Mientras las mafias y la corrupción en Colombia creaban tristeza, Don Chinche creaba sonrisas.
Por: Ubaldo Manuel Diaz
La voz se esparció por toda la sala, por la bocina se escucha una canción anodina, el ruido intermitente de la lavadora que arrancaba una y otra vez inundaba el ambiente.
Era sábado, mi hermana estaría lavando como es su rutina los fines de semana. Se secaría las manos en el mandil, las mangas de su blusa remangadas y la pañoleta surcando su cabeza le harían ver como una campesina de la pintura de Van Gogh.
Desde un extremo del salón la mucama trata de comunicarle algo que no logra escuchar, aguza el oído y finalmente truena: ¡Bájale volumen al radio!-, le dice a mi hermana- ¡Ya el que se murió se murió!, ¿qué vas a hacer ahora?- se mete en un profundo monólogo disertando sobre vivos y muertos.
Un gato goloso que merodea sus pies la mira fijamente. Ella lo ignora; descamisa una mazorca de maíz con una hoja de cuchillo reluciente. Mi hermana refunfuña, se seca las manos por décima vez en el delantal, toca el radio que enmudece, lo golpea repetidamente y queda muerto. El viejo televisor arrumado entre los cachivaches ya no volvería a trasmitir la comedia más exitosa de la televisión colombiana. Comedia que no era bufonada o algo por estilo.
Los filipichines, pasillo y obra maestra de un grupo musical boyacense. Banda sonora del programa sonaba la noche de los domingos a las 7 y 30. La cuadra, el vecindario se paralizaba. Vecindario porque para esa época existían los vecinos. Amigos, primos, transeúntes, obreros, estudiantes, mucamas buscaban la señal por el barrio. Época en que la cajita mágica no había llegado a todos los hogares. La flauta que sonaba en la canción de los “filipichines” semejaba a la flauta encantada del Hamelin, nos reunía a todos en el mismo sitio. Mis hermanas eran las primeras en sentarse frente al televisor a blanco y negro a esperar con impaciencia que apareciera el hombre vestido medio elegante y popular a hacernos la vida feliz por media hora.
Ese ritual se cumpliría todos los fines de semana a la misma hora, nos apeñuscábamos el uno contra el otro para no perder las excentricidades y bondades del hombre que un día encarnaba al plomero, al día siguiente al albañil y al otro el Dr. Ese hombre sin saberlo nos hacía feliz.
-
Ubaldo Manuel Diaz,*Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. email:sinuano1817@yahoo.es














