Un recorrido por la singular relación de Jorge Luis Borges con los libros y la lectura, a partir del cuento El libro de arena, donde el escritor argentino convierte un volumen infinito en una metáfora del conocimiento, el tiempo y el misterio.
Libérrima la relación de Borges con los libros; evadía las reseñas de las empresas editoriales para leer un texto, quizás para liberarse de la alienación publicitaria. Prefería dejarse llevar por el azar, su destino literario más expedito para rescatar al ser humano de tanto olvido.
Se volvió visitante habitual de viejos libreros en Buenos Aires, Madrid, Ginebra y otras ciudades. Deambulaba incluso entre anaqueles en la Biblioteca Nacional de Argentina, donde fungía como su director.
Su aventura sin contenido racional lo llevó al encuentro con extraordinarios textos poco comunes en el mercado y olvidados por la humanidad. Libros de la cábala judía, de bestiarios medievales, de herejías, de lenguas desaparecidas, de las sagas islandesas, de infinitos y paradojas, de manuscritos alquímicos, libros apócrifos y evangelios prohibidos, de civilizaciones imaginarias y tantos otros.
Muchos aparecieron transformados en sus obras; algunos existieron realmente, pero otros pertenecieron a su creación literaria. Varios se mezclaron con la ficción hasta hacer difícil distinguir unos de otros. Entre los reales hubo obras de teología, filosofía, filología e historia de las religiones que hoy parecen excéntricas. En sus manos dejaron de ser simples curiosidades bibliográficas para convertirse en materia prima de creaciones literarias; una enciclopedia, un manuscrito medieval o un tratado de cábala podían abrir la puerta de cualquier infinito.
Sin embargo, el más extraño y real a la vez se lo inventó él mismo como una brillante metáfora y lo transformó en un inquietante relato. Lo llamó El libro de arena y lo publicó en 1975 en un volumen de cuentos con el mismo nombre.
Según el relato, un personaje extraño lo había adquirido en la India y se lo había ofrecido. Sus páginas eran infinitas; no tenía primera ni última hoja, pues aparecían y desaparecían constantemente. Cuando se intentaba volver a una marcada para continuar la lectura, ya se había esfumado para siempre, tan irrepetible como cada instante de la vida. Ilógica era su enumeración y jamás podía leerse dos veces del mismo modo.
A diferencia de uno normal, nunca podía terminarse ni comprenderse por completo. Parecía caótico, pero era el más armonioso de los libros. Quizás el caos existía en la mente del lector, quien ignoraba la clave de su lectura. Simbólicamente, Borges nos ponía a las puertas del absoluto, una extensión imposible de desentrañar racionalmente, a pesar de su excesiva evidencia.
Contundente fue el poeta Eliot al criticar la decadencia del conocimiento moderno: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?”. Borges, diría yo, también lo fue en El libro de arena.











