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Un sueño llamado Barranquilla

Michael Becerra recorrió América Latina buscando una nueva forma de vivir. Y la encontró donde fundó ‘Barranquilla life’.

Por Yesid Torres Rodríguez

Cuando Michael Becerra se enteró de que su mamá había sido diagnosticada con cáncer terminal, sintió que el mundo se le venía encima.

Vivía en Dallas, Texas, ciudad de la que es oriundo (aunque sus padres eran mexicanos). Jamás había concebido su vida por fuera de los Estados Unidos. Pero al fallecer su madre se quedó sin razones para continuar allí. Tenía 38 años y quiso irse lejos, reencontrarse con sus raíces latinas, olvidar, añadir nuevas piezas al rompecabezas de su memoria.

Su periplo empezó en 2012 en Bogotá, una ciudad fría, con lluvias interminables y de paisajes grisáceos. Le recordaba su paso por Filadelfia y Nueva York. Una gran metrópolis, con muchos museos, sí, y una nutrida agenda cultural, pero también congestionada, ruidosa, en la que no pudo encontrar lo que estaba buscando. Cambió de planes: decidió visitar Brasil, Perú, Ecuador y Argentina, con la misma esterilidad de resultados.

El regreso a Dallas fue difícil. Tantas reminiscencias en sus calles, tantos fantasmas esperándolo en los lugares de siempre, el rostro de su madre sonriéndole en aquel parque mientras le daba un aventón al columpio, su risa en la cocina, el sonido de sus pantuflas al despertarse. No; definitivamente debía proseguir con su búsqueda, insistir, reemplazar los viejos recuerdos por otros intactos hasta poder digerir ese dolor, esa pena que aumentaba con la llegada de la noche y no lo dejaba dormir.

Un día, Michael compró un ejemplar de la revista Time, en cuya portada aparecía la imagen del presidente Santos. Los editores, Jim Frederick, Tim Padgett y John Otis habían dedicado el artículo central de la revista a nuestro país, titulándolo: “El resurgir de Colombia”.

¿Podría ser Colombia el país que él estaba buscando?, se preguntó Michael. Probablemente sí. Antes, los extranjeros lo pensaban muy bien antes de establecerse en un país donde la delincuencia le ponía el ojo encima si sabían que eran gringos, pero, según el artículo, las cosas venían cambiando. Colombia, pues, se le presentaba como el país de las grandes oportunidades.

No lo dudó mucho. Hizo sus maletas y compró los tiquetes de avión. Esta vez la Costa Caribe sería su primera parada, pues quería estar cerca del mar. Para empezar, seis semanas en Barranquilla serían suficientes; luego se trasladaría a Medellín a realizar un trabajo voluntario para Colombia Reports.

Desde el momento en que salió del aeropuerto “Ernesto Cortissoz”, refiere, sintió que Barranquilla era una ciudad diferente. Estaba en la amabilidad de los taxistas, en la atención de los empleados del hotel, en el rostro de los transeúntes, en la música de los parlantes, todo aquello que para los nativos es natural como la luz del sol, en alguien que viene de otras urbes de carácter hostil, deshumanizado, todo ese contraste de espontaneidad causa asombro.

Todo era una invitación a quedarse: lo pintoresco de los carros de mula, los vendedores trashumantes de aguacates, las voluptuosas negras con poncheras de cocadas y alegrías. Por otro lado estaba el tema económico. Sabía que Barranquilla era una ciudad en constante crecimiento en la que podría tener la oportunidad de iniciar un proyecto que le permitiera echar anclas por un tiempo.

—Y decidí quedarme —dice Michael en su español rudimentario—. Is very crazy  —agrega sonriendo y ladeando la cabeza, para dar a entender que todo fue muy rápido, que no se explica cómo ocurrió.

En unos cuantos meses logró hacer más amistades de los que había conseguido durante toda su vida (quizá es una hipérbole, pero ¿quiénes somos nosotros para corregirlo?). “Michael, vamos para la playa”, “Michael, alístate que nos vamos para La troja”. “Mike, pilas que hoy es la Guacherna y hay que ir temprano para poder ver el desfile”. Michael por aquí y Michael por allá. Le gustaba que sus nuevos amigos tocaran a su puerta sin anunciarse previamente, que entraran por su apartamento con estampido de brisa loca y abrieran su nevera buscando una cerveza fría, y le preguntaran “qué tal,  cómo va todo”, “¿qué hiciste ayer, loco?» y se alegraran con sus triunfos y se condolieran con sus tristezas.  Ha encontrado una nueva familia, dice, y por ahora no piensa en marcharse.

Supo que para quedarse necesitaba encontrar una fuente de sustento, distinta a su trabajo como psicólogo y profesor universitario online en universidades norteamericanas. Quería algo que lo integrara a la ciudad. Se dio cuenta de que, por razones entendibles, no había información en inglés en los medios de comunicación locales sobre las cosas que podían hacerse en la ciudad. Entonces se unió a Michael Chartrand, un canadiense que también estaba radicado en la capital del Atlántico, para fundar Barranquilla Life, un portal virtual de noticias e información sobre La arenosa destinado a un público anglófono.

—Aquí también hay una tierra prometida para los inmigrantes —afirma Michael—,  como para muchos latinos cuando piensan en USA. Es lo que yo llamo “The Barranquilla Dream”.

No lo dice en sentido metafórico. Su amigo Flavio Benavides, por ejemplo, vino a visitarlo por unos días, y tras escucharlo hablar con entusiasmo de las cosas que podía ofrecerle la ciudad, terminó abriendo un restaurante de comida mexicana en asocio con él.

Michael reconoce que lo que más le gusta de Barranquilla es el trato de su gente, ese afecto sincero que le prodigan los amigos que ha hecho. Después de cinco años de vivir aquí, afirma, se siente costeño. Moreno, de facciones latinas, entrecana barba rebelde, bermuda habitual, camisueter y mochila terciada al hombro, pasaría sin problemas por un currambero si no lo traicionara el marcado acento anglosajón.

No tiene intenciones de volver. Al menos por ahora. Así se lo ha manifestado a su hermana cada vez que le pregunta por la fecha de su regreso. Barranquilla lo ha adoptado como un hijo más, y no ha encontrado razones para abandonarla. Le extraña, eso sí, que muchos barranquilleros no demuestren su amor a la ciudad como debieran, que arrojen basuras a las calles como si nada, que no la cuiden.

No puede decir que no recuerde a su madre, que no vuelva a ser el niño que ella crió con tanto amor. Pero ya no con dolor. Entiende que todo cumple su ciclo, que aunque suene a frase elaborada, sólo estamos aquí de paso, que ella no ha muerto del todo, porque sigue acompañándolo a todos lados. Su despedida, por otro lado le hizo caer en cuenta del problema de las grandes ciudades, al hacer del éxito económico el fin último de la vida, lo único que vale la pena perseguir, y se han olvidado de las relaciones humanas, de cosas tan  aparentemente pequeñas como compartir un café con alguien o llamar a un amigo por teléfono sin tener para preguntarle como esta.

Escuchándolo, no puedo dejar de recordar el documental “La teoría sueca del amor”. Suecia, en efecto, es uno de los países más prósperos del mundo, pero también uno de los que cuenta con mayores tasas de suicidio. Nosotros, es evidente, no tenemos todo resuelto. A veces hay facturas por pagar, noticias en los periódicos con las cuales no queremos encontrarnos, lunares que como en cualquier otra parte impiden que nuestra felicidad sea completa, pero quedan otras cosas: la sonrisa fácil, la solidaridad, el desparpajo y el calor humano, propios de una ciudad acostumbrada a recibir inmigrantes, a servir un plato extra en la mesa para su disfrute y también a alimentarse de lo que los visitantes traen para compartir, y que debería llevarnos hasta ese punto en que no debería haber más ‘ustedes’ ni ‘nosotros’, sino una gran familia trabajando en pro del beneficio colectivo y haciendo honor a ese pueblo alegre y de buen vivir que se levantó del barro y el agua en la orilla del mítico Magdalena, que para Michael is ‘Barranquilla life’.

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