Cerca de Fontainebleau, a las afueras de París, un millonario encargó la demolición de una pared antiquísima de su mansión, con tan mala suerte que el trabajo recayó en ‘Marcel’, un riohachero amante de la aventura.
Texto e ilustraciones: Jorge Sarmiento Figueroa –Editor general
Marcel* regresó a su casa en Barranquilla después de «hacer una vuelta» en su natal Riohacha, le dejó a su mujer 30 millones de pesos y se volvió a ir no se sabe para dónde, con 23 millones que le quedaban. Lo cierto es que al poco tiempo, una fría mañana de invierno, apareció en París, Francia, buscando trabajo con la resaca de una borrachera de tres semanas.
Era el año 2004. En las estribaciones de la Serranía del Perijá, por los lados de La Guajira colombiana, el contrabando y el comercio de droga tenían el tácito permiso de las autoridades que estaban más concentradas en la lucha frontal contra la guerrilla.
Marcel aprovechó las rutas ilegales para servir de intermediario, de cobrador, para hacer «las vueltas» necesarias y llenarse de plata. «Pero jamás me metí a ‘traqueto’ ni tenía pretensión de hacerme rico, yo más bien iba por la aventura».
En una de las andadas cruzó desde La Guajira la frontera hasta Puerto Ordaz, Venezuela, avanzó por Surinam y las Guyanas y aceptó la invitación para dirigir un embarque y cobrar una plata saliendo desde Manaos, Brasil, con destino a París. «Con mi pinta de negro criollo metía miedo, apenas me vieron los ingleses y americanos de la contraparte en Francia soltaron rápido lo suyo y de repente me vi con miles de euros en Europa. En tres semanas me metí una sola borrachera que me ripió la plata», dice Marcel sentado en una tienda de Barranquilla, con una botella de aguardiente «para pasar el calor de estos días», mientras recuerda aquellas peripecias. Está oculto estos meses en la arenosa, huyendo de dos «culebras»: una por preñar sin dote a una india wayuú y otra por volarse de España con la plata que le dieron para que en Colombia le embarcaran 40 kilos de coca de alta calidad hacia el Viejo Continente.
En la historia que viene contando de la plata que desperdició por darse la vida a la grand manner en Francia, se levantó un día sin un peso en el bolsillo, ni siquiera para desayunar. Entonces supo de un maestro de obras de origen colombiano que andaba buscando obreros para trabajos sencillos, de poca monta. «Vente conmigo mañana, Marcel, que un rico de las afueras quiere que le tumbemos una pared vieja de su cantón», le dijo el maestro. Marcel, aventado pero franco, le advirtió que él no sabía. «Vea profe’ -le dijo-, ni para destruir yo jamás he trabajado en la construcción. En mi tierra las casas no son de cemento sino de bahareque».
Pero el maestro le entregó algo de dinero como adelanto y una maza apuntando hacia la pared, y le indicó: «lo único que tienes que hacer es darle duro a esa vaina hasta que se caiga. Aquí te dejo con dos ayudantes, yo me voy y regreso esta tarde a ver cómo quedó la cosa».
«Vea primo -cuenta Marcel-, ese tipo me dejó con un ecuatoriano y un peruano ¡que eran más brutos que yo!».
Cuando el maestro se fue, los tres obreros se quedaron largo rato mirando la pared. La pared parecía que también los miraba a ellos. La mansión estaba sola, ni el alma de los pájaros parecía existir kilómetros a la redonda. Al cabo, Marcel rompió el silencio para decir lo único que había aprendido a hacer con el dinero en muchos años de correrías: «Primos, voy a comprar ron».
Fue y volvió con un par de botellas de vodka de Finlandia, que en el mercado le habían recomendado para paliar el frío. En las siguientes horas los tres latinos se las empinaron sentados en el piso con la espalda apoyada en la misma pared que tenían que tumbar.
Ya borrachos, Marcel se acordó que en poco tiempo el patrón volvería, se irguió tambaleante y agarró el grueso martillo de hierro fundido con un mango largo, de madera gruesa y fuerte. Esa es la que en el viejo continente llaman maza, lo que en su tierra natal y en Barranquilla se conoce como «la mona», un trozo pesado de hierro macizo para empezar a trabajar, el ecuatoriano y el peruano se quitaron de en medio, no fuera a ser que les diera el mazazo a ellos. El hombre de mil aventuras alzó la herramienta con todas sus fuerzas y descargó un golpe violento que reventó la primera capa y desgajó las piedras que hace siglos sostenían la estructura. El morocho de Colombia se llenó de orgullo viendo el hueco monumental que sus manos habían producido.
Pero su sorpresa vino al descubrir que más allá de la grieta se había descorrido una segunda abertura, como un agujero interior creado a propósito para ocultar algo. Sin miedo, Marcel apartó los escombros y metió la mano hasta el agujero, revolvió y, al tacto de algo distinto al resto de material, haló.
Se trajo del fondo una pila de papeles enmohecidos y tapizados de polvo. Los puso en el piso y los limpió con sutileza para no estropearlos. El ecuatoriano y el peruano se acercaron en cuclillas a curiosear. «Es un periódico, muchachos -les dijo Marcel-, vean que tiene titulares y aquí está la fecha». Databa del 17 de febrero de 1824.
Marcel volvió a verles las caras a sus compañeros, sorprendidos tanto como él. «¡Esto vale euros! ¿Será que por esto nos dan dinero?», les preguntó. «Claro que sí», le respondió el ecuatoriano. «Y quizás haya más», advirtió el peruano que parecía saber un poco más de estas cosas: «Yo conozco la historia de unos compañeros en una mansión del otro lado de la ciudad, que estaban haciendo una obra y descubrieron en un trasfondo como este varias morrocotas de oro, se las escondieron en bolsas de almuerzo y hoy viven riquísimos, mejor que los reyes».
Los tres meditaron un instante acurrucados frente al periódico, de repente viraron las cabezas hacia la pared y con la mirada ambiciosa dictaminaron su derribamiento inmediato. Lo que no habían hecho en horas lo acabaron en segundos. No quedó ni la estructura en pie. Pero no aparecieron si no más periódicos viejos, muy derruidos como para tener valor comercial. Los obreros estaban calientes y entusiasmados por el vodka, sudaban a chorros por el esfuerzo, el corazón los forzaba a seguir sus instintos.
Una, dos, tres y más paredes de la mansión fueron cayendo a medida que crecía la obsesión de Marcel y sus ayudantes.
Al cabo rato llegó el maestro de obras. Los obreros ni escucharon el timbre por la concentración. El hombre ingresó y enseguida quedó pálido ante el espectáculo de destrucción que se erigió frente a él. Media mansión había sido tumbada. De los escombros brotaban chorros de agua, porque habían incluso desarmado a mazazos un par de baños de la planta baja. La cola de un piano sobresalía en punta de entre tablas y columnas de mármol, como si un barco estuviera siendo tragado por el mar; enciclopedias y lienzos con pinturas de grandes artistas estaban manchados o cortados, yacían bajo toneladas de piedras junto con sofás y sillas Luis XV.
El maestro, en medio del polvorín, identificó a las tres figuras que seguían dando martillazos a diestra y siniestra. Su grito fue atronador, se los quería comer vivos. «¡¿Qué diablos hicieron ustedes?!», les vociferó cuando ya los tenía en fila. Marcel, rebelde sin causa, navegante de barcos sin capitanes, lo miró retador con el trasfondo de la mansión luchando por seguir en pie, y en su ingenua insolencia le dio la respuesta que se convirtió en leyenda entre los latinos de París: «¿Y si hubieran aparecido las morrocotas de oro? ¡ahí sí!, ¿verdad?».
Meses después, estando ya en Barranquilla, se supo que Marcel dejó preñada a la hija del maestro de obras en Francia, que quedó dando alaridos de padre deshonrado y que se había encariñado con el negro por su aparente ingenuidad y franqueza. Lo que no sabía el maestro es que se había salvado de semejante yerno, porque ese morocho guajiro tenía dos hijas más con su esposa en Barranquilla, una india a punto de parir en Uribia y que medio mundo, desde Manaos hasta el Viejo Continente, quería ponerle la cabeza en una guillotina.
*El nombre Marcel fue cambiado por tratarse de una historia real, en la que el protagonista pidió mantener su identidad bajo reserva. «Para no levantar a las ‘culebras’, primo».











