Por: Francisco Figueroa Turcios
Antes de que aparecieran las tijeras y la máquina de afeitar, Alberto Linero Gómez ya había protagonizado varias transformaciones.
Dejó el sacerdocio, abrió nuevos caminos como conferencista, escritor y comunicador, y convirtió las redes sociales en un púlpito desde donde sigue hablando de fe, esperanza y sentido de la vida. Ahora, una decisión aparentemente sencilla volvió a ponerlo en el centro de la conversación pública.

Esta vez no fueron sus palabras las que llamaron la atención, sino el espejo. El hombre de la abundante barba y la larga cabellera, rasgos que durante años hicieron parte de su identidad visual, decidió despedirse de ellos. El resultado sorprendió a miles de seguidores, quienes por un instante sintieron que estaban viendo a otra persona.
Las fotografías aparecieron en sus redes sociales acompañadas de una frase sencilla, casi cómplice: «Terminé cediendo. Algunos me pedían que me afeitara la barba y me cortara el pelo. Aquí estoy. ¿Qué dices?» Bastaron unas pocas palabras para desatar una avalancha de reacciones. Entre elogios, bromas y expresiones de sorpresa, muchos coincidieron en que el nuevo Alberto Linero parecía haber retrocedido varios años en el tiempo.

Las redes sociales hicieron lo suyo. En cuestión de minutos, el cambio de imagen se convirtió en tema de conversación. Algunos aseguraron que luce más joven; otros confesaron que tardaron unos segundos en reconocerlo. Pero detrás del debate estético había un mensaje más profundo: la capacidad de un ser humano para reinventarse sin perder su esencia.
Porque, al final, la barba nunca fue Alberto Linero, como tampoco lo fue la sotana que un día dejó atrás. Su verdadera identidad ha estado siempre en las palabras que comparte, en la cercanía con la gente y en esa manera de recordar que la vida es un permanente ejercicio de renovación.

Hay quienes cambian de ropa, otros cambian de ciudad y algunos cambian de destino. Alberto Linero, una vez más, decidió cambiar de rostro. El cambio de imagen de Alberto Linero puede convertirse en una metáfora sobre las transformaciones que acompañan la vida. No se trata únicamente de un corte de cabello o de afeitarse la barba; es la historia de un hombre que, desde hace años, ha demostrado que no le teme a reinventarse.
La barba cayó al suelo como caen las hojas cuando termina una estación, pero el hombre permaneció intacto. Porque las transformaciones más importantes nunca ocurren frente al espejo: suceden en el alma. Y esa, con o sin barba, sigue siendo la misma que durante años ha buscado inspirar a miles de personas











