchara.

Giulio Puccini

Habitaba en columnas cafés topadas de verde, en prados colorados y anaranjados, pintados por pétalos de todas las flores. Acacias, abetos, moreras y cerezos se encontraban desperdigados, como si sus semillas hubieran salido de una granada. Un sol brillaba en la mañana; en la tarde, dos espejismos lo acompañaban. Uno era una nube cuya envidia la hacía brillar, el otro iluminaba el cielo desde el lago.

El agua ondeaba al ritmo del timbal, que tocaban los monos colgados en la copa de los árboles. Cantaban a las nubes, que se arremolinaban en polígonos de infinitos lados, pareciendo círculos. La luna salía cada noche en una forma más irregular y pérfida que la del día anterior. Resplandecía a su beneplácito, con indecorosas muecas. El horizonte no existía, porque tierra y cielo nunca coincidían; la mirada siempre encontraba más.

Caminaba los prados cada día, descubriendo cosas nuevas en ellos; un animal corría por un lado, frutos caían por el otro. Llegaba a los límites del prado y me detenía. Habían días en los que observaba la densa niebla que ocultaba todo y otros en los que mi mirada no se separaba de la finita – pero, ante mis ojos, interminable – pradera. Era gris la neblina y daba la impresión de estar formada por piedras de todas las formas; varias veces recosté mi espalda en ella sin poder atravesarla. Sin embargo, su volumen variaba considerablemente de acuerdo a la calidez de la jornada.

Aquella mezcla de gas y agua condensada era un muro impermeable. Nunca había sido cruzada. Desde que habitaba el valle, nadie había entrado o salido de ella; quizá por esto vivía solo. Aunque habría sido lamentable volver a vivir con mis similares. Aquí podía contar al viento mis pensamientos sin ser juzgado ni sufrir reproches, podía actuar a placer sin ser censurado. El caer de las hojas y el gruñido de los animales es toda la música que un hombre necesita; absurdo preferir estruendos con compás a la tranquilidad del otoño o la desesperanza del invierno. Lo único que extraño es la literatura; junto con la imprenta, constituye lo único bueno que ha salido de una mente humana.

La política, que es una copia barata de la literatura, es lo que me llevó a este paraíso terrenal. En la política, como en el arte supremo, no es necesario evocar verdades, es suficiente propasarse en verosimilitudes; la retórica debe mantenerse, abusando en una de cotidianidades para facilitar su entendimiento, mientras que en la otra se adopta la lengua y sus coloquialismos. En ambas es innecesario considerar al público como algo distinto a un punto de vista; cada quien se expresa para sí mismo desde los ojos del espectador. Cabe recordar que ambos son espectáculos, uno más verídico que el otro, sin poder esclarecer cuál es más fantástico.

Habiendo triunfado en la literatura, sin obtener usufructo mayor a treinta libras semanales, y convencido por la ambición y por una bella moza – es posible confundir estos dos en cualquier momento -, decidí incursionar en el arte de arrabal que es la elocuencia. Dediqué tardes enteras a discursos elaborados, pronunciados frente al espejo con la fuerza de cien leones y la fogosidad de la juventud. Aplaudían la mucama y mi esposa al final de cada discurso, la primera con disgusto y la segunda con entusiasmo. La política es, con seguridad, lo más cercano al maniqueísmo.

Corrí al escenario al ser llamado. Los estrépitos instrumentales se detuvieron y solo quedaron los gritos del público, que alguna vez había degustado con placer mis escritos. Sus vítores siempre son apabullantes y esperanzadores, por eso nos encogemos y exaltamos en el escenario involuntariamente; por eso nos equivocamos. Mi error fue el de muchos: apelé a mis principios y pensamientos, en lugar de escuchar los de la mayoría del pueblo, los de los ignorantes. Creí que si había funcionado en América, funcionaría en Europa. Pero América se fundó sobre el odio y las revoluciones. Solo rige el deseo de cambio. Cualquier cosa que lo represente, es un símbolo.

Las bases del viejo mundo fueron las monarquías absolutas; las piedras de sus castillos eran unidas con la sangre y el sudor de sus esclavos. Unas cuantas revoluciones los liberaron de esto, pero no del todo; aún se conservan reyes en algunos países. Europa es tierra estacionaria.

Por eso me castigaron cuando exclamé “I will support sports so all the kids who dream of it can be bawlers” o cuando pronuncié con completa confianza: “I will give great importance to nature, so we can see more bares in the woods”. Pero sin duda, el mayor oprobio lo sufrí al decir: “Thanks to the chairman for guiding this sale in the sea of politics”.

Sin embargo, al tratar temas más profundos, mi discurso fue escalofriante para los conservadores y placentero para los liberales – algunos gustan llamarlos comunistas, yo les digo librepensadores y fuerza de cambio-. Al hablar de la igualdad universal, el libre albedrío y la reducción del poder estatal me llamaron marxista y me sacaron del escenario. Derechistas me cargaron a la salida, arrancando mechones de mi pelo y arañando mi rostro. Me tildaron de loco a grandes voces, desconociendo que la locura es lo más sabio de la inteligencia. Los que me apoyaban miraban desde la distancia, con rostro triste; eran minoría y cualquier represalia que tomaran sería lo más cercano a un suicidio.

Los agentes me golpearon y vendaron mis ojos. Me arrastraron por las calles, usándome como ejemplo. Me tiraron acá, donde hoy vivo. Entre estas cuatro paredes blancas que he decorado con moreras y abetos, donde lo único que se mantiene vivo es la imaginación.

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