El periodista y escritor barranquillero Mauricio Vargas Linares, hijo de don Germán Vargas Cantillo, escritor, columnista y uno de los más respetados y acatados críticos de literatura, acaba de sacar del horno de Editorial Planeta una historia novelada sobre esos dos insuperables héroes americanos, Simón Bolívar y José de San Martín.
Escrito por: Rafael Sarmiento Coley – rafaelsarmientocoley@gmail.com
Director
La obra toma como eje central el único encuentro que en toda su vida tuvieron esos dos colosos de América. Fue el 28 de julio de 1822, en Guayaquil, el puerto de Ecuador, en donde desemboca el río Guayas al mar.
Nunca antes se habían encontrado. Jamás intercambiaron experiencias, ni mucho menos departieron alrededor de una botella de vino de cosecha. Ese día fue la única vez.
Una gloria casquivana
Los diarios de la época registraron aquel inusual suceso así: “El 26 de julio de 1822 San Martín se entrevista con Simón Bolívar en la ciudad de Guayaquil, hoy Ecuador. Se reúnen los dos libertadores de Sudamérica, del norte y del sur. Conferencian en secreto por más de cuatro horas. San Martín regresa a Lima la noche del 26. El 20 de setiembre de ese año se reúne en Lima el primer Congreso del Perú y el Protector renuncia a su cargo. El mismo día se embarca para Chile y meses más tarde cruza a Mendoza”.
La deducción que le deja al lector el escritor Vargas Linares es que en 1822 San Martín ya era un hombre cansado, hastiado de la gloria y del poder. Además, minado por trastornos estomacales y sentimentales porque su única esposa, María de los Remedios Escalada, de una rancia familia española, no lo quiso como el consagrado militar lo merecía, ni le fue fiel como su honor lo reclamaba.
Eso explica, en parte, el tono de lamento con que el general San Martín se dirigió al General Bolívar en el momento de la despedida para siempre el 26 de julio de 1822:
—General- le respondió San Martín después de que se dieran el mismo triple abrazo con que se habían saludado el viernes en la mañana en la goleta–, espero que esté usted consciente del desafío que tiene por delante. Mi salida del Perú está decidida y dispuesta, y ahora le queda a usted un nuevo campo de honor y de renombre, en el que podrá poner el último sello a la libertad de América.
–Pero general San Martín…-protestó Bolívar.
San Martín no lo dejó que prosiguiera. Le dijo: Ahí le dejo la gloria, estimado amigo – y entono más bajo, para que sólo el caraqueño escuchara-, que yo ya he aprendido que es una compañera díscola y traicionera.
Nunca volverían a verse esos dos grandes colosos de vidas tan disímiles.
Hijo de un tumbalocas
José de San Martín nació el 25 de febrero de 1778 en el pueblo de Yapeyú, en la provincia de Corrientes, Argentina. En la historia oficial figuran como sus padres don Juan de San Martín, un adelantado español, gobernador de la provincia, y su esposa Gregoria Matarrás. Pero escarbando como ratón de iglesia Mauricio Vargas desempolvó la historia de un oficial de la armada española llamado Diego de Alvear y Ponce de León. Dicen que era de familia de abolengo y por eso consiguió ascenso rapidito. Y por eso, además, se daba ciertas libertades, siendo un joven de 27 años, mujeriego, jugador y bebedor. Comenzaba la noche con mate de coca y terminaba con dos botijas de cualquier vino, y después, a buscar a la primera pobre mulata, mestiza o marciana que se encontrara a su paso. Con la fuerza de un león se la llevaba arrastrada a su catre debajo de un toldillo.
En una de esas noches de arrebato de don Diego, se topó de nariz con boca con Juana Cristaldo, la niñera de la casa de los San Martín, donde el tumbalocas estaba alojado y lo trataban como uno más de sus cuatro hijos. Dieguito no respetó nada. Se llevó a la aterrorizada Juana a su catre y pasó con ella toda la noche, y al día siguiente se vanagloriaba contándole a sus soldados que nunca había tenido la suerte de “echar cinco polvos en una noche y con una sola mujer”. Pues de esos cinco disparos nació José. Los San Martín, para evitar los escándalos de siempre, lo adoptaron como su quinto y último vástago.
Esa accidentada llegada al mundo. La ingratitud de los grupos de oposición en Argentina, Chile y Perú, los pueblos que liberó del yugo español, le inyectaron el veneno que le cambió su alma de hombre bueno y soñador, como cuando luchó por más de 20 años defendiendo a España de los enemigos que siempre la rondaron, incluido el propio Napoleón Bonaparte, quien lo conoció en persona y le dio un saludo de admiración. Claro, Napoleón, un poco acomplejado con su 1,60 de estatura ante un coloso de casi dos metros.
Se fue decepcionado de las rencillas y habladurías en Argentina. El 3 de agosto de 1823 muere en Buenos Aires su esposa María de los Remedios, y el 10 de febrero de 1824, con la autoestima en los tobillos al ver cómo se peleaban como lobos esteparios los líderes argentinos la patria por la que él tanto luchó, se marchó en un barco con su única hija, Mercedes. Viajaron a Francia y se instalaron en Boulogre Sur. Allí muere en 1850.
Entre tanto, la suerte de Bolívar no es muy distinta. A pesar de que aún le quedan algunos bríos para el baile y la conquista de nuevos amores, realmente cae en los brazos generosos, pero dominantes, de Manuelita Sáenz. Y con ella vive las más duras y amargas experiencias de deslealtades, conspiraciones, humillaciones, hasta cuando ya su luz vital empieza a apagarse y él comprende que es mejor marcharse en medio de los gritos infames de una multitud ignorante “¡longaniza, longaniza, lárgate!”.
Baja por el legendario Río Grande de la Magdalena por el cual tantas veces subió y bajó cargado de gloria. Llegó a Barranquilla, a Soledad y de allí a Santa Marta, a la Quinta de San Pedro Alejandrino, en donde murió solitario y triste después de haberle dado la libertad a cinco naciones.
Muchos sorbos de historia 
“Ahí le dejo la gloria” es un libro que se lee de un tirón. Es tan atrapante la historia y la trama que va mezclando Vargas Linares, que el lector noctámbulo termina, ya con el claroscuro del nuevo día, con la última frase del libro: “El 17 de diciembre se despidió de este mundo, sin haber podido gozar de una vejez tranquila que quizás le habría servido de consuelo para la gloria perdida”.
Es el epígrafe de Bolívar. Que también le cae como anillo al dedo a San Martín, dos vidas paralelas en absoluto. El caraqueño, hijo de ricos hacendados protegidos por la corona española, educado de manera especial con profesor particular (Simón Rodríguez, algo izquierdoso el hombre). Se fue a España. Volvió loquitas a las primitas doncellas en edad de merecer, y, por supuesto, puso el ojo en la mejor acomodada, pero era tan frágil, que se le murió en sus brazos en el viaje de regreso a Venezuela. Para Bolívar aquel golpe fatal en el pecho lo marcaría de por vida.
Desde entones se convirtió en el más temerario, audaz y valiente general de los ejércitos libertadores, y en el principal animador de cuanta fiesta se hacía en su honor, o contra su honor, que a él poco le importaba. Lo que quería, como buen caribeño, era el goce total de la noche para rematar en la madrugada con los deleites de una mulata, una europea o mestiza, que para él todo era igual “después que tuviera faldas y bragueros”.
Para rematar, un aporte enviado por e-mail por el colega Ricardo Rocha: Buscando entre libros viejos uno de J. Krisnamurti, me topé con una cita de Fernando González, el Filósofo de Envigado que creo deberíamos tenerla presente en la coyuntura actual.
«Pobre Simón Bolívar, que libertó cinco repúblicas, y que apenas se fueron los españoles vio que no había quedado sino un hombre: él, solitario, en un desierto de alimañas».












