El periodista, escritor e investigador cultural barranquillero, Adlai Stevenson Samper, nos cuenta cómo cambió su vida el golpe de Estado chileno, el 11 de septiembre de 1972.
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Adlai Stevenson Samper[/caption]
Escrito por: Adlai Stevenson Samper
Periodista, escritor e investigador cultural
Para un adolescente que pretendía ser músico de rock en la Barranquilla de 1972, la caída de Salvador Allende constituía un verdadero laberinto de incertidumbre en materia de política, interesado –deslumbrado sería mejor adjetivo- solo en los sonidos de Pink Floyd, Santana, Led Zeppelin, Jimy Hendrix y todas las luminarias de ese trepidante mundo que giraba en torno a la consigna de Peace and Love.
Lo menos que le pudiera interesar a ese jovenzuelo era el formidable estruendo de cañones disparando al Palacio Presidencial de La Moneda que ardía en llamas mientras los cazas de la aviación pasaban rasantes sobre el cielo de Santiago.
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General y Dictador, Augusto Pinochet[/caption]
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Palacio presidencial de La Moneda, Santiago de Chile, ardiendo.[/caption]
Gane quien gane, cualquier político siempre podrá ser tumbado si no se cumplen los designios de los amos del poder agazapados juntos a sus enemigos internacionales de empresas multinacionales y bajo el auspicio e instigación comprobada del gobierno de Estados Unidos a través de varias de sus agencias. Como prueba están ya los archivos desclasificados por ellos mismos.
La guitarra seguía sonando. Y los compases que escucharíamos después también. “Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes” cantó Pablo Milanés para que todos supiéramos de esa terrible hazaña de un grupo de asesinos que decían hablar a nombre de un estado inventado por ellos y de una crisis que solo alentaban sus mentes. De reivindicadores de su propia infamia histórica.
Allende cayó; no se sabe si tiroteado por uno de ellos o pleno de valor como suicida con un mensaje claro: “De aquí solo me sacarán muerto”.
http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=0N4_wjKrsaoMientras yo seguía cantando…
Así fue, mientras yo seguía cantando Black Dog de Led Zeppelin, mientras media Santiago era sacudida y arrestada, mientras el mundo no alcanzaba a salir del asombro ante la pérfida maniobra del fatal Pinocho Pinochet.
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El Presidente de Chile, Salvador Allende, junto al poeta Pablo Neruda[/caption]
Por mi padre, masón, pude enterarme que Salvador Allende también lo era. Socialista, masón, hombre de consecuencias y de augurios que hizo algo que parecía imposible: llevó a una izquierda unida a vencer democráticamente en las urnas inaugurando un nuevo camino que se cerró, por lo menos por casi tres décadas más, a proyectos políticos incluyentes que no hicieran del Estado un festín para su uso personal. Para que fuera saqueado con la mano derecha.
Allende fue advertido previamente de su destino trágico por varios; entre ellos Fidel Castro, en un documental filmado con ocasión de su visita a Chile que produjo tantos aspavientos.
Sin fuerzas armadas depuradas, era muy difícil aguantar la tentación de un golpe de Estado. Cualquiera, con ambiciones y un puñado de dinero, lo hubiera hecho. Hecho veraz; que suene la batería con repique y platillazo, en un entorno de dictaduras en el cono sur en donde todos esos gobiernos de facto acabaron condenados a la larga por sus desmanes y crímenes de lesa humanidad.
Seguí en el rock, pero ese 11 de septiembre del 1972 fue el final de mi inocencia política. Aprendiendo también una valiosa lección: que había cantores que describían las luchas y vicisitudes y que eran tan validas como el idolatrado rock.
Que «Pinocho» Pinochet, como cantaba Víctor Jara, “No es na´, ni es chicha ni es limoná” y que las calles de Santiago ensangrentada, algún día nuevamente serían liberadas.
Las cuerdas de la guitarra se afinaron.
http://www.youtube.com/watch?v=6TC1U1EkMPs]]>











